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¿Unidad nacional?

Estas muestras de afecto nacional y mexicanidad, también han supuesto el retorno de los discursos que apelan a la unidad

GUADALAJARA, JALISCO (12/FEB/2017).- Mis contactos en WhatsApp se han llenado de banderas mexicanas. Escudos nacionales sustituyen a las tradicionales fotografías con la novia, el perro o las amigas. Al día, no dejan de llegar mensajes a mi teléfono con algún amigo que me agrega a una cadena que me pide consumir lo nacional o boicotear a tal o cual cadena americana que apoya a Donald Trump. A toda acción equivale una reacción, igual en intensidad, pero en sentido opuesto. La política y la sociedad también se mueve de acuerdo a las leyes de Newton. Nacionalismo en un lado, nacionalismo en el otro.  

Sin embargo, estas muestras de afecto nacional y mexicanidad, también han supuesto el retorno de los discursos que apelan a la unidad nacional. “Es tiempo de estar juntos”, “no hay que dividirnos”, son frases que repiten los políticos con frecuencia. El ogro que despacha en el norte, nos obliga a unir a un país dividido. La “amenaza Trump” nos empuja a enterrar nuestras diferencias y reconocernos todos como mexicanos. No importa si somos liberales o conservadores; de izquierda o de derecha; pobres o ricos; empresarios o trabajadores; chilangos o tapatíos; primero la patria, luego la ideología, nos dicen desde el Gobierno Federal. Los retos que nos plantea Trump nos empujan a un paréntesis de la lucha política. Es por México.  

El discurso de la unidad nacional no es nuevo. En México lo conocemos profundamente. Desde el siglo XIX, desde el comienzo mismo de nuestra historia como nación independiente, el llamado a la unidad nacional ha estado presente. Primero, por las complicaciones de construir una conciencia nacional tras tres siglos de colonización española. Luego por la amenaza de la potencia invasora. La guerra con Estados Unidos y el robo de la mitad del territorio nacional. Y qué decir del siglo XX, las guerras mundiales y las tenazas de las potencias mundiales que se cernían sobre territorio nacional. 

El viejo régimen también lo utilizó para legitimarse. Lo escudriñó Luis Medina y también Claudio Lomnitz: el discurso del autoritarismo mexicano utilizaba la unidad nacional como escudo para el mantenimiento del poder. México es el PRI. El PRI es México. La bandera tricolor ondea en el escudo del partido en el poder. No conozco muchos países en los que dicha simbiosis haya llegado a tal nivel de incorporar la bandera en la simbología partidista. Había que proteger a México del imperialismo yanqui, de la intimidación comunista y de todos aquellos enemigos externos que amenazaban la indisoluble unidad de la patria.  

Por ello, por nuestra historia, hay quien sospecha del llamado a la unidad nacional. Y las suspicacias no responden a un afán separatista o de divorcio con la nación, sino a la utilización política del enemigo externo con objetivos políticos internos. La unidad entendida como cerrar los ojos ante los problemas locales; cerrar los ojos ante las omisiones de las autoridades; suspender, por un momento sin fecha de caducidad, la división política. Unidad como unanimidad, como ausencia de crítica y, por lo tanto, la personificación de la unidad en el Gobierno y las instituciones. Es como si Peña Nieto nos dijera: la nación soy yo, es tiempo de estar unidos en torno al Presidente. La narrativa de los gobiernos autoritarios siempre confunde la patria con el Estado, el país con sus gobernantes.  

La unidad se teje. No se decreta como si fuera una legislación que emite un Gobierno. La unidad solo tiene sentido sobre la base de un proyecto nacional concreto. Hay que decirlo, lo natural en una sociedad es la división de opiniones. La heterogeneidad de aproximaciones para explicar el mundo y la sociedad. La homogeneidad es antinatural y sospechosa. Por ello, la unidad se construye hablando, deliberando, discutiendo, debatiendo, votando y colaborando. No hay nada más unitario, en términos políticos, que una dictadura. No hay nada más unipersonal, que el líder carismático que personifica la unidad nacional. Sin embargo, sabemos que es una unidad ficticia, sustentada en la coerción y la agresión a las libertades. Peña Nieto nos puede pedir unidad, pero si quiere unión auténtica, ésa sólo se puede construir en la diversidad.  

La unidad no puede, ni debe, ser un salvavidas para una clase política que ha demostrado su más rotundo fracaso a la hora de plantearnos un proyecto nacional sólido y de futuro. ¿Cómo podemos hablar de unidad cuando 55 millones de mexicanos son pobres? ¿Cómo hablamos de unidad cuando expulsamos a miles y miles de mexicanos que deben dejar su patria para buscar un mejor futuro en otro país? ¿Cómo podemos hablar de unidad cuando miles y miles de mexicanos son asesinados todos los días? La unidad artificial, sobre la base de un nacionalismo ramplón y trasnochado, es una muestra más de la capacidad de los políticos para utilizar la simbología nacional a su favor. Si la unidad significa asentir gustosamente a todo lo que diga el Presidente, dicha cohesión está cimentada en criterios antidemocráticos.  

Y es que la trampa de la unidad está lejos de ser una idea inocente. En paralelo a la petición del Gobierno de reconciliación, existe una velada apuesta por mantener un rumbo nacional que no beneficia a la mayoría de los mexicanos. Unidad para proteger acríticamente el libre comercio frente a Trump; unidad nacional para proteger los intereses de ciertas empresas; unidad nacional para mantener un proyecto de país que expulsa a miles y miles cada año. Nos dicen que la gran amenaza a nuestro país es un Presidente externo que piensa ponerle aranceles a los productos mexicanos.

No lo creo. Proteger el interés nacional va más allá. Es, por ejemplo, evitar que las armas que asesinan mexicanos lleguen a territorio nacional; proteger el interés nacional es asegurar una competencia justa para los productos mexicanos en el mercado nacional; proteger el interés nacional es buscar la diversificación comercial para que Estados Unidos no nos ponga el pie en el cuello cada que quiere; proteger el interés nacional es que un joven no se quede sin estudiar o que un anciano tenga una jubilación digna.

¿Realmente queremos unidad nacional para que nada cambie?  

Es posible abonar a la unidad nacional sin renunciar al necesario papel crítico de la ciudadanía. Es posible apostar por un proyecto de unidad sin caer en las tentaciones de la unanimidad. Por supuesto que Donald Trump es una amenaza, pero los problemas de este país no empezaron con el magnate americano. Los problemas de este país poco tienen que ver con mandatarios extranjeros o con la llegada de un loco a la Casa Blanca. México tiene severas problemáticas internas que destruyen la unidad nacional: corrupción, inseguridad, violencia, salarios precarios, pobreza, desigualdad, exclusión, despojo, injusticia, impunidad. Ahorita, México no es un proyecto para todos.

La unidad nacional debe partir de la lucha contra estos males que afectan al país y no como un pretexto para envolvernos en la bandera para desafiar al Tío Sam. Más que nunca, México necesita unidad nacional cimentada en una ciudadanía crítica, informada y exigente. Y la unidad no se debe construir desde el Gobierno o desde las cúpulas empresariales, o los magnates como Carlos Slim.  

México no está en peligro de supervivencia. No estamos frente a un Presidente con la intención de invadir el país y quitarnos parte del territorio. No es un escenario bélico. Sin embargo, es evidente que Trump parte de una premisa simple: si daño a México, gano adeptos en casa. Trump entiende que la relación entre México y Estados Unidos es una relación de suma cero-lo que gana uno, lo pierde el otro. Por ello, es innegable que nuestro Gobierno debe tener nuestro respaldo para negociar sobre la base del interés nacional. Sin embargo, no puede ser un cheque en blanco. Antes que cualquier cosa, Los Pinos tienen que ser transparentes sobre sus principales líneas de negociación y convencernos de que su proyecto realmente protege el interés nacional. Unidad nacional sin ideas, es demagogia barata.  

La coyuntura es compleja y no falta quien quiera con un ataque de nacionalismo, salvar una elección en 2018. La patria se ha utilizado para eso y muchas cosas más. La única forma de comprar el discurso de la unidad nacional es que el Gobierno le inyecte sustancia, objetivos y metas en la negociación. De no ser así, estaríamos otra vez en el escenario del uso del nacionalismo con meros objetivos electorales. Apelar a la unidad nacional para que se nos olvide todo lo que hemos vivido por décadas. Para que se nos olvide que los principales retos los tenemos aquí, a la vuelta de la esquina. Ante la grandilocuencia del discurso de la unidad nacional, el escepticismo es siempre un aliado necersario.

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