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Una docena de ostras y dos playas

Del bullicio del puerto a las visiones de arte contemporáneo, con paisajes naturales y arquitectónicos que encantan

VIGO, ESPAÑA (30/SEP/2012).- Nadie supo dar con los tesoros de los galeones hundidos en la ría viguesa durante la batalla de Rande (1702): salvo el capitán Nemo, que los usaba como cajeros automáticos. En realidad, el tesoro de Vigo está a la vista: un puerto de seis kilómetros al que llegan 250 mil viajeros al año y un tercio de la pesca fresca que se subasta en España.

El muelle que nunca duerme

Es enorme el puerto de Vigo. E insomne. Un gigante que, antes de que la ciudad se desperece, engulle a los barcos que vienen de faenar en el Gran Sol y ofrece su plata olorosa al mejor postor. Dos nadadores colosales de bronce, obra de Francisco Leiro, delimitan la zona más vistosa, la que se extiende desde la plaza de la Estrella hasta el muelle de Transatlánticos. Al lado, en Cánovas del Castillo, se halla el Centro de Recepción de Visitantes (www.turismodevigo.es). Los fanáticos de los ambientes portuarios pueden continuar bordeando el barrio marinero de O Berbés y desayunar café con churros en el legendario bar Das Almas Perdidas (glorieta de San Francisco, s/n) junto con los pescadores y los subasteiros de la vecina lonja. La Autoridad Portuaria organiza visitas para grupos (www.apvigo.com).

Arenas urbanas o salvajes

Donde acaba el puerto, en el barrio de Bouzas, comienzan las playas. Hay 24, desde rústicas caletas hasta arenales kilométricos con paseo marítimo, cual Samil y O Vao, pero todas de arena fina y blanquísima. Entre las playitas de O Cocho y Os Olmos se levanta el Museo do Mar (www.museodomar.com), dedicado a la pesca. Impactante arquitectura la de esta antigua fábrica de conservas rehabilitada por César Portela: naves de puro granito, ventanales abiertos al cabo Home y a las islas Cíes... La travesía desde Vigo dura 50 minutos y cuesta 18.50 euros ($306). Hay que reservar, porque el número de visitantes está limitado a dos mil 200 diarios. La principal naviera es Mar de Ons (www.mardeons.com).

Cestas y terrazas

Las 12:00 es buena hora, la más animada para recorrer el casco viejo, sus rúas fragantes a albariño y cocedura de marisco. No hay mejor modo de acceder a él que la pasarela en rampa que lleva del muelle de Transatlánticos al mercado da Pedra, del futuro al pasado, atravesando los cubos cristalinos del centro comercial A Laxe, proyectado por Oíza. A la izquierda, según se sale de la pasarela, se descubre la rúa Pescadería, donde los más preciados frutos de la ría, las ostras, se venden en puestos callejeros y se comen in situ (de 10 a 18 euros la docena). Poco más arriba, en la colegiata de Santa María, se venera al Cristo de la Victoria, del que se dice que ayudó a reconquistar la ciudad de los franceses en 1809. También se decía que era una talla en madera negra, pero en 1998 se limpió y se vio que no. Por la rúa dos Cesteiros, en la que aún resiste algún heroico artesano del mimbre, se sube a la plaza de la Constitución, ágora solariega y porticada, idónea para refrescarse en las terrazas de bares y cafés.

Cinco citas con el arte moderno

Da gusto salir del enrevesado casco viejo y echarse a andar por la ancha calle de Policarpo Sanz, entre suntuosos edificios que hablan de la pujanza económica de la burguesía viguesa de finales del siglo XIX e inicios del XX, varios de ellos ocupados hoy por fundaciones culturales. En el número 15 está la Fundación Laxeiro (www.laxeiro.es), que atesora 62 obras del principal representante de la vanguardia pictórica gallega del siglo XX. En el 24, el Centro Social Novacaixagalicia (www.coleccioncaixanova.com), con la mejor colección de arte gallego. En el 31, la sede viguesa de la fundación Pedro Barrié de la Maza (www.fbarrie.org), proyecto laureado de los arquitectos Tuñón y Mansilla. Y en la vecina calle del Príncipe, el Museo de Arte Contemporáneo de Vigo (www.marcovigo.com). Otra cita apetecible con la modernidad es el campus de la Universidad de Vigo (www.uvigo.es), una futurista ciudad del saber planeada en lo alto de un monte por Enric Miralles.

El San Francisco de Galicia


Al monte de O Castro  sí que se puede subir paseando, porque está en el centro mismo de la ciudad. Aquí hay 11 variedades de camelios, pinos y cedros monumentales, y hay una fortaleza del siglo XVII desde cuyas murallas la vista vuela sin estorbo hasta las islas Cíes. Cercando el monte se ven 10 mil casas que trepan por las calles empinadas desde la orilla del mar. Otro parque que merece la pena visitar es el Quiñones de León (www.museodevigo.org), que está al sur de la ciudad, junto a un pazo del siglo XVII donde se exhiben más de mil 500 obras de arte y piezas arqueológicas. En el jardín, diseñado a finales del XIX, habita un ejemplar de Camellia japonica, conocido como Camelia Matusalén, que si no es el más viejo de Galicia, por ahí le anda. La mejor vista de Vigo la ofrece el monte da Guía, que visten pinos y robles y corona la ermita de Nosa Señora da Guía: se ven desde las Cíes hasta el enorme puente atirantado de Rande (mil 558 metros), por el que la autopista AP-9 cruza la ría.

Con información de EL PAÍS

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