Suplementos
Una buena pesca
Pidamos a Jesús que nos invite a participar en las tareas de su reino
Le propongo el siguiente negocio: usted se dedicará a trabajar en el ramo que le guste, ya sea que tenga experiencia o no, y sin que tampoco importe si tiene mucho capital o no para llevarlo a cabo; el caso es que cada mañana, antes de que usted inicie su día de trabajo, usted recibirá una carta con instrucciones específicas que le ayudarán a realizar su trabajo de una manera eficaz y productiva, de tal manera que al final del día habrá realizado todo bien, y habrá superado por mucho sus metas.
En otras palabras, si usted decidiera dedicarse a las ventas, las instrucciones de esa carta matutina serían claras y concisas, de manera que al final del día usted seguramente habrá cerrado muchas ventas. Si usted se dedicara a ofrecer un servicio, las instrucciones de la carta le ayudarían a hacer las cosas de tal manera que mucha gente le contratará, y ese negocio irá en aumento. ¿Qué le parece? ¿Le gustaría tener esa clase de ayuda todos los días de su vida? Aunque todos quisiéramos que nos sucediera algo así, la verdad es que este ejemplo hipotético pareciera de ciencia ficción, pero como veremos a continuación, sucedió por lo menos una vez en la historia de los hombres.
Por increíble que parezca, hubo un día en que las cosas sucedieron así. Nos relata el evangelista Lucas que un hombre llamado Simón Pedro, que se dedicaba a la pesca en el lago de Genesaret (por cierto no siempre con buena fortuna), fue encontrado por Jesús, quien después de pedirle su lancha para enseñar desde ahí a la gente, dio instrucciones específicas acerca del negocio de Pedro. En pocas palabras, le dijo cómo podría pescar abundantemente en esa mañana ¿Qué fue lo que sucedió? Que como consecuencia de seguir al pie de la letra las instrucciones de Jesús, ese día Pedro y sus compañeros tuvieron la pesca más abundante de sus vidas.
Después de esta experiencia, lo lógico hubiera sido que Pedro, de alguna manera, tratara de estar cerca de Jesús más tiempo, ofreciéndole su lancha para que la usara las veces que quisiera, con la esperanza de que al final Pedro obtuviera nuevamente una extraordinaria pesca. Eso sí que hubiera sido un negocio redondo: Jesús podría usar la lancha las veces que quisiera, sin costo alguno, y Pedro haría un gran negocio vendiendo pescado, y quizá comprando más lanchas para cualquier orilla en la que Jesús quisiera enseñar.
Sin embargo, lo que sucedió fue muy distinto: Pedro entró en una profunda crisis espiritual y emocional, por lo que se arrojó a los pies de Jesús, y confesó con pena que él era un hombre pecador, por lo que esperaba que Jesús lo rechazara. Lo maravilloso fue que Jesús no lo condenó, ni tampoco le ofreció un negocio con la lancha, sino que lo invitó a un negocio más maravilloso: convertirse en un pescador de hombres.
Sería una gran tragedia que Pedro hubiera seguido a Jesús con la esperanza de ser un próspero comerciante de peces, y se hubiera perdido de un llamado más alto para su vida. Lo mismo nos puede suceder. ¿Ha recibido en el pasado la ayuda de Dios para hacer negocios, obtener algún logro, o cualquier otra cosa de las que entusiasman a los hombres? Tengamos cuidado de que esa no sea la única motivación por la que nos acercamos a Dios, sino que pidamos a Jesús que nos invite a participar en las tareas de su reino.
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com
En otras palabras, si usted decidiera dedicarse a las ventas, las instrucciones de esa carta matutina serían claras y concisas, de manera que al final del día usted seguramente habrá cerrado muchas ventas. Si usted se dedicara a ofrecer un servicio, las instrucciones de la carta le ayudarían a hacer las cosas de tal manera que mucha gente le contratará, y ese negocio irá en aumento. ¿Qué le parece? ¿Le gustaría tener esa clase de ayuda todos los días de su vida? Aunque todos quisiéramos que nos sucediera algo así, la verdad es que este ejemplo hipotético pareciera de ciencia ficción, pero como veremos a continuación, sucedió por lo menos una vez en la historia de los hombres.
Por increíble que parezca, hubo un día en que las cosas sucedieron así. Nos relata el evangelista Lucas que un hombre llamado Simón Pedro, que se dedicaba a la pesca en el lago de Genesaret (por cierto no siempre con buena fortuna), fue encontrado por Jesús, quien después de pedirle su lancha para enseñar desde ahí a la gente, dio instrucciones específicas acerca del negocio de Pedro. En pocas palabras, le dijo cómo podría pescar abundantemente en esa mañana ¿Qué fue lo que sucedió? Que como consecuencia de seguir al pie de la letra las instrucciones de Jesús, ese día Pedro y sus compañeros tuvieron la pesca más abundante de sus vidas.
Después de esta experiencia, lo lógico hubiera sido que Pedro, de alguna manera, tratara de estar cerca de Jesús más tiempo, ofreciéndole su lancha para que la usara las veces que quisiera, con la esperanza de que al final Pedro obtuviera nuevamente una extraordinaria pesca. Eso sí que hubiera sido un negocio redondo: Jesús podría usar la lancha las veces que quisiera, sin costo alguno, y Pedro haría un gran negocio vendiendo pescado, y quizá comprando más lanchas para cualquier orilla en la que Jesús quisiera enseñar.
Sin embargo, lo que sucedió fue muy distinto: Pedro entró en una profunda crisis espiritual y emocional, por lo que se arrojó a los pies de Jesús, y confesó con pena que él era un hombre pecador, por lo que esperaba que Jesús lo rechazara. Lo maravilloso fue que Jesús no lo condenó, ni tampoco le ofreció un negocio con la lancha, sino que lo invitó a un negocio más maravilloso: convertirse en un pescador de hombres.
Sería una gran tragedia que Pedro hubiera seguido a Jesús con la esperanza de ser un próspero comerciante de peces, y se hubiera perdido de un llamado más alto para su vida. Lo mismo nos puede suceder. ¿Ha recibido en el pasado la ayuda de Dios para hacer negocios, obtener algún logro, o cualquier otra cosa de las que entusiasman a los hombres? Tengamos cuidado de que esa no sea la única motivación por la que nos acercamos a Dios, sino que pidamos a Jesús que nos invite a participar en las tareas de su reino.
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com