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Un látigo en la mano

El ambiente en Jerusalén era festivo y solemne, y la actividad principal se centraba en el Templo de Jerusalén, pues muchos peregrinos que habían subido a celebrar la Pascua, no podían dejar de visitar su centro principal de adoración

          Nos cuenta el evangelista que Jesús llegó a Jerusalén cerca del tiempo de la Pascua de los judíos; éste era el tiempo más solemne e importante de su calendario nacional, porque era la oportunidad de recordar su liberación de la esclavitud de Egipto, a través de una fiesta familiar en donde todos participaban cenando un cordero.
           El ambiente en Jerusalén era festivo y solemne, y la actividad principal se centraba en el Templo de Jerusalén, pues muchos peregrinos que habían subido a celebrar la Pascua, no podían dejar de visitar su centro principal de adoración.
           Ahí, en ese sagrado lugar, el peregrino podía presentar sus ofrendas a Dios, o reconciliarse con Él a través del sacrificio de una víctima. Eran miles los que se juntaban en los patios del Templo para acercarse con fe a su Dios. Los requerimientos de su religión les ordenaban  presentar animales limpios y perfectos para el sacrificio, ya fueran ovejas, bueyes, chivos o palomas.    Desgraciadamente, este requisito había dado lugar a un tremendo negocio en el Templo: muchos animales que los peregrinos habían llevado a Jerusalén desde sus rebaños particulares, eran rechazados como impropios para ser ofrecidos a Dios, bajo cualquier argumento; entonces los peregrinos tenían que recurrir a los animales que se vendían en el Templo, los cuales estaban aprobados con anterioridad por las autoridades religiosas, sólo que el costo de estos animales eran mucho mayor de su precio normal.
    Lo mismo sucedía con las monedas para las ofrendas: la gente llegaba al Templo de Jerusalén con el deseo de ofrendar a Dios, pero las monedas que traían pertenecían a otras regiones y denominaciones, por lo que era necesario convertirlas al tipo de moneda que era aceptado en el Templo. Esto permitía que los cambistas de monedas hicieran un jugoso e inmoral negocio, aprovechando el deseo de la fe de la gente.
     Cuando Jesús miró esto, se llenó de tristeza e ira santa, porque se daba cuenta de que lo que debería ser una casa de oración se había convertido en un mercado, en una cueva de ladrones. Entonces --nos cuenta el evangelista-- Jesús hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas.    ¿Por qué Jesús hizo un látigo de cordeles? ¿Pensaba azotar a la gente? ¿Era un instrumento de defensa por si alguien trataba de agredirlo? No, evidentemente Jesús siempre tuvo control completo de la situación en dondequiera que anduvo. Tampoco era la intención del Maestro maltratar a la gente a latigazos. Esa no era su misión. Entonces, ¿por qué lo hizo?
    Creo que las manos del Señor siempre tuvieron la misión de amar, servir, edificar, y finalmente ser clavadas en la cruz. Esas manos quedarían marcadas por la eternidad por las heridas de los clavos, para poder demostrar el amor de Jesús y su poder sobre la muerte; por eso, cuando el Maestro tuvo que hacer un acto violento y justo, no lo hizo con sus manos. No golpeó las mesas o espantó a los animales con sus manos, sino que recurrió a un instrumento externo para poder hacerlo. Jesús nunca hizo algo descomedido o equivocado.

Angel Flores Rivero    
iglefamiliar@hotmail.com

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