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Un bello lugar aquí cerquita

Toma un momento para descubrir un lugar donde lo único importante es relajarte

GUADALAJARA, JALISCO (06/MAR/2016).- No es necesario recorrer mucho camino para estar en una altísima montaña entre pinos, cedros y robles sobre unas enormes rocas que, casi en caída vertical nos permiten divisar el vasto panorama de las playas y las lagunas de Sayula. Es un divisadero en donde, además algunas de las serranías lejanas igualmente parecen invitarnos a vagar con la imaginación, para soñar con las inesperadas formas celestes, fantásticas -y a veces hasta fantasmagóricas- de las nubes que invariablemente aparecen entre las planicies y montañas del paisaje.

Unas veces poniéndole algodones a los santos de los cielos, y otras veces luces, llamas y sombras a los dragones y a los satanáses, tan necesarios como irrisorios. Aclaro que ahí, en aquellas rocas… las arenas y los poetas nos hacen confundir a los unos con los otros, en la maravillosa comedia de algún suntuoso atardecer.

Les diré cómo llegar a ese bello lugar.

Por la carretera que va hacia el Sur, hacia Colima, que se divide en “el cuarenta” (así decíamos antes) habremos de ir hacia la derecha; ya que la de la izquierda que es la de cuota, y esta nos lleva a Colima, Manzanillo y no sé dónde más.

La de la derecha, que va hacia Autlán es la buena. Sigan por ella hasta llegar a unos desviadores en donde, unos cuantos kilómetros adelante encontraran a mano derecha, la desviación que va a Atemajac de Brizuela. Por ahí síganle, sube y sube divisando bonitos panoramas a uno y otro lado, pero cuidado, que la carretera es medio peligrosa.

Pasandito la desviación que va a Atemajac de Brizuela (que en mi opinión, y sin restarle méritos al insigne Brizuela: ilustre hacendado que se partió el alma por defender los ideales mexicanos de justicia y libertad, se pudiera llamar… Atemajac de la Sierra: por ser un poco más descriptivo y eufemístico) se encontrarán con una desviación que va a “École”: un padrísimo fraccionamiento campestre ecológico que, si traen tiempo y se les antoja, échele un ojo aunque sea de pasadita: vale mucho la pena.

Sigan adelante unos 7 kilómetros más por esa misma brecha disfrutando los paisajes (unos boscosos y otros tristemente destruidos por criminales talamontes) y luego hacia la derecha hasta llegar a una pequeña -pero bonita- presa en donde, aunque todo mundo te diga que le des a la “izquierda”, no hagan caso y sigan por la “derecha” rodeando la presita hasta encontrar detrás de ella, una enorme y pesada puerta de trancas horizontales, que tendrán que abrir empujándola hacia “arriba y adelante”  (como en pasados tiempos políticos) si no, es un poco difícil abrirla.

Sigan por ahí por ahí entre bucólicos paisajes pastorales (pleonasmo cursi) hasta el borde del acantilado, en donde, detrás de una enorme cruz de hojalata -que en lugar de inspirar atemoriza- encontrarán el panorama sobrecogedor del que les platico, y que estoy seguro que les invitará a sentarse un rato, en silencio, para tratar de realizar -en su mente abrumada de información, prisas y necesidades inventadas- la maravillosa simpleza y grandiosidad del mundo en que vivimos.

Ufff… descansen un rato ahí, sin decir nada, ni oír a nadie. Busquen con inocencia algunas figuras en las nubes. Vean las montañas. Traten de encontrar cosas interesantes ocultas entre las lejanas arenas. Suban con los ojos y las alas de su imaginación al Nevado majestuoso. Sientan el frescor del viento. Huelan el olor de la tierra húmeda; y también el de las plantas que distraídamente machacaron al pasar. Denle un zapatazo al estereo que alguien pudo haber llevado y… oigan: oigan lo que no se oye, y vean lo que no se ve.

No pasa nada. Todo está en calma. Tranquilo. No pasa nada. Nosotros somos lo único que pasa. Lo demás siempre ha sido y será. ¡Gócenlo… Gócenlo mientras pasa…!

Este es un viaje aquí cerquita y a la vez muy lejano, en donde solamente se necesita estar, realizar, y gozar de estar sobre las enormes rocas frente al abismo, viendo con los ojos lo que -quizá sin darnos cuenta- tenemos en el corazón.

¡Ojalá lo puedan disfrutar…!

Por Pedro Fernández Somellera

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