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Un año con san Pablo

Felices los que creen sin haber visto

San Pablo tuvo una comprensión preclara de la resurrección de Jesús y de las repercusiones que la misma tiene en el presente para cada cristiano. No es posible llamarse cristiano --seguidor de Jesús--, y creer en teorías distintas a su enseñanza. No es posible apegarse a expectativas de reencarnación que actualmente están tan de moda, y esperar la salvación que viene de Dios para la vida futura.
     
Es verdad que a veces es más fácil creer en aquello que se nos presenta con visos de realidad, que a lo que nos trasciende… por eso Jesús dice; “Bienaventurados los que sin ver, creen”.  Ahora bien, ¿en que renglón se ubicará san Pablo, si él tuvo ante sus ojos la presencia de Cristo Jesús resucitado y revestido de gloria? ¿Entre los que sin ver creyeron, o el que creyó por haber visto?
     
Sea cualquiera de las dos cosas, lo cierto es que se lanzó a predicar sin descanso, a tiempo y a destiempo, para hacer saber a todos la gran noticia de la resurrección y la gracia tan grande que Dios nos da al hacernos participes de la misma, para nuestra vida en la eternidad. Por eso dice en la Primera carta a los Corintios, capítulo 15, 20-22: “Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que murieron. Porque, así como por un hombre vino la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que por Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo”.
     
Esta es nuestra fe, pero sobre todo es la esperanza grande en la cual se funda nuestro cristianismo, porque el Señor Jesús no falla, sus promesas son perdurables, eternas y sobre todo verdaderas. Es este el motivo por el cual san Pablo afirma que la resurrección de Jesús, primeramente, y luego la que todos esperamos, es el punto clave de nuestra vivencia cristiana, porque de otra forma, sería vana e inútil nuestra fe.
      
Más adelante afirma también san Pablo en la ya mencionada carta a los Corintios, en los versos 50 al 53: “Por eso les digo esto, hermanos míos: La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios, ni la corrupción heredar la incorrupción. ¡Miren! Les revelaré un misterio: No moriremos todos, pero todos seremos transformados. En un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final --pues sonará la trompeta--, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad, y que este ser mortal se revista de inmortalidad”.
    
Creer y vivir esto es mucho más importante que meter los dedos en las llagas abiertas de Jesús, porque aquello es una evidencia material, pero nosotros estamos llamados a una realidad espiritual sin precedentes y sin final, que no caducará con el tiempo, sino que seguirá vigente por los siglos.   
     
De todo esto podemos concluir que vale la pena comportarse de acuerdo a las enseñanzas de Cristo Jesús nuestro Salvador, y ser fieles hasta el final para poder entonar, con el mismo san Pablo, el himno glorioso con el cual nos exhorta en la Primera carta a los Corintios capítulo 15 versos 54-58: “Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: ‘La muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?´. El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado es la Ley. Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!Así pues, hermanos míos amados, manténganse firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que vuestro trabajo no es vano en el Señor y no quedará sin recompensa”.

María Belén Sánchez fsp

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