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Un año con San Pablo: ¿Dónde vives? ¿Vives?

A san Pablo le preguntamos: “¿Dónde vives?, y responde: “Vivo en la fe de Cristo Jesús, que me amó y se entregó por mí…”

     La vida de san Pablo que recordamos en este tiempo, cuando han pasado ya dos mil años de su transitar por este mundo, nos toca tan de cerca que no podemos menos de confrontar nuestras vivencias con las de este apóstol, elegido por Cristo Jesús para anunciarle en todas las latitudes del mundo conocido hasta aquellos días.
     Hemos considerado en semanas anteriores, cómo san Pablo se encontró con Jesucristo y cómo ese encuentro le cambió la vida; vimos también cómo el Bautismo le dio la posibilidad de empezar a vivir otra vez, en una dimensión nueva impregnada de fe y de amor.
     Hoy, acaso la pregunta que se nos plantea a nosotros es también antigua, la misma que los primeros discípulos dirigieron a Jesús: “¿Dónde vives?”  Y Jesús respondió: “Vengan y vean…”.
      Según esto, la vida se identifica con la persona; o mejor dicho, se manifiesta en la persona misma.
     A san Pablo le preguntamos: “¿Dónde vives?, y responde: “Vivo en la fe de Cristo Jesús, que me amó y se entregó por mí…”. Y mirando su persona y su actuar, podemos constatar que hablaba con verdad.
     Y si la misma pregunta se dirigiera hoy a nosotros, ¿sabríamos responder con decidida convicción? Porque a veces más bien la pregunta tendría que ser todavía más elemental: “¿Vives?, ¿de veras vives, o tan sólo vegetas?”.
     Es verdaderamente triste mirar personas que van por la calle, que suben al camión, que van a su trabajo y regresan a su casa, y si las observamos detenidamente, más que personas parecen robots, “zombies”sin voluntad.
     La mirada perdida y el rostro sombrío, ni un dejo de felicidad asoma en su semblante. Van y vienen porque tienen que ir y venir… suben y bajan, como en una escalera eléctrica que los lleva y los trae, pero ni su mente ni su corazón van delante.
     Levantarse, comer, trabajar, con la rutina diaria, volver a casa, dormir, para iniciar al día siguiente otra jornada igual.
     Y a decir verdad, no es esto lo que Dios quiere, ni lo que vivió san Pablo, que nos da un ejemplo de cómo vivir de veras estrenando cada día como el primero, y llevando adelante la actividad habitual como una misión.
     La vida externa y la vida del corazón van en sintonía, allí donde el entusiasmo y el empeño se dan la mano, allí donde el trabajo diario con el cual se gana el salario es también moneda válida para ganar el cielo.
     Todo esto y mucho más podemos admirar en san Pablo, sobre todo su comprensión tan amplia de la vida, que nos explica en la primera carta a los Corintios, capítulo 6, que es muy bueno leer y releer detenidamente para llegar a comprender que el cuerpo vive en cuanto contiene la vida que el Espíritu Santo sostiene y anima.
     La verdadera vida es la que se vive a niveles espirituales, pero se manifiesta al exterior a través del cuerpo, al cual también hay que cuidar y proteger con esmero, para que no se contamine del mal y para que no ahogue la verdadera vida que Dios nos ha dado como precioso don.
     Hoy que san Pablo con su ejemplo nos invita a vivir de veras, podemos pedirle que nos alcance la gracia de esa clarividencia que le hizo comprender que vivir de verdad sólo podemos lograrlo, si nos conectamos a la vida divina que el Señor Jesús nos comunica con su gracia.

María Belén Sánchez fsp



     

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