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Un año con San Pablo: Cuando la muerte es vida
Al hablar de la muerte, tenemos que mirar a la persona de Jesús para encontrar una explicación trascendente y darnos cuenta de que no todo termina en esta vida
Afrontar temas extremos, siempre es desconcertante, porque se salen de nuestros parámetros lógicos a los que estamos acostumbrados, y a menudo también de aquellos que llevamos incrustados en la vida por nuestra misma condición de seres humanos delimitados y condicionados por códigos genéticos inherentes a esa misma condición.
Por eso al hablar de la muerte, tenemos que mirar a la persona de Jesús para encontrar una explicación trascendente y darnos cuenta de que no todo termina en esta vida, sino que vamos preparando un futuro donde la dinámica de vida lleva a pasar por la muerte para recuperar la vida y para producir más vida.
Por eso no son tan absurdas las palabras del Señor Jesús cuando dice: “Si el grano de trigo no muere, queda infecundo… pero si muere, dará mucho fruto”. Aunque en un primer momento sí suenen demasiado impresionantes, vamos ahondando poco a poco en esto y lo aceptamos, hasta convencernos de que es el único camino para alcanzar la inmortalidad.
A este respecto nos conviene leer el capítulo 15 de la Carta de san Pablo a los Corintios, especialmente a partir del verso 35, donde nos damos cuenta de la forma tan clara que entendió el Apóstol este tema, tan difícil entonces como ahora, y de la forma tan elocuente que supo explicarlo a los cristianos de su tiempo.
No siempre nosotros tenemos esa claridad en la mente para entender la muerte y la vida, y no siempre logramos establecer un equilibrio mental para orientar nuestro presente, que camina inexorablemente hacia la eternidad…
De todo esto, en una forma o en otra, nos viene hablando la Cuaresma, para prepararnos al momento solemne en que consideraremos otra vez la vida de Cristo Jesús, como un pasar de este espacio temporal a la vida definitiva, donde ya es posible que germine la inmortalidad.
Pero como nos dice san Pablo en la ya mencionada carta a los Corintios: “es necesario que el cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad”.
Si bien es indudable que tenemos que procurar y esforzarnos por hacer que nuestra vida sea semilla buena, capaz de germinar y dar fruto, en la forma y al estilo que el Señor Jesús nos ha enseñado y como san Pablo lo explica en el verso 50: “Si no nos hemos esforzado en esta vida por ser más espirituales y vivimos únicamente como seres carnales, no podemos esperar llevar en nosotros la semilla de inmortalidad que germine en una planta revestida de eternidad”.
Dice el apóstol que al final de los días todos resucitaremos, pero que no todos vamos a ser revestidos. Por eso es muy oportuno aprovechar el presente como el tiempo favorable para buscar al Señor Jesús, para aprender de su vida y sus ejemplos lo que con tanto amor vino a enseñarnos.
En el Evangelio también se nos habla de unos extranjeros que buscaban insistentemente a Jesús, y Él les muestra cómo la gloria de Dios va a ser propiedad de los seres humanos que hayan sabido cultivarla durante su vida, cumpliendo a cada momento su divina voluntad.
Ciertamente la gracia de Dios es gratuita para cada uno, pero el conquistar la gloria prometida, también conlleva un compromiso que cada uno de nosotros debemos asumir con fe y con responsabilidad, aceptando igualmente el hecho de que un día seremos semilla fértil que sembrará el Señor en la tierra fértil de su Reino, para que germine y dé fruto de vida inmortal y eterna.
Por lo tanto, no será suficiente mirar los padecimientos que sufrió el Señor, ni llorar en el día de la Pasión; es necesario cumplir con los propios deberes y hacer obras de vida, que nos vayan preparando desde ahora a tener parte con Él en la Gloria que Él ya vive por siempre y que ha prometido a cada uno, si somos fieles y seguimos el camino que nos trazó para merecer pasar de la vida a la Vida.
María Belén Sánchez fsp
Por eso al hablar de la muerte, tenemos que mirar a la persona de Jesús para encontrar una explicación trascendente y darnos cuenta de que no todo termina en esta vida, sino que vamos preparando un futuro donde la dinámica de vida lleva a pasar por la muerte para recuperar la vida y para producir más vida.
Por eso no son tan absurdas las palabras del Señor Jesús cuando dice: “Si el grano de trigo no muere, queda infecundo… pero si muere, dará mucho fruto”. Aunque en un primer momento sí suenen demasiado impresionantes, vamos ahondando poco a poco en esto y lo aceptamos, hasta convencernos de que es el único camino para alcanzar la inmortalidad.
A este respecto nos conviene leer el capítulo 15 de la Carta de san Pablo a los Corintios, especialmente a partir del verso 35, donde nos damos cuenta de la forma tan clara que entendió el Apóstol este tema, tan difícil entonces como ahora, y de la forma tan elocuente que supo explicarlo a los cristianos de su tiempo.
No siempre nosotros tenemos esa claridad en la mente para entender la muerte y la vida, y no siempre logramos establecer un equilibrio mental para orientar nuestro presente, que camina inexorablemente hacia la eternidad…
De todo esto, en una forma o en otra, nos viene hablando la Cuaresma, para prepararnos al momento solemne en que consideraremos otra vez la vida de Cristo Jesús, como un pasar de este espacio temporal a la vida definitiva, donde ya es posible que germine la inmortalidad.
Pero como nos dice san Pablo en la ya mencionada carta a los Corintios: “es necesario que el cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad”.
Si bien es indudable que tenemos que procurar y esforzarnos por hacer que nuestra vida sea semilla buena, capaz de germinar y dar fruto, en la forma y al estilo que el Señor Jesús nos ha enseñado y como san Pablo lo explica en el verso 50: “Si no nos hemos esforzado en esta vida por ser más espirituales y vivimos únicamente como seres carnales, no podemos esperar llevar en nosotros la semilla de inmortalidad que germine en una planta revestida de eternidad”.
Dice el apóstol que al final de los días todos resucitaremos, pero que no todos vamos a ser revestidos. Por eso es muy oportuno aprovechar el presente como el tiempo favorable para buscar al Señor Jesús, para aprender de su vida y sus ejemplos lo que con tanto amor vino a enseñarnos.
En el Evangelio también se nos habla de unos extranjeros que buscaban insistentemente a Jesús, y Él les muestra cómo la gloria de Dios va a ser propiedad de los seres humanos que hayan sabido cultivarla durante su vida, cumpliendo a cada momento su divina voluntad.
Ciertamente la gracia de Dios es gratuita para cada uno, pero el conquistar la gloria prometida, también conlleva un compromiso que cada uno de nosotros debemos asumir con fe y con responsabilidad, aceptando igualmente el hecho de que un día seremos semilla fértil que sembrará el Señor en la tierra fértil de su Reino, para que germine y dé fruto de vida inmortal y eterna.
Por lo tanto, no será suficiente mirar los padecimientos que sufrió el Señor, ni llorar en el día de la Pasión; es necesario cumplir con los propios deberes y hacer obras de vida, que nos vayan preparando desde ahora a tener parte con Él en la Gloria que Él ya vive por siempre y que ha prometido a cada uno, si somos fieles y seguimos el camino que nos trazó para merecer pasar de la vida a la Vida.
María Belén Sánchez fsp