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Un Ratha Yatra tapatío

Entre música y cánticos, integrantes de la comunidad ''Hare Krishna'' recorrieron las calles de la ciudad

GUADALAJARA, JALISCO (17/NOV/2013).- Mientras Danahé Amezcua bailaba entre la fría lluvia y el áspero viento para equilibrar sus mantras, don José Zermeño encendió un cigarrillo. El hombre tenía las botas ahogadas en el charco que conducía hasta los tres enormes carruajes a los que la joven esperaba menando sus caderas y brazos, augurando que esa llovizna no impediría que el tradicional Ratha Yatra — un desfile-festival organizado por la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna— recorriera las calles de Guadalajara, como lo han hecho desde hace 37 años, partiendo desde la glorieta de La Normal.

Don José estaba molesto y comenzó a renegar porque el transporte público, que esperaba, no pasaría, por al menos, en una hora, tiempo en el que Danahé y más de mil personas que seguían en caravana a los tres carruajes, que aludieron a las deidades hindúes en una breve pero tardada ruta hacia Plaza Universidad. Desde las 13:00 horas, la Avenida 16 de Septiembre fue cerrada a la circulación y junto con ella, las esperanzas de que Don José llegara a tiempo a su trabajo, a una carpintería cercana al Parque Agua Azul.

El hombre de bigote fruncido y espalda mojada preguntó a que se debía tanto alboroto al quinteto de agentes viales que despejaron del asfalto a los automovilistas que también rezaban al semáforo para que la luz verde les permitiera salir del embotellamiento en el Centro.

La procesión hindú tuvo como objetivo el agruparse en la plazoleta para celebrar la “Prasadam”, una ofrenda en honor a las deidades que se desarrolla mediante un convivio culinario que es compartido a cualquier asistente, sea o no de la devoción Krishna, pero conservando una esencia 100% vegetariana, además de ofrecer literatura y charlas informativas sobre su fe.

Los carruajes en forma de templos no lucieron en su esplendor. La lluvia obligó a los organizadores a cubrir los floreados decorados y las figurillas de las deidades con improvisadas mantas, que antes del desfile, fueron colocadas para evitar que el agua inundara por completo a los carros alegóricos de azul y amarillo chillante.

Como cada año, fue la familia Estrada la que construyó y decoró las carrosas que, a decir de una de sus integrantes, Guadalupe, en Guadalajara tardan como una mes en ser finalizadas, mientras que en la Ciudad de México, los simulados templos andantes se culminan en una semana para dar paso al mágico desfile capitalino que reúne a más de cinco mil personas.

Aunque en su inició los organizadores dudaron de que el clima despejara las negras nubes, rápidamente los carruajes tomaron ritmo cuando los propios asistentes jalaron con sogas las enormes llantas de madera, pues el transporte hindú está diseñado para que sus devotos sean quienes conduzcan el paso, mismo que era barrido, simbólicamente, por un hombre que sujeto al mango de la escoba limpiaba el sendero por el que las deidades: el Señor Jagannatha, el Señor Baladeva y la diosa Subhadra —con la rueda celestial de Sudarshana— desfilaran por una de las principales calles de Guadalajara.

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Con los brazos temblorosos por el frío, los seguidores de la filosofía hindú aplaudieron y cantaron al paso del contingente que presumió las ropas tradicionales de la cultura: los hombres vistieron una especie de pantaloncillo sujeto su cintura que colgaba festivamente hacia el piso mojado, por su parte las mujeres vieron humedecidos los coloridos punjabis holgados de saturados estampados.

Los ciudadanos que esperaban el tránsito de los camiones públicos, progresivamente se enteraron del significado de aquello que les atrasaba su itinerario. “¿Y eso qué es o qué?”, preguntó la señora Marcela a Liliana Mora, una chica de 28 años que desde Colima se sumó a la festividad de su devoción, pues al no contar con el dinero suficiente para viajar hasta Puri, el puerto hindú —donde se realiza el verdadero festival— opta por venir desde hace siete años al recorrido Krishna tapatío.

La mayoría de los krishnas presumieron en sus frentes el tradicional “tilak”, una marca de pigmento amarillento que poco a poco desapareció de los rostros, dejando un ligero recuerdo entre el nacimiento del cabello y el entrecejo. Los automovilistas no dudaron en sonar los cláxones, algunos en ánimo molesto, otros como si se tratara de una verbena futbolera, en tanto otros ciudadanos se integraban en son de broma a los “kritan”, los llamados cantos en grupo (bhajans), con pronunciaciones erróneas pero entusiastas.

EL DATO

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