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Un Año con san Pablo: Una terrible epidemia

A través del tiempo y de la historia hemos constatado que hay --y siempre ha habido-- epidemias que amenazan a la humanidad, y que con frecuencia la destruyen desde sus raíces más hondas

     A través del tiempo y de la historia hemos constatado que hay  --y siempre ha habido-- epidemias que amenazan a la humanidad, y que con frecuencia la destruyen desde sus raíces más hondas.
     Y ciertamente no me refiero a las que estamos viviendo en el presente, ni con relación a las enfermedades que nos aquejan, que éstas vienen adjuntas a la naturaleza del ser humano, de por sí frágil y vulnerable.
     La epidemia más espantosa que puede aquejarnos es el miedo, cuando se difunde y se contagia desmedidamente y sin control.
     Esto no es nuevo, los seres humanos estamos muy propensos al miedo y desde tiempo inmemorial hemos visto ejemplos que lo constatan.
     El Evangelio nos presenta una muestra del miedo que sentían los discípulos de Jesús, ante la tormenta amenazante que en ese momento los envolvía. Es evidente que aquella no era la primera tormenta que presenciaban, ni en la cual se habían visto implicados, pero el miedo siempre es nuevo y Jesús, al reprocharles su falta de fe, les está dando el remedio para vencerlo.
     Si bien es cierto que muchas personas miran la muerte como el mayor mal y en la cual encarnan el miedo supremo, hay muchísimas también que temen a la vida mucho más.
     San Pablo se presenta ante nosotros como un ejemplo diferente, es un hombre que ha vencido todos los miedos e incluso el que más aterra a los seres humanos: el miedo a la muerte.
     En sus enseñanzas lo vemos reflejarse como un hombre de fe que ha sabido vencer todos los miedos humanos, y que mira a Jesucristo como el salvador en el cual se van a concretizar todas las esperanzas del futuro y con el cual vamos a poder dar el salto a una vida nueva, donde todo será luminoso y verdaderamente hermoso.
     Hoy leemos esa hermosísima página de la segunda carta a los Corintios 5, 14-19:
     “El amor de Cristo nos impulsa al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Él murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; ya pasó lo viejo, ahora todo es nuevo…” 5, 14-19.
     Indudablemente estas palabras generan una alegría que rompe todos los miedos humanos, y entonces se da la posibilidad de que nazca en el corazón una esperanza nueva.
     Más aún, si el miedo a lo natural y a lo humano es posible vencerlo con la fe, todavía el miedo --o temor-- que produce al pecador el hecho de presentarse ante Dios, también es posible superarlo, si permanecemos unidos por la fe y el amor en Cristo Jesús.
     “Todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta los pecados de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación”. 5, 14-19:
     Otra página que llena de consuelo y enraiza la vida en la fe, la encontramos en la Carta a los Romanos capítulo 8, versos del 14 al17, en la cual nos invita a vivir como hijos de Dios, y a comportarnos de tal manera que merezcamos participar en la Gloria prometida a Cristo Jesús y a sus seguidores: discípulos y apóstoles.
     “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, han recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ‘¡Abbá, Padre!’. El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos de Dios y coherederos con Cristo, si compartimos sus sufrimientos, para ser también con Él glorificados”.


María Belén Sánchez Bustos fsp


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