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Trazos, color y música

Clásica

GUADALAJARA, JALISCO (04/JUN/2011).- La relación entre la música y el resto de las bellas artes queda de manifiesto tanto en las innumerables obras en las que la primera se ha convertido en fuente de inspiración para creadores de todas las vertientes, como en aquellos trabajos musicales que han surgido a raíz de manifestaciones estéticas de otra naturaleza.

Esta capacidad de la música para impresionar, influenciar y a la vez asimilar e interactuar, es el motivo por el que a lo largo de la historia se le ha buscado definir, por ejemplo, como la poesía del aire, la arquitectura en movimiento, la expresión de lo que no puede ser dicho o la más alta revelación.

En este contexto, al observar el caso concreto de la pintura se puede percibir cómo estas dos manifestaciones artísticas se profesan mutua admiración, producto quizá de un lazo más sólido que parece originarse en su esencia física: luz y sonido, frecuencias y longitudes de onda captadas por distintos sentidos del cuerpo. Incluso llegan a compartir terminología.

Estas reflexiones buscan servir de presentación del trabajo del pintor tapatío Enrique Hool (1978), quien tiene en la música, y en el sonido en sí, la fuente de inspiración de buena parte de sus obras. Hool recuerda haber tenido siempre una inquietud constante por el dibujo y ya en la preparatoria decide dedicarse a la pintura. Su formación eminentemente autodidacta la divide en tres periodos: “Primero, la admiración por el surrealismo, donde entendí el arte como una expresión pura, como una purgación personal; después estudié a los impresionistas, de ahí obtuve los aspectos más técnicos; y finalmente lo abstracto –Miró y Kandinsky–, que ha sido de forma indirecta mi maestro, porque he estudiado todos sus textos y he entendido que las posibilidades descriptivas de la abstracción son mayores que las del arte figurativo”.

Enrique Hool, melómano que disfruta especialmente de los autores del siglo XX, como Arvo Pärt, Penderecki, Messiaen y Toru Takemitsu, se interesó en conjuntar de alguna manera la música y la pintura “al empezar a conocer sobre la sinestesia, porque comprendí la relación entre el color y el sonido”.

La sinestesia es un fenómeno neurológico en el cual un estímulo físico provoca sensaciones en diferentes órganos sensoriales, de manera que alguien con esa condición puede por ejemplo “ver” sonidos o “escuchar” colores. La sinestesia fue ampliamente estudiada por Kandinsky, ya que la experimentaba, al igual que músicos como Scriabin y Messiaen.

Así, Kandinsky teorizaba que la unión entre el arte y la pintura podía surgir del “principio del contacto adecuado con el alma humana”. Para Hool resulta claro: “Es una relación 100% natural, comparten una misma naturaleza. Por poner un ejemplo, un color amarillo puede generar la misma estridencia de una trompeta” y así se pueden generar “relaciones de composición entre formas y colores bajo una idea”.

Algunas pinturas de la producción de este artista tapatío que abordan la representación pictórica del mundo sonoro son: Arreglo para viento y árbol, Capricho para violín no. 2, Nocturno, Un canto budista, Arreglo para charco, lluvia y metales y Las estaciones de Takemitsu. Sobre ésta última, su autor reconoce el impacto que le causó la música del compositor japonés: “Conocí esa obra en una estación de radio cultural, la grabé y comencé a formar la idea haciendo varias obras preparatorias; es un trabajo que es cumbre para mí”.
El caso de Capricho para violín nace por el encanto que este instrumento tiene para Enrique Hool, quien incluso lo estudió en algún momento para entenderlo mejor. Cuenta que “esta pintura está inspirada en el Capricho de Penderecki, en ella busco aprovechar todos los contrastes de esa obra y plasmarlos bajo las leyes de la pintura”.

Pero en una ciudad como ésta, rendida totalmente al ruido, ¿cómo puede encontrar un pintor escenas que pongan en un primer plano los sonidos de los árboles, la lluvia y los pájaros para plasmarlas? Hool lo tiene claro: “En el silencio, recordando, volviendo a tu infancia, abstrayéndote. El silencio es el elemento primordial para transportarte y, de hecho, ahora mismo voy hacia el silencio con mis obras, como en El fin de los tiempos que estoy terminando y que está basada en la composición de Messiaen, es una pintura más pura, más trágica y que marca para mí un nuevo camino”.

Si bien lo abstracto no se puede considerar algo nuevo (el año pasado el movimiento cumplió 100 años), es un tipo de arte que se resiste todavía al público en general, situación provocada en parte por una falta de orientación hacia el mismo. Para poder acercarse, el público “se tiene que abrir y librarse de tabúes e idiosincrasias; no es fácil, es dejarse llevar. La abstracción expresa demasiado, no es caótica, tiene mucho que ver con nuestras vivencias actuales”. Sobre todo, señala Hool, al arte abstracto hay que “acercarse sin esperar nada a cambio, simplemente sentir”, sin caer en el error de buscar un significado concreto o una identificación con las sensaciones que llevaron al artista a plasmar tal o cual forma.

Las pinturas Enrique Hool son pues sonidos que parten del silencio y la contemplación para ir al lienzo, muy en consonancia con Huxley, quien afirmaba que “después del silencio, es la música lo que está más cerca de expresar lo inexpresable”.
Las obras del artista tapatío pueden verse en el sitio de internet flavors.me/enrihool.

''El pintor transforma un poema en una pintura, el músico crea una imagen para la música''
Robert Schumann, compositor alemán.

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