Suplementos
Transformación Interior
''Se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén''
En este domingo vigésimo segundo ordinario del año la liturgia católica vuelve sobre el Evangelio de San Marcos, después de cinco domingos en los que, siguiendo a San Juan, en el capítulo sexto se manifestó el misterio de Cristo. “Pan bajado del cielo” para dar vida al mundo.
Ahora es un enfrentamiento: “Se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén”. Los fariseos eran miembros de una secta de las clases más elevadas e ilustradas, en tiempos de nuestro Señor Jesucristo. Hacían profesión de llevar una vida más austera y recogida que los demás judíos, y cumplían escrupulosamente todos los preceptos legales. Tenían mucha autoridad sobre el pueblo. Había algunos sinceros, de veras virtuosos; a otros los señalaba el Señor como falsos, que toda su virtud era apariencia, hipocresía, ostentación y vanagloria. Además, añadían a las prescripciones de Moisés muchas tradiciones inútiles y hasta contrarias a la ley.
Los escribas eran los sabios o doctores de la ley, la que custodiaban y enseñaban al pueblo. Algunos se apegaban demasiado a la letra e ignoraban el espíritu de la misma. Para unos y otros –fariseos y escribas- eran molestas en grado sumo la presencia y la palabra de Jesús. Lo acusaban de que había llegado a “destruir la ley”; aunque en el fondo su temor era llegar a perder su prestigio y su autoridad sobre el pueblo, porque el Señor ponía en claro sus hipocresías.
“Enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos”
El Hijo de Dios ha venido a traer la verdadera libertad y, para ello, limpiar el camino en la relación del hombre con Dios.
Por lo mismo quiere limpiar la costra de excesivas leyes humanas, de tradiciones extrañas. Liberar al hombre del peso de una “letra” que sofoca al espíritu.
Traslada el debate del plano de las prescripciones legales, al plano humano. En el centro no están los alimentos puros o impuros, sino el hombre; más al fondo, el corazón del hombre.
En estos días la Iglesia celebró a San Agustín, obispo de Hipona, víctima en su juventud de falacias y caídas, con una insaciable sed de amor y de verdad. A los treinta y tres años, encontró a Cristo y allí se quedó. Inició su libro “Confesiones” con esta frase: “Nos hiciste para ti, oh Señor, y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en ti”.
Además del vacío de los corazones, del desinterés por los valores espirituales y morales, y ante el apremio de respetar normas y preceptos, ha surgido en muchos un permisionismo personal acomodado a sus propios gustos. Sin la autoridad para ser legisladores se hacen sus propias leyes y se sienten autorizados para dictar –así, dictadores- dónde está el bien y dónde está el mal. Es la ausencia de una conciencia recta.
La transformación interior del hombre, mensaje central del Evangelio de San Marcos de este domingo, es una recordación para que todo cristiano se preocupe, se esfuerce en tener una conciencia ilustrada, recta.
Ahora es un enfrentamiento: “Se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén”. Los fariseos eran miembros de una secta de las clases más elevadas e ilustradas, en tiempos de nuestro Señor Jesucristo. Hacían profesión de llevar una vida más austera y recogida que los demás judíos, y cumplían escrupulosamente todos los preceptos legales. Tenían mucha autoridad sobre el pueblo. Había algunos sinceros, de veras virtuosos; a otros los señalaba el Señor como falsos, que toda su virtud era apariencia, hipocresía, ostentación y vanagloria. Además, añadían a las prescripciones de Moisés muchas tradiciones inútiles y hasta contrarias a la ley.
Los escribas eran los sabios o doctores de la ley, la que custodiaban y enseñaban al pueblo. Algunos se apegaban demasiado a la letra e ignoraban el espíritu de la misma. Para unos y otros –fariseos y escribas- eran molestas en grado sumo la presencia y la palabra de Jesús. Lo acusaban de que había llegado a “destruir la ley”; aunque en el fondo su temor era llegar a perder su prestigio y su autoridad sobre el pueblo, porque el Señor ponía en claro sus hipocresías.
“Enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos”
El Hijo de Dios ha venido a traer la verdadera libertad y, para ello, limpiar el camino en la relación del hombre con Dios.
Por lo mismo quiere limpiar la costra de excesivas leyes humanas, de tradiciones extrañas. Liberar al hombre del peso de una “letra” que sofoca al espíritu.
Traslada el debate del plano de las prescripciones legales, al plano humano. En el centro no están los alimentos puros o impuros, sino el hombre; más al fondo, el corazón del hombre.
En estos días la Iglesia celebró a San Agustín, obispo de Hipona, víctima en su juventud de falacias y caídas, con una insaciable sed de amor y de verdad. A los treinta y tres años, encontró a Cristo y allí se quedó. Inició su libro “Confesiones” con esta frase: “Nos hiciste para ti, oh Señor, y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en ti”.
Además del vacío de los corazones, del desinterés por los valores espirituales y morales, y ante el apremio de respetar normas y preceptos, ha surgido en muchos un permisionismo personal acomodado a sus propios gustos. Sin la autoridad para ser legisladores se hacen sus propias leyes y se sienten autorizados para dictar –así, dictadores- dónde está el bien y dónde está el mal. Es la ausencia de una conciencia recta.
La transformación interior del hombre, mensaje central del Evangelio de San Marcos de este domingo, es una recordación para que todo cristiano se preocupe, se esfuerce en tener una conciencia ilustrada, recta.