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Todos discípulos, todos misioneros
A los hombres de este tiempo tecnificado, ruidoso y precipitado, se les ha de anunciar la buena nueva, siempre nueva: allí la fe, allí Cristo
Cada año, en el tercer domingo de octubre se remueven las cenizas, se aviva el fuego, se actualiza el mandato de Cristo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio”.
No es un ruego, es un mandato. Obedientes, los once apóstoles partieron y abrieron una y mil veces sus labios con el alegre pregón: “Tenemos en Cristo un salvador para todos, judíos y griegos, nobles y siervos, cultos e iletrados”.
Ellos fueron los primeros enviados, misioneros, del verbo latino “misi”, yo envié.
Ahí está el principio de la vocación de la Iglesia. Por voluntad del Señor la Iglesia nació, es y será misionera.
Así en este siglo XXI, fieles y obedientes los bautizados, mirándose cada uno a sí mismo hacia su yo íntimo, reconocen que todos, por el don del bautismo --gracia singular--, son cristianos y por lo tanto discípulos de Cristo; y por ser lo que son están llenos de la luz, para luego iluminar a los demás. Así que todos son discípulos y todos misioneros.
Sin Cristo no hay verdadero amor,
ni luz, ni esperanza, ni futuro
La ciencia avanza vertiginosamente. El siglo veinte y los nueve años del presente han ofrecido sorpresas continuas del ingenio del hombre, de su creatividad. La ciencia y las técnicas avanzan a ritmo acelerado. El planeta Tierra ya es pequeño, porque hay infinidad de aparatos que acortan las distancias y favorecen la comunicación.
Así reza el Concilio Vaticano II (1962-1965): “Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva, o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios” (Gaudium et Spes 34).
Pero preocupa que el avance no sea siempre para hacer el bien, ni con sentido humanitario, ni para todos.
La ciencia, la técnica y todo ese conjunto de recursos encerrados en la palabra “progreso”, no serán realmente progreso --es decir adelanto, avance-- si no hay la iluminación de la fe. Los científicos materialistas fijan su atención en los hechos experimentales e inmediatos, y si no, buscan la causa última, pero no alcanzan a ver la finalidad hacia donde tienden. Ven el presente, pero necesitan ver el futuro; ven lo terrenal y no perciben lo eterno.
Allí hace falta la luz verdadera, allí hace falta encontrar la vida, el futuro, la esperanza.
A los hombres de este tiempo tecnificado, ruidoso y precipitado, se les ha de anunciar la buena nueva, siempre nueva: allí la fe, allí Cristo.
En Cristo se desarrolla en plenitud la existencia humana, su dimensión personal, familiar, social y cultural.
Es lo que verdaderamente necesita el hombre de hoy. Por eso es preciso...
... dar firme impulso a
la acción evangelizadora
Impulsar es dar nuevo aliento, decir no a la rutina, porque ésta es el polvo que hay que sacudir.
El Papa Juan XXIII, el de rostro siempre sonriente y trato siempre bondadoso --a quien por ser tan sencillo tal vez se le consideraba incapaz de lograr cosas grandes--, le dio a la humanidad, no sólo a la Iglesia, el viento fresco que fue el “aggiornamento”--la oportunidad de ponerse al día, de actualizarse--, porque iba con mucho retraso; le dio juventud, le dio limpieza; abrió las puertas y no toleró ni basuras ni telarañas.
Esa fue la obra del Concilio Vaticano II, que por inspiración divina fue el gran regalo para los hombres aburridos y cansados.
Luego, cincuenta años después, obispos de América Latina y del Caribe, con la misma juvenil idea, han renovado su propósito y han lanzado un mensaje para que todos --y decir todos abarca desde obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos--, singularmente en América Latina, se postren a los pies del Maestro y emprendan la marcha juntos, todos discípulos y todos misioneros.
Quien ha sido evangelizado, que evangelice, quien ha tenido la dicha de conocer a Cristo, que lleve a Cristo a los demás, cada quien en su ambiente, amplio o limitado, y cada quien con los propios recursos de cultura, conocimiento, fuerzas, salud y oportunidades.
Pero, ¡todos a evangelizar! Así lo dijeron en mayo de 2007 los reunidos en el santuario de Nuestra Señora de Aparecida, en Brasil. Y ponerse a trabajar, porque a veces los buenos propósitos, muy bellos, terminan durmiendo tranquilos en las páginas de los libros.
Latinoamérica en Cristo
ante los graves problemas
Primero, en un extenso y profundo estudio, prepararon y se intercambiaron ideas y experiencias, en un análisis de la situación de los pueblos de América Latina y el Caribe.
Luego, sin pesimismo y con toda la confianza de que de Dios vendrá el auxilio, bajaron a entender la urgencia de evangelizar a la persona como persona; a la familia, el núcleo más importante en el caminar de los pueblos, y los tremendos problemas que el materialismo y la codician ha llevado a extremos de acumular las riquezas en minorías, mientras las mayorías se debaten en carencias, son pobres de solemnidad o de plano sufren deplorable miseria.
Nunca como ahora ha habido abundancia en nuestro globo, pero mal distribuida, porque no es común el sentido de muchos, no conocen ni practican la justicia y está ausente la caridad.
La Iglesia tiene como fin conducir a los hombres a su fin último, la vida eterna; mas evangeliza a seres humanos, cada uno con un alma creada a imagen de su creador, y también cada uno con un cuerpo que pide, porque necesita cada día, comida, agua, casa, salud, educación, seguridad. Por eso el cristianismo no sólo es sendero para las virtudes personales, sino, en la ciudad terrena, vivir las virtudes sociales en ambientes políticos y económicos.
La Iglesia es grupo, es congregación de creyentes y no es lícito, no es saludable, encerrarse en individualismo pietista.
Ser misionero es
estar abierto al mundo
Ser misionero es pensar y trabajar por la promoción de todos los hombres. Es llevar a Cristo en estos tiempos a gentes, a pueblos atemorizados, agobiados por la violencia.
Es éste el momento en que la voz de Cristo llegue a los oídos de los laicos y que, agradecidos por su bautismo, busquen a otros y les digan: “Encontré a Cristo; ven, para que tú también lo conozcas”.
Ya no es tiempo de pensar en que misioneros solamente son los que visten sotana o hábito religioso, largos vestidos hasta los tobillos y aparecen rodeados de semidesnudos niños negros. Cierto que ellos son misioneros, y bendito sea Dios que los hay en este año 2009, y en abundancia; mas no son, no deben ser, los únicos.
Misioneros son los que anuncian la noticia del Reino de Dios en su propia casa, en su propio ambiente, con los amigos, con los compañeros de trabajo.
Y con sentido práctico,
tres categorías de misioneros
En primera línea están quienes consagran su vida a ir a donde se necesita llevar el Evangelio. Un joven sacerdote español en el siglo XVI abordó un barco en Lisboa, surcó los mares bordeando el continente africano, y evangelizando en la India y en Japón encontró la gran alegría de su vida. Ese fue San Francisco Javier.
En otra línea muy importante, Teresa (Teresita) del Niño Jesús sufre tirada en su lecho en la enfermería del convento. Siempre ha soñado ser misionera y ya lo es: su oración, sus sufrimientos, todo en ofrenda al Señor para que derrame gracias abundantes, como la lluvia que hace fructificar los campos. Misionera con la oración y los sacrificios, es una buena manera de producir frutos de vida eterna.
Y también con la limosna. Los misioneros levantan templos, escuelas y hospitales, y además de cubrir su propia subsistencia, auxilian a los que están siendo evangelizados. En muchas partes con grandes necesidades, ¡qué bien caen esos recursos económicos!
Hasta con lo que sobra en casa, se pueden hacer obras en bien de los necesitados. Así abundan los misioneros anónimos... pero el Señor sí los conoce.
Pbro. José R. Ramírez
No es un ruego, es un mandato. Obedientes, los once apóstoles partieron y abrieron una y mil veces sus labios con el alegre pregón: “Tenemos en Cristo un salvador para todos, judíos y griegos, nobles y siervos, cultos e iletrados”.
Ellos fueron los primeros enviados, misioneros, del verbo latino “misi”, yo envié.
Ahí está el principio de la vocación de la Iglesia. Por voluntad del Señor la Iglesia nació, es y será misionera.
Así en este siglo XXI, fieles y obedientes los bautizados, mirándose cada uno a sí mismo hacia su yo íntimo, reconocen que todos, por el don del bautismo --gracia singular--, son cristianos y por lo tanto discípulos de Cristo; y por ser lo que son están llenos de la luz, para luego iluminar a los demás. Así que todos son discípulos y todos misioneros.
Sin Cristo no hay verdadero amor,
ni luz, ni esperanza, ni futuro
La ciencia avanza vertiginosamente. El siglo veinte y los nueve años del presente han ofrecido sorpresas continuas del ingenio del hombre, de su creatividad. La ciencia y las técnicas avanzan a ritmo acelerado. El planeta Tierra ya es pequeño, porque hay infinidad de aparatos que acortan las distancias y favorecen la comunicación.
Así reza el Concilio Vaticano II (1962-1965): “Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva, o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios” (Gaudium et Spes 34).
Pero preocupa que el avance no sea siempre para hacer el bien, ni con sentido humanitario, ni para todos.
La ciencia, la técnica y todo ese conjunto de recursos encerrados en la palabra “progreso”, no serán realmente progreso --es decir adelanto, avance-- si no hay la iluminación de la fe. Los científicos materialistas fijan su atención en los hechos experimentales e inmediatos, y si no, buscan la causa última, pero no alcanzan a ver la finalidad hacia donde tienden. Ven el presente, pero necesitan ver el futuro; ven lo terrenal y no perciben lo eterno.
Allí hace falta la luz verdadera, allí hace falta encontrar la vida, el futuro, la esperanza.
A los hombres de este tiempo tecnificado, ruidoso y precipitado, se les ha de anunciar la buena nueva, siempre nueva: allí la fe, allí Cristo.
En Cristo se desarrolla en plenitud la existencia humana, su dimensión personal, familiar, social y cultural.
Es lo que verdaderamente necesita el hombre de hoy. Por eso es preciso...
... dar firme impulso a
la acción evangelizadora
Impulsar es dar nuevo aliento, decir no a la rutina, porque ésta es el polvo que hay que sacudir.
El Papa Juan XXIII, el de rostro siempre sonriente y trato siempre bondadoso --a quien por ser tan sencillo tal vez se le consideraba incapaz de lograr cosas grandes--, le dio a la humanidad, no sólo a la Iglesia, el viento fresco que fue el “aggiornamento”--la oportunidad de ponerse al día, de actualizarse--, porque iba con mucho retraso; le dio juventud, le dio limpieza; abrió las puertas y no toleró ni basuras ni telarañas.
Esa fue la obra del Concilio Vaticano II, que por inspiración divina fue el gran regalo para los hombres aburridos y cansados.
Luego, cincuenta años después, obispos de América Latina y del Caribe, con la misma juvenil idea, han renovado su propósito y han lanzado un mensaje para que todos --y decir todos abarca desde obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos--, singularmente en América Latina, se postren a los pies del Maestro y emprendan la marcha juntos, todos discípulos y todos misioneros.
Quien ha sido evangelizado, que evangelice, quien ha tenido la dicha de conocer a Cristo, que lleve a Cristo a los demás, cada quien en su ambiente, amplio o limitado, y cada quien con los propios recursos de cultura, conocimiento, fuerzas, salud y oportunidades.
Pero, ¡todos a evangelizar! Así lo dijeron en mayo de 2007 los reunidos en el santuario de Nuestra Señora de Aparecida, en Brasil. Y ponerse a trabajar, porque a veces los buenos propósitos, muy bellos, terminan durmiendo tranquilos en las páginas de los libros.
Latinoamérica en Cristo
ante los graves problemas
Primero, en un extenso y profundo estudio, prepararon y se intercambiaron ideas y experiencias, en un análisis de la situación de los pueblos de América Latina y el Caribe.
Luego, sin pesimismo y con toda la confianza de que de Dios vendrá el auxilio, bajaron a entender la urgencia de evangelizar a la persona como persona; a la familia, el núcleo más importante en el caminar de los pueblos, y los tremendos problemas que el materialismo y la codician ha llevado a extremos de acumular las riquezas en minorías, mientras las mayorías se debaten en carencias, son pobres de solemnidad o de plano sufren deplorable miseria.
Nunca como ahora ha habido abundancia en nuestro globo, pero mal distribuida, porque no es común el sentido de muchos, no conocen ni practican la justicia y está ausente la caridad.
La Iglesia tiene como fin conducir a los hombres a su fin último, la vida eterna; mas evangeliza a seres humanos, cada uno con un alma creada a imagen de su creador, y también cada uno con un cuerpo que pide, porque necesita cada día, comida, agua, casa, salud, educación, seguridad. Por eso el cristianismo no sólo es sendero para las virtudes personales, sino, en la ciudad terrena, vivir las virtudes sociales en ambientes políticos y económicos.
La Iglesia es grupo, es congregación de creyentes y no es lícito, no es saludable, encerrarse en individualismo pietista.
Ser misionero es
estar abierto al mundo
Ser misionero es pensar y trabajar por la promoción de todos los hombres. Es llevar a Cristo en estos tiempos a gentes, a pueblos atemorizados, agobiados por la violencia.
Es éste el momento en que la voz de Cristo llegue a los oídos de los laicos y que, agradecidos por su bautismo, busquen a otros y les digan: “Encontré a Cristo; ven, para que tú también lo conozcas”.
Ya no es tiempo de pensar en que misioneros solamente son los que visten sotana o hábito religioso, largos vestidos hasta los tobillos y aparecen rodeados de semidesnudos niños negros. Cierto que ellos son misioneros, y bendito sea Dios que los hay en este año 2009, y en abundancia; mas no son, no deben ser, los únicos.
Misioneros son los que anuncian la noticia del Reino de Dios en su propia casa, en su propio ambiente, con los amigos, con los compañeros de trabajo.
Y con sentido práctico,
tres categorías de misioneros
En primera línea están quienes consagran su vida a ir a donde se necesita llevar el Evangelio. Un joven sacerdote español en el siglo XVI abordó un barco en Lisboa, surcó los mares bordeando el continente africano, y evangelizando en la India y en Japón encontró la gran alegría de su vida. Ese fue San Francisco Javier.
En otra línea muy importante, Teresa (Teresita) del Niño Jesús sufre tirada en su lecho en la enfermería del convento. Siempre ha soñado ser misionera y ya lo es: su oración, sus sufrimientos, todo en ofrenda al Señor para que derrame gracias abundantes, como la lluvia que hace fructificar los campos. Misionera con la oración y los sacrificios, es una buena manera de producir frutos de vida eterna.
Y también con la limosna. Los misioneros levantan templos, escuelas y hospitales, y además de cubrir su propia subsistencia, auxilian a los que están siendo evangelizados. En muchas partes con grandes necesidades, ¡qué bien caen esos recursos económicos!
Hasta con lo que sobra en casa, se pueden hacer obras en bien de los necesitados. Así abundan los misioneros anónimos... pero el Señor sí los conoce.
Pbro. José R. Ramírez