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Teología, matemáticas y ajedrez

Los dogmas, así entendidos, proporcionan los fundamentos de un sistema, una doctrina, religión o ciencia

     Una de las más desalmadas críticas, por injusta, que recibimos los católicos y en general la Iglesia, es el ser dogmáticos. ¿Hasta qué punto tienen razón quienes califican de dogmatismo a la religión? El inicio ha de ser por las definiciones de dogma y dogmatismo. De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, un dogma es “una proposición que se asienta por firme y cierta y como principio innegable, que no admite réplicas”. Los dogmas, así entendidos, proporcionan los fundamentos de un sistema, una doctrina, religión o ciencia. En su origen el concepto de dogma estaba vinculado a una norma o decreto emitido por una autoridad, y también se utilizaba para referirse a la opinión característica de alguna escuela filosófica. Por su parte, el dogmatismo es la “tendencia a establecer fórmulas que expresan ideas como verdades indiscutibles, más allá de la investigación, la crítica y el debate”.
     En la actualidad, el término dogma es más utilizado en el ámbito de la religión, y su concepto indica que son aquellas doctrinas que la Iglesia propone para ser creídas como formalmente reveladas por Dios. Una doctrina es toda verdad enseñada por la Iglesia como necesaria de creer, y satisface una de las siguientes características: (a) Fue formalmente revelada, como la Presencia Real Eucarística (Jn 6, 51; Lc 22, 19); (b) Es una conclusión teológica, como la canonización de un santo, y (c) Es parte de la ley natural.      
     La mayoría de los dogmas cumplen con la primera característica, y el Catecismo de la Iglesia Católica (89) nos indica que los dogmas “son luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro. De modo inverso, si nuestra vida es recta, nuestra inteligencia y nuestro corazón estarán abiertos para acoger la luz de los dogmas de la fe”, lo cual se relaciona con el pasaje del evangelio según San Juan (8, 31-32): “Si os mantenéis firmes en mi doctrina, sois de veras discípulos míos, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”.
      Pero, ¿cuál es la relación de todo esto con el título del artículo? Si alguien desea jugar ajedrez, debe aceptar varias cosas. Primero, la existencia de elementos que denominaremos primitivos: el tablero y las piezas (éstos generalmente no se definen); después debe aceptar unas reglas que, esencialmente, tienen que ver con la forma de mover las piezas. Finalmente, debe aprender algunas jugadas básicas, como las aperturas y el enroque. La combinación de diferentes jugadas da lugar a estrategias de juego y permiten que éste se desarrolle adecuadamente. Lo curioso es que nadie cuestiona las reglas y las jugadas, y a veces ni siquiera pregunta de dónde y cómo surgieron; simplemente se aceptan y ya.
     El caso de las matemáticas es semejante. Si queremos hacer matemáticas, primero debemos aceptar la existencia de los números como elementos primitivos. En seguida debe aceptarse una serie de proposiciones que en este caso se denominan axiomas, los análogos a las reglas del ajedrez, con los cuales se conforman los teoremas, análogos de las jugadas. Es de hacerse notar que en matemáticas la veracidad de los teoremas se demuestra con base en los axiomas establecidos, y al iIgual que en el ajedrez, nadie cuestiona la validez de los axiomas y los teoremas.
      La teología tiene un asombroso parecido estructural (la llamada estructura epistemológica) con las matemáticas. Se parte de elementos primitivos, esencialmente la Santísima Trinidad; de ahí se tienen las reglas, los axiomas, que se encuentran en la Sagrada Escritura –la Palabra de Dios, la doctrina de N. S. Jesucristo–, y de ahí surgen los dogmas, que son los análogos a los teoremas de matemáticas. El dogma se demuestra, al igual que el teorema; no se acepta acríticamente, pues es resultado de una investigación y reflexión profundas, tal como lo son los teoremas matemáticos. Sin embargo, aquí sí se encuentra una diferencia: mucha gente cuestiona la validez de los axiomas y los dogmas católicos, y al hacerlo, cuestionan la Palabra de Dios. Es cuando adquiere sentido lo dicho en el Catecismo: “Si nuestra vida es recta”, aceptaremos los dogmas, las verdades absolutas reveladas por Dios contenidas en la Biblia. ¿No será que tal cuestionamiento es por ignorancia y porque implica vivir sin egoísmo? El tiempo de Adviento que iniciamos ofrece la oportunidad de enderezar nuestra vida, para conocer y aceptar la verdad y ser libres. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.rfu.mx

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