Suplementos

También los paganos son coherederos de la misma herencia

Oro porque es Rey, incienso porque es Dios, mirra porque es hombre mortal

     Epifanía es una palabra griega y se traduce así: manifestación. El mayor prodigio que han visto los humanos, ha sido y es la presencia de Dios entre los hombres.
     Se manifestó primero al pueblo de Israel, el pueblo elegido, con el anuncio del ángel a los pastores: “No teman, les traigo una buena noticia, una alegría para todo el pueblo: ha nacido un Salvador, que es el Mesías y Señor, en la ciudad de David. Esto tendría por señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”.
     Se manifestó luego a todos los no judíos --los llamados gentiles--, por la luz de una estrella. La vieron unos sabios, llamados por eso mismo magos, y emprendieron el largo camino desde el Oriente. ¿Desde China, India, Persia?
Lo cierto es que fueron fieles a esa revelación y perseverantes aún en la prueba, porque ya casi al llegar se les ocultó la estrella y tuvieron que acudir al Rey Herodes, en Jerusalén; y por fin, consultadas las Sagradas Escrituras, les indicaron el camino hacia Belén. Ahí vieron al Mesías esperado por los judíos, el Salvador de todos --no sólo de los judíos--; reconocieron que ese niño era Dios, lo adoraron y le ofrecieron el triple regalo:

Oro porque es Rey,
incienso porque es Dios,
mirra porque es hombre mortal

     Felices, los magos volvieron por un camino distinto, sin pasar por Jerusalén, a llevar la alegre noticia a los hombres de allá de donde vinieron.
Todo esto aconteció tal como lo habían anunciado los profetas, y tiene un profundo sentido mesiánico.
     Dos escritores no judíos, Tácito y Suetonio, afirmaron que “en todo el Oriente se había extendido una antigua creencia, acerca de la cual hombres venidos de Judea dominarían el mundo. Los judíos interpretan a su favor este oráculo, que en realidad se refiere al emperador romano, Vespaciano”.
     Es el cumplimiento de las profesías mesiánicas. En conclusión, es la manifestación a todos del misterio de la Encarnación, que es Dios infinito, omnipotente y eterno, que toma la naturaleza humana y allí está en brazos de María, limitado: es decir, pequeño, débil y mortal. Tan gran misterio había de darse a conocer a todos los hombres.

Y el Hijo de Dios hecho hombre
ha de manifestarse en 2010

     Los cuatro evangelios son historia, mas no son solamente historia. Quienes quieran encontrar en sus páginas nada más esos relatos admirables, se habrán olvidado de lo esencial, del mensaje intemporal, eterno, presentado allí, pero explicable cada día para todos y para cada uno.
     Por eso una pregunta ahora, incisiva: Para ti, cristiano del siglo veintiuno, a ti en particular, ¿qué te dice esta página del evangelio de este domingo?
La respuesta podría ser en tres puntos: primero, ha de brotar del pecho un agradecimiento muy profundo, porque tú has visto la estrella, tu estrella es la luz de la fe, recibida en el bautismo; segundo, una reflexión para examinar si has sido generoso y fiel en el seguimiento de esa estrella, es decir la congruencia entre tu fe y tu vida; y tercero, si has hecho algo para que los que no han visto la estrella, y por lo mismo no conocen a Cristo, lleguen un día a encontrarlo.
     Cristo sigue manifestándose de mil maneras a los hombres de ahora. Son distintas las circunstancias en este mundo precipitado, materializado, mercantilizado, pero vacío en muchos de lo que le da sentido a la vida. Correr y más correr como los automóviles, instrumentos muy útiles, es imagen del hombre de hoy. ¿Qué piensan los jóvenes inmersos en un mundo que ofrece continuamente sólo atractivos superficiales?

Discípulos-misioneros

     Los magos, por el privilegio de ver con sus ojos esa maravilla --Emmanuel-Dios con nosotros--, se sintieron honrados y comprometidos para llevar la Buena Nueva a los demás.
     El cristiano, agradecido por el bautismo --que es el regalo de su fe--, también ha de sentirse muy honrado por ser hijo de Dios, pero también obligado a comunicar a los demás la alegría de su personal encuentro con Cristo.
     Un libro en las manos debe ser, para los laicos de este año 2010, el documento conclusivo de Aparecida, que es la voz de los obispos de América Latina y el Caribe reunidos en la V Conferencia General en Aparecida, Brasil, en mayo de 2007.
     Es un documento breve de diez capítulos, más introducción y conclusión. Es una consigna: “Todos discípulos y todos misioneros”. Luego un análisis de la situación de América Latina, un itinerario y motivaciones. En resumen: ser una Iglesia viva. Vivir el cristianismo con alegría y convicción, promover un laicado maduro, corresponsable con la misión de anunciar y hacer visible el Reino de Dios. Y concluye: “¡Que este Continente de la esperanza sea el Continente del amor, de la vida y de la paz!”.

“Tengo otras ovejas que
no son de mi rebaño,
y es necesario que yo las traiga”     

     En esta fiesta de la Epifanía, fiesta de la luz, el pensamiento es de gratitud en los que ya han visto la estrella, y es interés misionero por los que aún están en tinieblas. Mas es también oportuno pensar con la Iglesia en este año, singularmente. Motivo de alegría espiritual ha sido la buena noticia de que cristianos separados, muchos anglicanos, están buscando la estrella: esto es la comunión con la Iglesia de Pedro.
     Separados en un arranque pasional del rey Enrique VIII, siguieron fieles a Cristo, inculpablemente, el mismo dogma, la misma ley de Cristo y en el culto. Ahora, vueltas esas páginas de un pasado divisionista, han emprendido el camino no a Roma, sino a Belén, para postrarse junto a Benedicto XVI ante el recién nacido, Salvador de todos los italianos, españoles, latinoamericanos, ingleses...

El Concilio Vaticano II
(1962-1965)

     Los misteriosos caminos de Dios siempre son una bendición. Bendición fue el 28 de octubre de 1958, el día en que los cardenales, reunidos a puertas cerradas en el cónclave, eligieron Sumo Pontífice al Cardenal de Venecia, Giuseppe Roncalli, de 77 años de edad y con una enorme vocación religiosa, quien supo unir lo místico con lo terrenal, como buen campesino que había sido. Con el nombre de Juan XXIII, tomó el gobierno de la Iglesia el día 4 de noviembre.
     Nadie se imaginaba el revuelo que acontecería, porque su energía era tanta como la de un joven en días a pesar de sus setenta y siete años; y a los pocos días, el 25 de enero de 1959, fiesta de la Conversión de Pablo, anunció que se celebraría un Concilio Ecuménico. Grande sorpresa y después mayor alegría, al irse manifestando esa renovación --ese “aggiornamiento”, actualización--, poner a la Iglesia al día; no vivir del pasado, sino sacramento de salvación limpia, joven, atractiva para los hombres de su tiempo.
     Se reunieron los casi tres mil obispos de todo el mundo, y además fueron invitados como observadores representates de otras religiones, en una actitud de fraternidad.

Decreto sobre el ecumenismo

     Fue éste el restablecimiento de la unidad de los cristianos, a promover la unidad y a superar obstáculos para una perfecta comunión; reconocer y estimar los católicos los auténticos valores cristianos en los hermannos separados.
     Dios ha dado a muchas personas y comunidades la gracia de un vivo deseo de la unión. El concilio fue el inicio de un empeño ya organizado, para proponer a todos los católicos, y a todos los demás cristianos, los medios para responder a esta gracia divina.
     Después de laboriosa preparación se presentó a votación el decreto sobre el ecumenismo “Unitates redintegratio” (Restauración de la unidad), y fue promulgado el 21 de noviembre de 1964, después de una votación 2,137 a favor y 11 en contra.
Se puede interpretar este acontecimiento como una luz, como una estrella, para conducir a los hombres por otros caminos a encontrar a Cristo, como lo encontraron los magos.
 
 Pbro. José R. Ramírez

Temas

Sigue navegando