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Surfear la ola de violencia
La playa de La Ticla, un pueblo pequeño en medio de la selva michoacana, es uno de los sitios favoritos para los surfistas.
GUADALAJARA, JALISCO (27/SEP/2015).- Atrapados en el paraíso. “Mamá no te vayas a preocupar pero hoy no regresaré a Guadalajara. Hay un enfrentamiento entre las autodefensas y el Ejército”, luego de escupir estas palabras, Sergio sabía lo que su madre le contestaría: “Te dije que no te fueras, que era peligroso”. Estaban atrapados en La Ticla: mar, arena y tablas de surf. El problema era que esa playa es parte de Santa María de Ostula, municipio de Aquila, Michoacán, y que la relación entre el gobierno y la comunidad se había calentado: uno de los líderes, Cemei Verdía, había sido detenido. El pueblo estaba furioso.
La tarde del domingo 19 de julio de 2015, durante la confrontación entre la comunidad y soldados de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) se registraron 19 civiles heridos y un niño muerto.Tres días después de la tragedia, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) publicará un comunicado de prensa en donde pedirá que se investiguen los hechos; se informará que se han recabado testimonios y que los padres y hermanos del niño asesinado ya han recibido ayuda psicológica.
Sergio y sus dos amigos, “Charro” y Santiago, se enterarán de la magnitud de los hechos horas después. Cuando la violencia tocó su punto más alto, ellos estaban refugiados en la playa, a la orilla del mar. Atrapados en el paraíso.
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La playa de La Ticla, un pueblo pequeño en medio de la selva michoacana, es uno de los sitios favoritos para los surfistas. La arena es beige, suave, puedes tener dónde dormir por 80 pesos, se admiran los cactus, matorrales y las rocas cercanas al río que desemboca en el mar, son el ingrediente perfecto para que se formen las olas que seducen a los visitantes y se monten en sus tablas. Pero ese fin de semana, pocos habían decidido ir a esta zona de Michoacán. Apenas cinco autos se podían mirar en la playa.
Sergio, “Charro” y Santiago amanecieron ese domingo en La Ticla. Desayunaron huevos con chorizo. Surfearon desde temprano y decidieron que después de la hora de la comida, tomarían carretera para volver a Guadalajara. Pero cuando Sergio vio una especie de avispón verde gigante, que más bien era un helicóptero sobrevolando el mar y las montañas de la zona, sintió una especie de gusano en sus entrañas, que más bien era angustia, supo que los planes tenían que cambiar.
Un día antes, de camino, en la frontera entre Jalisco y Michoacán atravesaron el primer retén militar, luego, en el pueblo La Plazita, el segundo y a menos de 100 metros, uno más pero ahora de las autodefensas: hombres, jóvenes y viejos, bajo un techo de palmas, con fusil en mano. Sergio, en los seis años que tenía viajando intermitentemente a La Ticla, nunca había visto tanta tensión en la región.
Siguieron su camino. Surfearon todo el sábado.
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Cuando los planes cambiaron, un carro, con dos nayaritas a bordo, se estacionó. Bajaron del vehículo. Tenían el rostro repleto de incertidumbre.
—¿Qué no se iban ya?
—Está cerrada la carretera- dijo uno.
—Hay un enfrentamiento del ejército contra las autodefensas y escuchamos que habían detenido a uno de los líderes (Cemei Verdía)— agregó el otro.
La comunidad había bloqueado el camino.
Los tripulantes de los otros cuatro vehículos, entre ellos una pareja con sus dos hijas, decidieron conformar una caravana y para salir, argumentarían que eran turistas. Saldrían todos juntos a la de ya. Sergio sabía que si no se movilizaban pronto podrían quedar días varados en el pueblo y el desenlace no podría ser alentador.
Ya en la salida, en el entronque, la caravana no se topó con pared sino con un centenar de habitantes que formaron un escudo humano. Todos alrededor de un camión del Ejército mexicano. Niños, adultos, jóvenes, viejos, mujeres. Algunos con machetes, otros con palos, fusiles y pistolas. Los militares estaban rodeados.
Se olía la tensión. Se escuchaban murmullos. No gritos. Sólo murmullos.
La caravana se acercó al escudo humano y pidieron salir. Los militares dijeron “adelante”, pero una señora poco más alta que un bastón, canosa, con una blusa, un suéter y un palo en la mano con el que golpeó el suelo. Ustedes no pasan. Y así fue.
Volvieron al pueblo. Esperaron. Tomaron una cerveza mientras comían en el Centro. Platicaron de todo menos de la situación. Evitaron el tema a toda costa. Permanecerían ahí un rato más.
La tensión subió de volumen cuando vieron salir de sus casas y comercios a más jóvenes y adultos para sumarse al escudo humano. En ese momento Sergio, “Charro” y Santiago, junto con los integrantes de la caravana, optaron por refugiarse en la playa.
La Ticla no es territorio de Slim ni de AT&T, así que no pudieron hacer llamadas desde su celular. Ya en la playa, los habitantes que rentan las palapas les prestaron un teléfono fijo y llamaron a sus casas. Estaban atrapados en el paraíso.
El día agonizaba cuando escucharon por radio que había habido un enfrentamiento. Hubo heridos y un muerto. Un niño muerto.
De nueva cuenta decidieron encaminarse para salir de la zona. Tomaron el riego por los cuernos. “Charro” puso la canción Yellow Submarine de The Beatles cuando se dirigían rumbo al entronque. Bajo la última luz del domingo, vieron camionetas chocadas, personas con los nudillos sangrandos. Hombres con chalecos antibalas. Era una zona de guerra.
Esta vez los miembros de la comunidad los dejaron seguir, no sin antes advertirles que no manejaran de prisa y les dieron las indicaciones de viajar entre seis camionetas pick ups de los pobladores. Sergio nunca había sentido tanta tensión en su cuerpo.
Pudieron alejarse de la zona del enfrentamiento. De aquella tierra que aparenta ser de nadie. Llegaron hasta el retén de las autodefensas. Una vez más hombres, jóvenes y viejos, bajo un techo de palmas, con fusil en mano. Se les acercaron dos.
—¿A dónde van?
—A Jalisco.
—Pasen. Que Dios los bendiga.
conflicto. Militares y comuneros de Ostula se enfrentaron el 19 de julio de 2015.