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¿Son ciertos los milagros?
El Cristianismo es una religión fundamentada sobre un milagro
Primera parte: Introducción
A partir de las ideas del filósofo David Hume (1711-1776) plasmadas en su obra “Investigación sobre el entendimiento humano”, es común escuchar, todavía en nuestros días, que un milagro se define como una violación de las leyes de la naturaleza o como una suspensión momentánea de las leyes de la naturaleza. A pesar de ser una forma popular de entender lo que es un milagro, tal definición nada tiene qué ver con, por ejemplo, lo que las palabras bíblicas implican por milagro. Por un lado, el griego thaumasion, cuyo equivalente latino es miraculum, significa “lo que evoca una maravilla o algo asombroso”. La palabra hebrea para milagro es oth, que significa “signo” o “señal”; esto es, un evento que indique otra cosa diferente a sí mismo.
Para santo Tomás de Aquino, un milagro es un evento que está más allá del poder natural de producirlo una criatura, y la definición de milagro de acuerdo con la doctrina Católica, debida al Papa Benedicto XIV (1675-1758) es: “un milagro es un evento cuya producción está más allá del poder de la naturaleza visible y corporal sola”. Además, para que el evento se calificado como milagro, Benedicto XIV añade que debe tener significado religioso.
En todas las definiciones anteriores nada se dice sobre la violación de las leyes de la naturaleza; ¿por qué habría de violar Dios las propias leyes que Él dictó? Dios sabe lo que quiere y, por lo tanto, ha creado el universo entero y le ha dado leyes para que evolucione de acuerdo con un plan establecido. Entonces, decir con Hume que un milagro viola las leyes de la naturaleza, es una forma de negar la omnisciencia y la omnipotencia de Dios; y en consecuencia, si no podemos confiar en que en que va a respetar sus propias leyes, tampoco podríamos confiar en que guardará Su palabra de que un día nos resucitará para vivir con Él eternamente.
El Cristianismo (me referiré a la religión Católica Apostólica Romana por el término genérico Cristianismo, por ser una religión Cristocéntrica) es una religión fundamentada sobre un milagro, la Encarnación, que, además, se justifica por otro milagro, el más importante de todos, la Resurrección. Todavía en nuestros días muchas conversiones al Cristianismo se dan a causa de los mismos milagros descritos en la Biblia: resurrección de muertos, sanación de enfermos, expulsión de demonios y visiones de Jesús o de ángeles. En esta primera parte solamente discutiré brevemente el primero de ellos: resucitar un muerto.
En primer lugar se necesita una definición para la palabra “muerto”. La imagen más frecuente es la de un esqueleto, o un cuerpo semejante a una momia, pero para el caso que analizamos, todas las resurrecciones de que da cuenta la Sagrada Escritura se refieren a personas que no llevan más de tres días muertas, y el cuerpo se declara muerto por personas sin conocimientos médicos. Existen muchos casos en que el corazón puede detenerse durante un cierto lapso y volver a la normalidad por medio de un choque eléctrico o espontáneamente. Los casos de catalepsia también se presentan con cierta frecuencia, por lo que en tales casos se sepultaba a una persona con posibilidades de volver a la vida; de ahí la práctica del embalsamamiento. Así, si una persona declarada muerta repentinamente “despertase” en una reunión de fieles que oraban por él o ella, aquellos escépticos se volverán creyentes.
En los casos bíblicos tanto Jesús como los apóstoles se llevan el crédito por la resurrección de muertos, los que eran indudablemente, milagros. A la fecha no se ha realizado ningún experimento para determinar si efectivamente la oración puede resucitar a un muerto, como tampoco se tienen estadísticas que comparen el número de muertos que hayan vuelto a la vida sin oraciones, con el número de muertos que hubieren resucitado con oraciones de por medio. Lo importante es que en ninguno de ellos se violan las leyes de la naturaleza y en cualquiera de ellos se cumple la definición ortodoxa de milagro. Todos son casos asombrosos.
La resurrección de Jesucristo es un caso aparte que puede ser explicado para llegar a la misma conclusión: Dios no viola las leyes de la naturaleza para resucitar a Su Hijo. Simplemente acomoda los eventos de manera que ocurran en el momento y en lugar preciso. Más adelante demostraremos esta afirmación.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
“mailto:alara(arroba)up.edu.mx”
A partir de las ideas del filósofo David Hume (1711-1776) plasmadas en su obra “Investigación sobre el entendimiento humano”, es común escuchar, todavía en nuestros días, que un milagro se define como una violación de las leyes de la naturaleza o como una suspensión momentánea de las leyes de la naturaleza. A pesar de ser una forma popular de entender lo que es un milagro, tal definición nada tiene qué ver con, por ejemplo, lo que las palabras bíblicas implican por milagro. Por un lado, el griego thaumasion, cuyo equivalente latino es miraculum, significa “lo que evoca una maravilla o algo asombroso”. La palabra hebrea para milagro es oth, que significa “signo” o “señal”; esto es, un evento que indique otra cosa diferente a sí mismo.
Para santo Tomás de Aquino, un milagro es un evento que está más allá del poder natural de producirlo una criatura, y la definición de milagro de acuerdo con la doctrina Católica, debida al Papa Benedicto XIV (1675-1758) es: “un milagro es un evento cuya producción está más allá del poder de la naturaleza visible y corporal sola”. Además, para que el evento se calificado como milagro, Benedicto XIV añade que debe tener significado religioso.
En todas las definiciones anteriores nada se dice sobre la violación de las leyes de la naturaleza; ¿por qué habría de violar Dios las propias leyes que Él dictó? Dios sabe lo que quiere y, por lo tanto, ha creado el universo entero y le ha dado leyes para que evolucione de acuerdo con un plan establecido. Entonces, decir con Hume que un milagro viola las leyes de la naturaleza, es una forma de negar la omnisciencia y la omnipotencia de Dios; y en consecuencia, si no podemos confiar en que en que va a respetar sus propias leyes, tampoco podríamos confiar en que guardará Su palabra de que un día nos resucitará para vivir con Él eternamente.
El Cristianismo (me referiré a la religión Católica Apostólica Romana por el término genérico Cristianismo, por ser una religión Cristocéntrica) es una religión fundamentada sobre un milagro, la Encarnación, que, además, se justifica por otro milagro, el más importante de todos, la Resurrección. Todavía en nuestros días muchas conversiones al Cristianismo se dan a causa de los mismos milagros descritos en la Biblia: resurrección de muertos, sanación de enfermos, expulsión de demonios y visiones de Jesús o de ángeles. En esta primera parte solamente discutiré brevemente el primero de ellos: resucitar un muerto.
En primer lugar se necesita una definición para la palabra “muerto”. La imagen más frecuente es la de un esqueleto, o un cuerpo semejante a una momia, pero para el caso que analizamos, todas las resurrecciones de que da cuenta la Sagrada Escritura se refieren a personas que no llevan más de tres días muertas, y el cuerpo se declara muerto por personas sin conocimientos médicos. Existen muchos casos en que el corazón puede detenerse durante un cierto lapso y volver a la normalidad por medio de un choque eléctrico o espontáneamente. Los casos de catalepsia también se presentan con cierta frecuencia, por lo que en tales casos se sepultaba a una persona con posibilidades de volver a la vida; de ahí la práctica del embalsamamiento. Así, si una persona declarada muerta repentinamente “despertase” en una reunión de fieles que oraban por él o ella, aquellos escépticos se volverán creyentes.
En los casos bíblicos tanto Jesús como los apóstoles se llevan el crédito por la resurrección de muertos, los que eran indudablemente, milagros. A la fecha no se ha realizado ningún experimento para determinar si efectivamente la oración puede resucitar a un muerto, como tampoco se tienen estadísticas que comparen el número de muertos que hayan vuelto a la vida sin oraciones, con el número de muertos que hubieren resucitado con oraciones de por medio. Lo importante es que en ninguno de ellos se violan las leyes de la naturaleza y en cualquiera de ellos se cumple la definición ortodoxa de milagro. Todos son casos asombrosos.
La resurrección de Jesucristo es un caso aparte que puede ser explicado para llegar a la misma conclusión: Dios no viola las leyes de la naturaleza para resucitar a Su Hijo. Simplemente acomoda los eventos de manera que ocurran en el momento y en lugar preciso. Más adelante demostraremos esta afirmación.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
“mailto:alara(arroba)up.edu.mx”