Suplementos
¿Somos dichosos?
Un misterio de salvación, un acontecimiento que lleva en sí, como en germen, la salvación de toda la humanidad
Sin duda, por ser el culmen de la obra redentora de Jesucristo, su Resurrección es el acontecimiento supremo de la historia del cristianismo y del mundo entero.
La resurrección de Jesucristo es totalmente distinta de la resurrección de Lázaro o de la del hijo de la viuda de Naín: éstos resucitaron para volver a morir, pero Cristo resucita para nunca más morir (Nvo. Cat. Ig. Católica 646). «Cristo resucitado de entre los muertos, ya no vuelve a morir» (Rom. 6, 9).
La Resurrección de Cristo no fue una reviviscencia para volver a morir, como le pasó a Lázaro; tampoco fue una reencarnación, propia del budismo y del hinduismo; menos aún fue el mero recuerdo de Jesús en el ánimo de sus discípulos. De hecho, fue el encuentro con Jesús resucitado lo que provocó la fe de los discípulos en la Resurrección, y no viceversa. La Resurrección no fue la consecuencia, sino la causa de la fe de los discípulos. Jesucristo fue restituido con su humanidad a la vida gloriosa, plena e inmortal de Dios. Se trata de la transformación gloriosa del cuerpo.
Como lo leíamos en este mismo espacio el domingo anterior, la Resurrección es un acontecimiento que concierne evidentemente, ante todo, al destino personal, singular, de Jesús. Pero es al mismo tiempo un misterio de salvación, un acontecimiento que lleva en sí, como en germen, la salvación de toda la humanidad... El “poder” que Dios desplegó para resucitar a su Hijo, lo pondrá por obra para con los hombres que son con Cristo “un solo cuerpo”.
Jesús mismo explica en aquel pasaje en el que le preguntan los saduceos acerca de la viuda que ha estado casada sucesivamente con siete hermanos y de ninguno tuvo hijos, que cuando llegara la resurrección (lo decían con ironía e incredulidad para demostrar que la fe en la resurrección era absurda), de cuál de los siete maridos sería la mujer.
Explica, decíamos, la naturaleza de esta nueva vida. Los resucitados, trascenderán la existencia matrimonial, y su vida será resplandeciente como la de los ángeles. “En esta vida hombres y mujeres se casan. En la resurrección no se casarán. Porque ya no pueden morir”. Y ¿cómo viven? “Son como ángeles; son hijos de Dios; de su misma naturaleza; porque participan en la resurrección” (Lucas 20,27). Ser hijos de Dios es participar de una nueva naturaleza.
La luz de la resurrección les traspasa y penetra y los posee totalmente, profunda, plena y sobrenaturalmente. Con esta catequesis extraordinaria, Jesús pone la base de la teología de la divinización. La vida humana del alma y del cuerpo no se perderá, sino que será transformada, divinizada, convertida en realidad divina. Los resucitados serán elevados a vivir la misma vida divina. La persona humana –no solo el alma, sino también el cuerpo-- resucitará.
Pues bien, ha concluido, con este segundo domingo de Pascua, la Octava – ocho días en los que se celebra el acontecimiento de la Resurrección, como si fuera el mero día-- en la que la Iglesia ha puesto un especial e insistente énfasis en que, dada la trascendencia del hecho en sí mismo, y de los efectos o beneficios que nos trae a los que creemos en Él y en su Resurrección con todo nuestro corazón, en algo que habría de darse espontáneamente y que es colmarnos de gozo y no solo eso, sino también manifestarlo ante el mundo, para de esa manera poder “dar razón de nuestra esperanza”.
El pasaje evangélico de este domingo, nos debe hacer reflexionar acerca de cuál ha sido y es nuestra actitud ante todo esto, especialmente cuando leemos con referencia a las dudas del apóstol Tomás: “Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.
Hoy se nos da una magnífica oportunidad de cuestionarnos si realmente comprendemos la trascendencia de todo esto, y por ende si en verdad somos dichosos y lo demostramos ante los demás, para que ellos también crean.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx
La resurrección de Jesucristo es totalmente distinta de la resurrección de Lázaro o de la del hijo de la viuda de Naín: éstos resucitaron para volver a morir, pero Cristo resucita para nunca más morir (Nvo. Cat. Ig. Católica 646). «Cristo resucitado de entre los muertos, ya no vuelve a morir» (Rom. 6, 9).
La Resurrección de Cristo no fue una reviviscencia para volver a morir, como le pasó a Lázaro; tampoco fue una reencarnación, propia del budismo y del hinduismo; menos aún fue el mero recuerdo de Jesús en el ánimo de sus discípulos. De hecho, fue el encuentro con Jesús resucitado lo que provocó la fe de los discípulos en la Resurrección, y no viceversa. La Resurrección no fue la consecuencia, sino la causa de la fe de los discípulos. Jesucristo fue restituido con su humanidad a la vida gloriosa, plena e inmortal de Dios. Se trata de la transformación gloriosa del cuerpo.
Como lo leíamos en este mismo espacio el domingo anterior, la Resurrección es un acontecimiento que concierne evidentemente, ante todo, al destino personal, singular, de Jesús. Pero es al mismo tiempo un misterio de salvación, un acontecimiento que lleva en sí, como en germen, la salvación de toda la humanidad... El “poder” que Dios desplegó para resucitar a su Hijo, lo pondrá por obra para con los hombres que son con Cristo “un solo cuerpo”.
Jesús mismo explica en aquel pasaje en el que le preguntan los saduceos acerca de la viuda que ha estado casada sucesivamente con siete hermanos y de ninguno tuvo hijos, que cuando llegara la resurrección (lo decían con ironía e incredulidad para demostrar que la fe en la resurrección era absurda), de cuál de los siete maridos sería la mujer.
Explica, decíamos, la naturaleza de esta nueva vida. Los resucitados, trascenderán la existencia matrimonial, y su vida será resplandeciente como la de los ángeles. “En esta vida hombres y mujeres se casan. En la resurrección no se casarán. Porque ya no pueden morir”. Y ¿cómo viven? “Son como ángeles; son hijos de Dios; de su misma naturaleza; porque participan en la resurrección” (Lucas 20,27). Ser hijos de Dios es participar de una nueva naturaleza.
La luz de la resurrección les traspasa y penetra y los posee totalmente, profunda, plena y sobrenaturalmente. Con esta catequesis extraordinaria, Jesús pone la base de la teología de la divinización. La vida humana del alma y del cuerpo no se perderá, sino que será transformada, divinizada, convertida en realidad divina. Los resucitados serán elevados a vivir la misma vida divina. La persona humana –no solo el alma, sino también el cuerpo-- resucitará.
Pues bien, ha concluido, con este segundo domingo de Pascua, la Octava – ocho días en los que se celebra el acontecimiento de la Resurrección, como si fuera el mero día-- en la que la Iglesia ha puesto un especial e insistente énfasis en que, dada la trascendencia del hecho en sí mismo, y de los efectos o beneficios que nos trae a los que creemos en Él y en su Resurrección con todo nuestro corazón, en algo que habría de darse espontáneamente y que es colmarnos de gozo y no solo eso, sino también manifestarlo ante el mundo, para de esa manera poder “dar razón de nuestra esperanza”.
El pasaje evangélico de este domingo, nos debe hacer reflexionar acerca de cuál ha sido y es nuestra actitud ante todo esto, especialmente cuando leemos con referencia a las dudas del apóstol Tomás: “Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.
Hoy se nos da una magnífica oportunidad de cuestionarnos si realmente comprendemos la trascendencia de todo esto, y por ende si en verdad somos dichosos y lo demostramos ante los demás, para que ellos también crean.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx