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'Si el grano de trigo no muere...'
La expresión de Jesús, tan sencilla, está llena de toda fuerza: “Si el grano de trigo sembrado en la tierra no muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho”
(Domingo 29 de Marzo de 2009)
5o. Domingo de Cuaresma ciclo B)
En este nuestro mundo, es difícil entender las palabras de Jesucristo que el Evangelio de hoy nos recuerda. La expresión de Jesús, tan sencilla, está llena de toda fuerza: “Si el grano de trigo sembrado en la tierra no muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho”. Es decir, para dar fruto, para comunicar vida, amor y esperanza, es preciso no escatimar la lucha, el esfuerzo, el sacrificio; aunque parezca un camino de muerte, es un camino de vida.
El ejemplo nos lo dio Jesús. Para salvarnos no escatimó ningún sacrificio: incomprensiones, insultos, persecuciones, traiciones, dolores de muerte y muerte de cruz. Jesús cargó con el peso de todos nuestros pecados y se entregó a la muerte como grano de trigo, para darnos la vida. No hay Pascua sin cruz. Ese fue el camino de Jesús y ese debe ser nuestro camino.
A fin de reconciliar consigo a todos los hombres destinados a la muerte a causa del pecado, Dios Padre tomó la iniciativa de enviar a su Hijo para que se entregara a la muerte por los pecadores. Anunciada ya en el Antiguo Testamento, como sacrificio, la muerte de Jesús tuvo lugar según las Escrituras.
No es un camino color de rosa, triunfal. Jesucristo es el grano de trigo sembrado en la tierra, es decir, en la realidad de la vida humana. Y en esa realidad están presentes el mal, la injusticia, la falta de amor. Si el grano debía dar fruto, no podía evadir la realidad, debía sufrir por ello. Sólo así podía vencer.
Jesús dijo: “Cuando yo sea levantado en la tierra traeré a todos hacia mí”. Vemos que ser levantado en la cruz es también ser elevado a la resurrección. La gran lucha del Hijo de Dios se convierte en la gran victoria de la humanidad, porque es la lucha con plenitud del amor contra el mal.
Jesucristo no nos sustituye en el lugar de la batalla, ni nos consigue una salvación pasiva, cómoda. Pero Jesucristo hace posible que nosotros podamos seguir su camino porque Él lo vivió plenamente, porque Él, con su gracia, impulsa nuestro cariño, nuestra lucha, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor.
Paradójicamente, ese camino de cruz produce las más hondas satisfacciones que el mundo no puede comprender. Nos hemos sentido llenos de alegría cuando hemos sabido amar, ayudando a los demás, compartiendo nuestra vida y todo cuanto somos y tenemos.
Amiga, amigo: Reconozcamos nuestras culpas, nuestro egoísmo; demos un cambio a nuestra vida y sigamos el camino que Cristo nos ofrece, fortalecidos por el Pan de la Eucaristía. Los que han tomado a Jesús en serio, han hallado en el sufrimiento de cada día, en la lucha dolorosa contra las bajas pasiones, un gozo que nada, ni nadie, ni la muerte puede arrebatarles.
5o. Domingo de Cuaresma ciclo B)
En este nuestro mundo, es difícil entender las palabras de Jesucristo que el Evangelio de hoy nos recuerda. La expresión de Jesús, tan sencilla, está llena de toda fuerza: “Si el grano de trigo sembrado en la tierra no muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho”. Es decir, para dar fruto, para comunicar vida, amor y esperanza, es preciso no escatimar la lucha, el esfuerzo, el sacrificio; aunque parezca un camino de muerte, es un camino de vida.
El ejemplo nos lo dio Jesús. Para salvarnos no escatimó ningún sacrificio: incomprensiones, insultos, persecuciones, traiciones, dolores de muerte y muerte de cruz. Jesús cargó con el peso de todos nuestros pecados y se entregó a la muerte como grano de trigo, para darnos la vida. No hay Pascua sin cruz. Ese fue el camino de Jesús y ese debe ser nuestro camino.
A fin de reconciliar consigo a todos los hombres destinados a la muerte a causa del pecado, Dios Padre tomó la iniciativa de enviar a su Hijo para que se entregara a la muerte por los pecadores. Anunciada ya en el Antiguo Testamento, como sacrificio, la muerte de Jesús tuvo lugar según las Escrituras.
No es un camino color de rosa, triunfal. Jesucristo es el grano de trigo sembrado en la tierra, es decir, en la realidad de la vida humana. Y en esa realidad están presentes el mal, la injusticia, la falta de amor. Si el grano debía dar fruto, no podía evadir la realidad, debía sufrir por ello. Sólo así podía vencer.
Jesús dijo: “Cuando yo sea levantado en la tierra traeré a todos hacia mí”. Vemos que ser levantado en la cruz es también ser elevado a la resurrección. La gran lucha del Hijo de Dios se convierte en la gran victoria de la humanidad, porque es la lucha con plenitud del amor contra el mal.
Jesucristo no nos sustituye en el lugar de la batalla, ni nos consigue una salvación pasiva, cómoda. Pero Jesucristo hace posible que nosotros podamos seguir su camino porque Él lo vivió plenamente, porque Él, con su gracia, impulsa nuestro cariño, nuestra lucha, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor.
Paradójicamente, ese camino de cruz produce las más hondas satisfacciones que el mundo no puede comprender. Nos hemos sentido llenos de alegría cuando hemos sabido amar, ayudando a los demás, compartiendo nuestra vida y todo cuanto somos y tenemos.
Amiga, amigo: Reconozcamos nuestras culpas, nuestro egoísmo; demos un cambio a nuestra vida y sigamos el camino que Cristo nos ofrece, fortalecidos por el Pan de la Eucaristía. Los que han tomado a Jesús en serio, han hallado en el sufrimiento de cada día, en la lucha dolorosa contra las bajas pasiones, un gozo que nada, ni nadie, ni la muerte puede arrebatarles.