Suplementos
Servir a Dios
Nuestra filiación no se trata de una filiación natural sino adoptiva
Es en épocas de crisis, como la que estamos viviendo, cuando más tenemos la oportunidad de demostrar nuestra fidelidad a Dios y a quienes confían en nosotros. Sin embargo, escuchamos frecuentemente historias que suelen protagonizar personas cercanas a nosotros, o al menos conocidas, en las que está de por medio el dinero, la ambición de poseerlo, y tantos dramas y tragedias que se suscitan en torno a él.
Así, frecuentemente nos enteramos de que fulanito de tal, un honrado y educado caballero, reconocido por su moral, que ocupaba un alto puesto en una gran compañía, se fue huyendo porque provocó un desfalco en la misma; o bien que los hijos de la familia equis tuvieron un tremendo pleito, que llegó a la violencia, por causa de la herencia que les dejó el papá y que con chuecuras alguno o alguno de ellos pretendían apoderarse de lo que no les correspondía; o tal vez que sutana, habiendo sido una mujer sencilla, prudente, se “destrampó” y se gastó en cosas superfluas e innecesarias todo lo que el marido con dificultades ganó.
Lo peor de todo es que --es lo más común-- en los tres casos estarían involucradas personas que se ostentaban como cristianos, como católicos, y fueron causantes de serios daños, no solamente a las arcas o al bolsillo de los afectados, sino que se convierten en nefandos anti testimonios que llegan a minar la fe de quienes los rodean, aunque ciertamente sea una fe rudimentaria superficial, infantil sin duda.
Una frase de San Agustín nos da luz para encontrar la razón o las causas de por qué pasa esto; dice así, palabras más, palabras menos: “Si yo me alejara de Dios, sería el peor de los criminales”, lo que quiere decir que si no vivimos estrechamente unidos a Dios, seremos capaces de cometer crímenes que ni podemos imaginar.
¿En qué consiste esta estrecha unidad? En algo sencilla y a la vez sublimemente maravilloso. Jesús lo anuncia de esta manera: “Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará. Entonces vendremos a él para poner nuestra morada en él”. (Jn 14, 23).
San Pablo constata esto, afirmando lo siguiente: “He sido crucificado con Cristo, y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. (Gal 2, 19b-20). Efectivamente, se trata de dejarnos amar por Dios, para permitirle poner su morada en nosotros, vivir en nosotros, y entonces poder amarlo a Él y amar a los demás, commo Jesús nos amó.
Éste es el fundamento de la filiación divina, la cual no es algo metafórico; no es simplemente que Dios nos trata como un Padre y quiera que lo tratemos como hijos, sino que realmente el cristiano es, por la fuerza santificadora del mismo Dios --el cual, como lo afirmamos, está presente en su ser--, “hijo de Dios”. La esencia de esta filiación es la gracia, participación real de la divinidad. Esta realidad es tan profunda, que afecta al mismo ser del hombre, hasta el punto de que por ella el ser humano es constituido en un nuevo ser.
San Juan, en su primera carta, nos dice: “Miren qué amor tan singular nos ha tenido el Padre: que no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos”. Y por su parte, San Pablo, en su carta a los Gálatas, afirma: “Pero, cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, que nació de mujer y fue sometido a la Ley, con el fin de rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que así recibiéramos nuestros derechos como hijos. Ustedes ahora son hijos, y como son hijos, Dios ha mandado a nuestros corazones el Espíritu de su propio Hijo que clama al Padre: ¡’Abbá!’, o sea: ‘¡Papacito!’ (4, 4-6).
Ciertamente, nuestra filiación no se trata de una filiación natural --que sólo corresponde a Dios Hijo--, sino adoptiva. Pero la adopción divina tiene unas características particulares: el cristiano ha recibido de su Padre Dios la vida divina con la gracia, de modo que goza de una participación de la naturaleza de Dios, con una relación real de filiación.
He ahí el gran contraste entre vivir estrechamente unido a Dios y vivir alejado de Él; el que se sabe y vive como hijo de Dios, hará las cosas con y por amor de hijo de Dios, y por tanto, Dios será su centro y sólo a Él servirá, y no al mundo, ni al dinero, ni a nada más; y el amarlo y servirlo a Él, involucra el amor y servicio a los demás.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx
Así, frecuentemente nos enteramos de que fulanito de tal, un honrado y educado caballero, reconocido por su moral, que ocupaba un alto puesto en una gran compañía, se fue huyendo porque provocó un desfalco en la misma; o bien que los hijos de la familia equis tuvieron un tremendo pleito, que llegó a la violencia, por causa de la herencia que les dejó el papá y que con chuecuras alguno o alguno de ellos pretendían apoderarse de lo que no les correspondía; o tal vez que sutana, habiendo sido una mujer sencilla, prudente, se “destrampó” y se gastó en cosas superfluas e innecesarias todo lo que el marido con dificultades ganó.
Lo peor de todo es que --es lo más común-- en los tres casos estarían involucradas personas que se ostentaban como cristianos, como católicos, y fueron causantes de serios daños, no solamente a las arcas o al bolsillo de los afectados, sino que se convierten en nefandos anti testimonios que llegan a minar la fe de quienes los rodean, aunque ciertamente sea una fe rudimentaria superficial, infantil sin duda.
Una frase de San Agustín nos da luz para encontrar la razón o las causas de por qué pasa esto; dice así, palabras más, palabras menos: “Si yo me alejara de Dios, sería el peor de los criminales”, lo que quiere decir que si no vivimos estrechamente unidos a Dios, seremos capaces de cometer crímenes que ni podemos imaginar.
¿En qué consiste esta estrecha unidad? En algo sencilla y a la vez sublimemente maravilloso. Jesús lo anuncia de esta manera: “Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará. Entonces vendremos a él para poner nuestra morada en él”. (Jn 14, 23).
San Pablo constata esto, afirmando lo siguiente: “He sido crucificado con Cristo, y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. (Gal 2, 19b-20). Efectivamente, se trata de dejarnos amar por Dios, para permitirle poner su morada en nosotros, vivir en nosotros, y entonces poder amarlo a Él y amar a los demás, commo Jesús nos amó.
Éste es el fundamento de la filiación divina, la cual no es algo metafórico; no es simplemente que Dios nos trata como un Padre y quiera que lo tratemos como hijos, sino que realmente el cristiano es, por la fuerza santificadora del mismo Dios --el cual, como lo afirmamos, está presente en su ser--, “hijo de Dios”. La esencia de esta filiación es la gracia, participación real de la divinidad. Esta realidad es tan profunda, que afecta al mismo ser del hombre, hasta el punto de que por ella el ser humano es constituido en un nuevo ser.
San Juan, en su primera carta, nos dice: “Miren qué amor tan singular nos ha tenido el Padre: que no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos”. Y por su parte, San Pablo, en su carta a los Gálatas, afirma: “Pero, cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, que nació de mujer y fue sometido a la Ley, con el fin de rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que así recibiéramos nuestros derechos como hijos. Ustedes ahora son hijos, y como son hijos, Dios ha mandado a nuestros corazones el Espíritu de su propio Hijo que clama al Padre: ¡’Abbá!’, o sea: ‘¡Papacito!’ (4, 4-6).
Ciertamente, nuestra filiación no se trata de una filiación natural --que sólo corresponde a Dios Hijo--, sino adoptiva. Pero la adopción divina tiene unas características particulares: el cristiano ha recibido de su Padre Dios la vida divina con la gracia, de modo que goza de una participación de la naturaleza de Dios, con una relación real de filiación.
He ahí el gran contraste entre vivir estrechamente unido a Dios y vivir alejado de Él; el que se sabe y vive como hijo de Dios, hará las cosas con y por amor de hijo de Dios, y por tanto, Dios será su centro y sólo a Él servirá, y no al mundo, ni al dinero, ni a nada más; y el amarlo y servirlo a Él, involucra el amor y servicio a los demás.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx