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Ser testigos de la luz

El tiempo de Adviento y la figura que la Iglesia nos vuelve a presentar y proponer en este tercer domingo de ese tiempo, como es Juan Bautista, nos alienta a realizar algo poco usual en esta columna

     El tiempo de Adviento y la figura que la Iglesia nos vuelve a presentar y proponer en este tercer domingo de ese tiempo, como es Juan Bautista, nos alienta a realizar algo poco usual en esta columna, es decir, un ejercicio de visualización, mediante el uso de una metáfora, esperando que sea de la total conformidad de nuestros respetables lectores, y, desde luego, que cumpla su objetivo de inducir a una reflexión.
     En dicha visualización se trata concretamente de un hombre de este tiempo, de los que hay muchos y los vemos todos los días, y que decide dirigirse a Dios para expresarle lo que siente, lo que piensa, cómo se ve y lo que le pide:
“Padre, hoy más que nunca, necesito tu abrazo, cálido y cariñoso.
Hoy que me siento como un ave en medio de un remolino, que es impulsada de aquí para allá por las fuertes corrientes de viento que soplan en torno suyo, y que por momentos experimenta angustia e incertidumbre, pues no sabe dónde va a terminar deteniéndose, y si lo hará suavemente en una playa tranquila. o estrepitosamente impactándose en un acantilado.
“Tú me creaste para volar a las más elevadas alturas, y al impulso del viento fuerte, poderoso, pero a la vez amable, cadencioso, sutil de tu Espíritu Santo.
Sin embargo, siempre aparecen en mi vuelo las corrientes contrarias, de los vientos suscitados en primer lugar por el Enemigo, acompañados de tempestades y tormentas eléctricas, que quieren lanzarme en caída libre hasta sus garras, y cargarme a ese mundo de tinieblas que tan bien disimula y esconde, ofreciéndonos falsas y efímeras luces en el placer irresponsable, en la acumulación de bienes injustamente, en el disfrute excesivo y egoísta, deleites que nos das para gozarlos compartidamente.
   “En segundo lugar, por sutiles vientos del mundo, que son tan seductores, impregnados de fascinantes aromas, de sugestivos colores, y que acarician con suavidad mi rostro, mis manos, todo mi ser, queriendo seducirme para que yo cambie mis criterios y renuncie a mis convicciones y ser empujado al montón, a la masa anónima, en la que sería un número más.
    “Y en tercer lugar por mi propia naturaleza, vientos que soplan inesperadamente, se arremolinan desde lo profundo de mi ser y emergen súbita, sorpresivamente, y suelen tomarme desprevenido y muchas veces arrastrarme con ellos y ponerme unas zarandeadas muy dolorosas.
     “Por ello hoy quiero abandonarme en Ti; soltarme de toda asidera para dejar que sea el viento del Paráclito el que me rescate y me conduzca hacia Ti, hacia tu presencia, y me deposite suavemente en tu paternal regazo, y ahí posarme para siempre; ahí habitar de por vida, protegido de cualquier inclemencia del entorno.
     “Sí, Padre, porque sólo en Ti encuentro mi seguridad, mi supervivencia, mi felicidad, mi plenitud, por ello quiero instalarme en el nido de tu corazón, y cada día penetrar más y más en tu intimidad, gozando de tu amistad, de tu gracia y de la guía e impulso de ese viento maravilloso de tu Espíritu; y de esa manera salir seguro, sin ningún temor, miedo, duda, recelo, etc., al mundo, y, junto con Juan Bautista, como nos lo recuerda el Evangelio de este domingo, “dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la Luz.”
     Que esta reflexión nos lleve a cuestionarnos seriamente, si creemos realmente que podemos y debemos ser testigos de la Luz, para que un día Jesús, Luz del mundo, brille en todos los corazones. Sí, ese Jesús de quien celebraremos, ya en once días, su venida al mundo, como Dios y Hombre verdadero, para salvarnos de la muerte eterna. Que estos días que restan del Adviento nos preparemos como lo pidió el hombre de nuestra reflexión.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

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