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Ser de veras sabio
La felicidad objetiva es el mismo bien; subjetiva es la presión de ese bien
El deseo de felicidad es un sentimiento presente en el hombre desde que nace; es íntimo, es constante, es universal; está en todos los corazones; está presente en todos los tiempos: lo tienen los niños, los jóvenes, los hombres maduros y hasta los ancianos. En cualquier circunstancia de la vida todos buscan la felicidad, y de distintas maneras se esfuerzan y luchan por alcanzarla.
¿Qué es la felicidad? En pocas palabras, felicidad es la satisfacción o el gozo que se experimenta por la posesión de un bien amado.
La felicidad objetiva es el mismo bien; subjetiva es la presión de ese bien.
San Agustín, buscador de la felicidad, encontró entre los pensadores, entre los filósofos, más de doscientas ochenta sentencias sobre la felicidad natural. Pero se pueden reducir a cinco: deleites, riquezas, poder, honores, fama.
El hombre ha sido hecho para lograrla, y su misma naturaleza, sus facultades, son medios suficientes para llegar a este fin.
Pero descubre el hombre con la sola luz de la razón, lo frágil, pasajero e ineficaz de todos esos medios naturales de felicidad terrena, y busca...
...un bien perfecto que llene
y sacie todo su apetito
El hombre, dotado de inteligencia, descubre que ha sido puesto en la vida, en el tiempo, para algo más alto, para un fin último que, considerado objetivamente, es Dios, el sumo bien, y considerado subjetivamente es la posesión de Dios.
Por su anhelo de felicidad, el hombre ha descubierto que no está hecho sólo para hacer, crecer, reproducirse, gozar, sufrir y morir, sino que él --el hombre-- es inmortal. Sabe que va más allá del tiempo de esos treinta, cuarenta o más años --otras tantas vueltas del planeta Tierra en torno al Sol--, sino que va más allá, a donde no hay pasado, sólo presente, y descubre la existencia de un Ser Creador, ordenador, en continua acción creadora, y va hacia él en su deslizarse en el tiempo.
Así nace y crece en anhelo de vida futura:
“Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero”.
Así cantó Santa Teresa --la grande, la de Ávila--, en un arrebato de amor a Dios, anhelante de llegar a ese encuentro con su Señor.
La felicidad plena
no se encuentra en
algún bien creado
La Palabra de Dios en este domingo décimo octavo ordinario del año, es de impactante actualidad para los hombres del siglo XXI, fuertemente atraídos por un materialismo sofocante.
Falsa es la sentencia del hombre de mundo: “Tanto vales, cuanto tienes”.
San Lucas, en el capítulo duodécimo de su evangelio, narra cómo un hombre le dijo a Jesús: “Maestro, dile a mi hermanno que comparta conmigo la herencia”. Esto dio tema para el Maestro, y así iluminó las mentes de los hombres sobre tres temas: ligereza, pobreza, codicia.
La riqueza es un don de Dios. Es un signo de benevolencia, mas la riqueza es múltiple: riqueza es tener paz interior; es tener talento; es la inspiración de los artistas; son riqueza las facultades para cualquier clase de actividades; riqueza es la salud, la justicia, el amor.
Pobreza es la carencia de algunos de todos esos bienes, pero en el contexto del evangelio aquí el tema es la riqueza en bienes materiales.
Y la codicia o avaricia es el amor desordenado de riquezas materiales, y los teólogos la definen: “Avaricia es es el pecado por el cual, en indebida forma, se desea adquirir y retener riquezas”.
La avaricia es un pecado capital --cabeza de otros pecados--, porque por la avaricia se cometen crímenes, se peca contra el prójimo, se llega al odio, al rencor, a la división de familias; se multiplican los pecados en secuestros, ultrajes y mil diabólicos engaños para obtener mal adquiridas riquezas.
Es la avaricia un gran desorden, una esclavitud. Muchos viven encadenados por ese amor desordenado, y sólo eso ocupa su pensamiento, su palabra y sus acciones todas. Viven para el dinero, es su ídolo falso y en rendirle culto discurre su vida.
Allí no existe la paz; mientras más tienen, más quieren, y viven con gran temor de perder cuanto con grandes sacrificios han acumulado.
El Mestro indica la verdadera dirección:
“La vida humana no está
asegurada por abundancia
de los bienes materiales”
La situación actual del mundo, por desgracia, se caracteriza por el desorden que ocasiona la avaricia. Se vive con tremendo desequilibrio: cerca del poderoso poseedor de todo, está otro carente de todo. Con los de arriba están la soberbia, la autosuficiencia, el desprecio a los demás, la insensibilidad ante las desgracias ajenas. En pocas palabras, no es este el Reino de Cristo, porque no se vive la justicia, no reina el amor.
Y Cristo advierte que las riquezas no son de valor absoluto, sino relativo, y pretende iluminar las mentes para no dejarse esclavizar. El dinero tiene su función: puede dar poder, fama, prestigio, seguridad, bienestar, pero si sólo se sirve al dinero, se cierra la puerta a Dios, se rompe el orden.
La palabra de Cristo no es de desprecio al dinero, no condena las riquezas, sino de vigilancia y sabiduría para una verdadera forma de adquirir y de usar los bienes materiales --eso es cordura--, y no caer en alienación, en verdadera locura. Locura es consagrar toda la vida, todas las energías, la imaginación y los mejores esfuerzos en adquirir y conservar riquezas pasajeras, honores, fama, poder; todo eso llega y pasa.
Ser ricos ante Dios
Esa es la verdadera sabiduría: centrar la vida en Dios; tener objetivos claros del tiempo, de los talentos, de las oportunidades, de los seres del entorno, de las cosas materiales, de las riquezas. Todo puede contribuir al bien, todo puede ser tesoro a los ojos de Dios, si a todo se le da el uso debido.
Ser rico ante Dios es esa sabia administración del caudal de bienes en las manos de cada hombre, en su espacio único e irrepetible, que es la vida.
“Todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos”. (Gaudium et Spes número 12).
Y el hombre tiene un breve espacio temporal para enriquecerse con buenas obras. Trabajar, procurar un bienestar propio y además ayudar a los demás; abrirse a las necesidades de otros, porque nadie se salva solo, pues la salvación está en vivir el amor. Mas como Dios es invisible, las obras buenas, esas enriquecedoras, las inspira el amor a Dios expresado en los prójimos.
Ser ricos ante Dios es vivir todos los días atesorando obras buenas, inspirados en el verdadero amor.
Una santa codicia es vivir el consejo de San Pablo: “Tú, hombre de Dios... apodérate a viva fuerza de la vida eterna” (1a. Timoteo 6, 11).
“El reino de los cielos es como un tesoro encontrado por un hombre en un campo, y lleno de alegría va, vende cuanto tiene y compra aquel campo” (Mateo 13, 14).
Ese es es el afán de cuantos trabajan incansablemente en obras agradables a los ojos de Dios. Al final de sus días encontrarán intacto --y más aún, acrecentado--, todo el tesoro acumulado tesonera y amorosamente.
José R. Ramírez
¿Qué es la felicidad? En pocas palabras, felicidad es la satisfacción o el gozo que se experimenta por la posesión de un bien amado.
La felicidad objetiva es el mismo bien; subjetiva es la presión de ese bien.
San Agustín, buscador de la felicidad, encontró entre los pensadores, entre los filósofos, más de doscientas ochenta sentencias sobre la felicidad natural. Pero se pueden reducir a cinco: deleites, riquezas, poder, honores, fama.
El hombre ha sido hecho para lograrla, y su misma naturaleza, sus facultades, son medios suficientes para llegar a este fin.
Pero descubre el hombre con la sola luz de la razón, lo frágil, pasajero e ineficaz de todos esos medios naturales de felicidad terrena, y busca...
...un bien perfecto que llene
y sacie todo su apetito
El hombre, dotado de inteligencia, descubre que ha sido puesto en la vida, en el tiempo, para algo más alto, para un fin último que, considerado objetivamente, es Dios, el sumo bien, y considerado subjetivamente es la posesión de Dios.
Por su anhelo de felicidad, el hombre ha descubierto que no está hecho sólo para hacer, crecer, reproducirse, gozar, sufrir y morir, sino que él --el hombre-- es inmortal. Sabe que va más allá del tiempo de esos treinta, cuarenta o más años --otras tantas vueltas del planeta Tierra en torno al Sol--, sino que va más allá, a donde no hay pasado, sólo presente, y descubre la existencia de un Ser Creador, ordenador, en continua acción creadora, y va hacia él en su deslizarse en el tiempo.
Así nace y crece en anhelo de vida futura:
“Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero”.
Así cantó Santa Teresa --la grande, la de Ávila--, en un arrebato de amor a Dios, anhelante de llegar a ese encuentro con su Señor.
La felicidad plena
no se encuentra en
algún bien creado
La Palabra de Dios en este domingo décimo octavo ordinario del año, es de impactante actualidad para los hombres del siglo XXI, fuertemente atraídos por un materialismo sofocante.
Falsa es la sentencia del hombre de mundo: “Tanto vales, cuanto tienes”.
San Lucas, en el capítulo duodécimo de su evangelio, narra cómo un hombre le dijo a Jesús: “Maestro, dile a mi hermanno que comparta conmigo la herencia”. Esto dio tema para el Maestro, y así iluminó las mentes de los hombres sobre tres temas: ligereza, pobreza, codicia.
La riqueza es un don de Dios. Es un signo de benevolencia, mas la riqueza es múltiple: riqueza es tener paz interior; es tener talento; es la inspiración de los artistas; son riqueza las facultades para cualquier clase de actividades; riqueza es la salud, la justicia, el amor.
Pobreza es la carencia de algunos de todos esos bienes, pero en el contexto del evangelio aquí el tema es la riqueza en bienes materiales.
Y la codicia o avaricia es el amor desordenado de riquezas materiales, y los teólogos la definen: “Avaricia es es el pecado por el cual, en indebida forma, se desea adquirir y retener riquezas”.
La avaricia es un pecado capital --cabeza de otros pecados--, porque por la avaricia se cometen crímenes, se peca contra el prójimo, se llega al odio, al rencor, a la división de familias; se multiplican los pecados en secuestros, ultrajes y mil diabólicos engaños para obtener mal adquiridas riquezas.
Es la avaricia un gran desorden, una esclavitud. Muchos viven encadenados por ese amor desordenado, y sólo eso ocupa su pensamiento, su palabra y sus acciones todas. Viven para el dinero, es su ídolo falso y en rendirle culto discurre su vida.
Allí no existe la paz; mientras más tienen, más quieren, y viven con gran temor de perder cuanto con grandes sacrificios han acumulado.
El Mestro indica la verdadera dirección:
“La vida humana no está
asegurada por abundancia
de los bienes materiales”
La situación actual del mundo, por desgracia, se caracteriza por el desorden que ocasiona la avaricia. Se vive con tremendo desequilibrio: cerca del poderoso poseedor de todo, está otro carente de todo. Con los de arriba están la soberbia, la autosuficiencia, el desprecio a los demás, la insensibilidad ante las desgracias ajenas. En pocas palabras, no es este el Reino de Cristo, porque no se vive la justicia, no reina el amor.
Y Cristo advierte que las riquezas no son de valor absoluto, sino relativo, y pretende iluminar las mentes para no dejarse esclavizar. El dinero tiene su función: puede dar poder, fama, prestigio, seguridad, bienestar, pero si sólo se sirve al dinero, se cierra la puerta a Dios, se rompe el orden.
La palabra de Cristo no es de desprecio al dinero, no condena las riquezas, sino de vigilancia y sabiduría para una verdadera forma de adquirir y de usar los bienes materiales --eso es cordura--, y no caer en alienación, en verdadera locura. Locura es consagrar toda la vida, todas las energías, la imaginación y los mejores esfuerzos en adquirir y conservar riquezas pasajeras, honores, fama, poder; todo eso llega y pasa.
Ser ricos ante Dios
Esa es la verdadera sabiduría: centrar la vida en Dios; tener objetivos claros del tiempo, de los talentos, de las oportunidades, de los seres del entorno, de las cosas materiales, de las riquezas. Todo puede contribuir al bien, todo puede ser tesoro a los ojos de Dios, si a todo se le da el uso debido.
Ser rico ante Dios es esa sabia administración del caudal de bienes en las manos de cada hombre, en su espacio único e irrepetible, que es la vida.
“Todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos”. (Gaudium et Spes número 12).
Y el hombre tiene un breve espacio temporal para enriquecerse con buenas obras. Trabajar, procurar un bienestar propio y además ayudar a los demás; abrirse a las necesidades de otros, porque nadie se salva solo, pues la salvación está en vivir el amor. Mas como Dios es invisible, las obras buenas, esas enriquecedoras, las inspira el amor a Dios expresado en los prójimos.
Ser ricos ante Dios es vivir todos los días atesorando obras buenas, inspirados en el verdadero amor.
Una santa codicia es vivir el consejo de San Pablo: “Tú, hombre de Dios... apodérate a viva fuerza de la vida eterna” (1a. Timoteo 6, 11).
“El reino de los cielos es como un tesoro encontrado por un hombre en un campo, y lleno de alegría va, vende cuanto tiene y compra aquel campo” (Mateo 13, 14).
Ese es es el afán de cuantos trabajan incansablemente en obras agradables a los ojos de Dios. Al final de sus días encontrarán intacto --y más aún, acrecentado--, todo el tesoro acumulado tesonera y amorosamente.
José R. Ramírez