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Sentado a la diestra de Dios
Es muy interesante cuando nos damos cuenta de que lo uno y lo otro están muy relacionados: Jesús está sentado a la derecha del Padre, y sus seguidores escuchan atentos aquello de hacer muchas señales milagrosas en su nombre aquí en la tierra
Cuando Jesús finalmente ascendió al cielo después de haber resucitado, nos dice el evangelio que se sentó a la derecha de Dios. Antes de llegar a ese lugar, dio instrucciones a sus discípulos, tales como predicar el evangelio a todo el mundo, mencionando que los que creyeran podrían hacer señales maravillosas, como echar fuera demonios, hablar nuevas lenguas, sanar a los enfermos y ser protegidos de serpientes y venenos.
Es muy interesante cuando nos damos cuenta de que lo uno y lo otro están muy relacionados: Jesús está sentado a la derecha del Padre, y sus seguidores escuchan atentos aquello de hacer muchas señales milagrosas en su nombre aquí en la tierra.
Lo primero: Jesús está en el trono, a la diestra de Dios. Esto significa que se le dio a Jesús el lugar de honor en todo lo que existe y existirá, que cuenta con todo el favor de Dios, y que se le dio un nombre sobre todos, para que ante su nombre toda rodilla se doble y toda lengua le confiese como Señor.
Desde el momento en el que Jesús se sentó en su trono al lado del Padre, le fue entregada toda autoridad en el cielo y en la tierra, de manera que Él puede gobernar al universo entero con el poder de su palabra.
Nadie puede resistir al poder de la autoridad de Jesús, y aunque el día de hoy todavía hay quienes le odian, o lo niegan, es cuestión de tiempo para que las cosas lleguen a su consumación final, y entonces todos sus enemigos serán puestos debajo de sus pies, y Él juzgará al mundo con rectitud. El nombre de Jesús es el nombre de la máxima autoridad de lo creado.
Lo segundo: sus seguidores actúan en el nombre de Jesús. Sin duda debió sorprender a los discípulos cuando escucharon de parte de su Maestro, la promesa de que sucederían cosas extraordinarias una vez que ellos comenzaran a predicar, tales como sanar enfermos o echar fuera demonios. Esto era algo que ellos no habían podido hacer cuando seguían a su Maestro mientras este enseñaba a lo largo de Israel, pero sin duda había llegado el tiempo de que todo esto sucediera.
Jesús mencionó dos condiciones para que esto sucediera: ellos deberían de creer, y deberían hacer los milagros en el nombre de Jesús. Esto significa que nunca su autoridad vendría por el hecho de que fueran seguidores de Jesús, o de que cumplieran fielmente los mandamientos, sino de que estaban operando bajo la autoridad de quien gobierna el universo.
Una forma de entender esto, es cuando hemos escuchado a un policía decir a alguien “alto en el nombre de la ley”. Ningún policía diría “alto en el nombre de Juan Pérez”, o “alto porque soy muy fuerte o muy inteligente”; lo que dice el policía es “alto porque hay una autoridad mayor (la ley) que me permite detenerte”. La ley es mayor que los ciudadanos, y en base a la ley es que todos se deben someter; cuando alguien no se somete a la ley, o a quien la representa, se expone a las consecuencias y castigos que esto conlleva.
Entonces un creyente puede decirle a la enfermedad o al demonio “sal de aquí en el nombre de Jesús”, es decir, “sal por orden de quien gobierna el universo sentado en el trono junto a Dios, yo te lo digo como alguien a quien se le ha delegado esta autoridad”. Como podemos ver, estas cosas no pueden ser producidas por la fuerza o el conocimiento humanos, sino por la fe en Jesús, y en la autoridad que le fue dada por el Padre.
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com
Es muy interesante cuando nos damos cuenta de que lo uno y lo otro están muy relacionados: Jesús está sentado a la derecha del Padre, y sus seguidores escuchan atentos aquello de hacer muchas señales milagrosas en su nombre aquí en la tierra.
Lo primero: Jesús está en el trono, a la diestra de Dios. Esto significa que se le dio a Jesús el lugar de honor en todo lo que existe y existirá, que cuenta con todo el favor de Dios, y que se le dio un nombre sobre todos, para que ante su nombre toda rodilla se doble y toda lengua le confiese como Señor.
Desde el momento en el que Jesús se sentó en su trono al lado del Padre, le fue entregada toda autoridad en el cielo y en la tierra, de manera que Él puede gobernar al universo entero con el poder de su palabra.
Nadie puede resistir al poder de la autoridad de Jesús, y aunque el día de hoy todavía hay quienes le odian, o lo niegan, es cuestión de tiempo para que las cosas lleguen a su consumación final, y entonces todos sus enemigos serán puestos debajo de sus pies, y Él juzgará al mundo con rectitud. El nombre de Jesús es el nombre de la máxima autoridad de lo creado.
Lo segundo: sus seguidores actúan en el nombre de Jesús. Sin duda debió sorprender a los discípulos cuando escucharon de parte de su Maestro, la promesa de que sucederían cosas extraordinarias una vez que ellos comenzaran a predicar, tales como sanar enfermos o echar fuera demonios. Esto era algo que ellos no habían podido hacer cuando seguían a su Maestro mientras este enseñaba a lo largo de Israel, pero sin duda había llegado el tiempo de que todo esto sucediera.
Jesús mencionó dos condiciones para que esto sucediera: ellos deberían de creer, y deberían hacer los milagros en el nombre de Jesús. Esto significa que nunca su autoridad vendría por el hecho de que fueran seguidores de Jesús, o de que cumplieran fielmente los mandamientos, sino de que estaban operando bajo la autoridad de quien gobierna el universo.
Una forma de entender esto, es cuando hemos escuchado a un policía decir a alguien “alto en el nombre de la ley”. Ningún policía diría “alto en el nombre de Juan Pérez”, o “alto porque soy muy fuerte o muy inteligente”; lo que dice el policía es “alto porque hay una autoridad mayor (la ley) que me permite detenerte”. La ley es mayor que los ciudadanos, y en base a la ley es que todos se deben someter; cuando alguien no se somete a la ley, o a quien la representa, se expone a las consecuencias y castigos que esto conlleva.
Entonces un creyente puede decirle a la enfermedad o al demonio “sal de aquí en el nombre de Jesús”, es decir, “sal por orden de quien gobierna el universo sentado en el trono junto a Dios, yo te lo digo como alguien a quien se le ha delegado esta autoridad”. Como podemos ver, estas cosas no pueden ser producidas por la fuerza o el conocimiento humanos, sino por la fe en Jesús, y en la autoridad que le fue dada por el Padre.
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com