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Se solicitan cuidacoches

Todas las ciudades generan empleos según su vocación. En la Zona Metropolitana de Guadalajara lo que sobra son vehículos y una parte de la economía informal gira en torno a ellos

GUADALAJARA, JALISCO (08/JUL/2012).- Por razones obvias, Guadalajara es más una ciudad de cuidacoches que de jardineros.

Si en la metrópoli hubiera millones de árboles se necesitarían centenares de trabajadores de la poda. Pero no. Lo que hay son miles de automóviles. Dos coches y medio por persona, incluyendo a las criaturas de brazos, según los estudios de movilidad de los último tiempos. Y hay comerciantes de la motorización: cuidacoches, chicleros, limpia parabrisas. Hay una economía informal de crucero. Hay vendedores de aguas de coco, papas de marca, títeres de fieltro, mangas contra el Sol; cerezas o guasanas, según la zona.

Llegan de barrios donde todo falta. Pelean el territorio con fiereza. Se instalan en los camellones, como en un picnic. Llevan a sus hijos a la escuela del asfalto. Tienen la creatividad a flor de piel. Los que no son artistas o limpiacristales, siempre tienen El Producto. Si es época de lluvias, ofrecen limpiaparabrisas; durante el invierno caminan con una caja de cartón llena de bufandas; en verano, mallas de sombra; en primavera, agua de coco; en otoño, juguetes infantiles.

La mercadotecnia es lo de ellos. La Navidad de 2009 impusieron en la Zona Metropolitana de Guadalajara la moda kitsch de cuernos de reno y las narices rojas entre centenares de vehículos.

Pero, con todo, no se ganan el respeto de sus clientes, que no nomás no los agradecen, sino los desprecian.

Si Guadalajara tuviera los 142 millones de árboles que necesita para hacer inocuo el humo de los vehículos de motor, habría jardineros o enanos de Blancanieves o frescura durante el verano. Lo que hay es cuidacoches. No se sabe cuántos. El Inegi no los cuenta en sus censos económicos y en los informes de Gobierno jamás los mencionaron.

Sin embargo están aquí. Dibujan cajones de estacionamiento en el Centro de Tlaquepaque; aligeran el tráfico en los alrededores del mercado Bola, en Zapopan; inventan espacios inauditos los domingos de tianguis en Santa Tere; evitan colisiones masivas durante los tianguis de Tonalá.

Los usuarios de sus servicios y productos los odian y las autoridades no saben qué hacer  —en mayo de 2010, el entonces alcalde de Guadalajara, Aristóteles Sandoval, propuso, sin éxito, un padrón para regularización a 600 apartalugares—. Pero, con todo y todo, los profesionales del exceso de coches mexicanos la pasan mejor que en otros países, dice el señor Google.  

A principios del año, los diarios argentinos reportaron una avalancha de críticas contra la concejal de Buenos Aires, Karina Rodríguez, quien propuso legalizar a los franeleros sudamericanos. “Parece que algunas puteadas y otros escupitajos, más la presión de las redes sociales le hizo recapacitar”, se lee en la página de Facebook “No a la legalización de cuidacoches”.

En abril de 2012, la televisión uruguaya habló del atropello de un apartalugares por un conductor colérico, que antes se negó a pagar la lavada de su vehículo: “Está bien (que hayan atropellado al hombre). No se puede ni estacionar el auto que estos chorros se te vienen encima”, fue uno de los cometarios del público.

Y lejos se considerar su legalización, en mayo de 2012, el ministro del Interior de Paraguay, Carlos Filizzola, llamaba a los ciudadanos a denunciar a los franeleros: “No permitiremos chantaje ni extorsión ni daño a personas o sus vehículos por parte de las personas que cuidan automotores”, dijo y prometió mano dura. Los enfrentamientos llegaron al punto en que los miembros de la Asociación de Cuidadores de Vehículos de Asunción amenazaron con cortar calles y matarse de hambre si continuaba el acoso.

Para suerte de los apartalugares y desgracia de los agricultores de Paraguay, la mano dura del ministro no cayó contra los pobres de la ciudad, sino contra los pobres del campo. El 15 de junio pasado, Carlos Filizzola fue destituido, tras un enfrentamiento entre campesinos y policías, que dejó 16 muertos.

—¿Por qué la gente odia a los cuidacoches? —cuestiono, en Guadalajara, a Raúl Chávez, el “Míster” que, tras 26 años en el oficio de la franela, se ha vuelto mítico en los alrededores del Consulado Americano y a veces ni así lo respetan.

—Yo me lo pregunto. Me pregunto ¿por qué no odian a los valet parking, que son más gandallas y no cuidan los coches? ¿Nomás porque son más guapos?

El “Míster” está contrariado, se nota, porque el Café de Lulio acaba de contratar una empresa de valet parking, que le hace la competencia. Con un tono heroico, cuenta de la vez que le pusieron una pistola en la cabeza, por defender un coche ajeno —él nunca ha tenido uno, confiesa—, y lamenta que nada de eso se le agradezca, como tampoco se le agradece cuidar el espacio público antes que llegue gente gandalla.

—Entonces sí hay cuidacoches gandallas…

—Y abogados y médicos, ¿a poco no?

—La gente dice que los cuidacoches roban autopartes.

—La gente dice. Los que roban autopartes andan en carro o en moto, se ponen en doble fila y hacen el delito en lo que uno va a avisarle al dueño.

El “Míster” defiende su trabajo. No paga impuestos, pero tampoco puede faltar si se enferma. “A veces me duelen la muelas y digo: Dios. ‘Wa hapen contigo’. Y Dios me ayuda, ira, se me quita el dolor”.

Si se le pregunta al “Míster” por qué no eligió otro oficio, responde, sin estar enterado de los estudios de origen y destino o movilidad, que si hay algo que sobra en la ciudad son los coches, y bendito sea Dios, porque generan miles de empleos, como el suyo, que le da para mantener a cinco hijos.

Tiene razón. Una investigación del Colectivo Ecologista de Jalisco contó, hace unos meses 600 mil árboles, contra 712 mil 886 coches, sólo en el municipio de Guadalajara. Así las cuentas, lo que sobra en esta ciudad es jardineros y lo que falta es cuidacoches.

Calles libres

El artículo 93

La Ley del Gobierno y la Administración Pública Municipal del Estado de Jalisco, en su artículo 93, obliga a los ayuntamientos a recuperar los espacios públicos ocupados por actividades ajenas a sus fines, dice también: “Los ayuntamientos deben asegurar y garantizar que los bienes de uso común a que se refiere la presente ley (las calles, entre ellos) sean usados libre y gratuitamente por todos los habitantes de sus municipios”.

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