Suplementos
'Se presentó Jesús en medio de ellos'
Hizo el Señor un segundo regalo a su pequeño rebaño, a los once. Esta vez en domingo, a los todavía llenos de miedo, que se mantenían a puerta cerrada
Hizo el Señor un segundo regalo a su pequeño rebaño, a los once. Esta vez en domingo, a los todavía llenos de miedo, que se mantenían a puerta cerrada. Cristo resucitado llegó hacia ellos para reafirmar sus voluntades, darles ánimo, hacerles reconocer que de veras era Él y para que fueran después “por todo el mundo” pregonando que Cristo resucitó y vive.
El acontecimiento era y es de tan gran importancia y trascendencia, que había que disipar toda sombra de duda. Así lo vieron ellos y lo escucharon, y hasta con sus manos lo tocaron, para ir después a dar testimonio del prodigio del que habían sido los testigos privilegiados.
“La paz esté con ustedes”
El mismo saludo estaba cargado de afecto, y un deseo de que en esas almas, atormentadas los días anteriores, ya entraran quietas las olas y se apaciguaran las angustias.
Con esos once Jesús tenía planeado poner en marcha el Reino. ¿Tú eres rey?, preguntó Poncio Pilato, y Cristo le respondió: “Tú lo has dicho, yo soy Rey, pero mi reino no es de este mundo”. El Reino lo iniciaba con esos hombres, sin los elementos en que se asientan los reinos de la tierra. Estos hombres no tenían dinero, no eran cultos ni letrados; eran hombres sencillos, sacados de entre el pueblo para entregarlos al servicio del pueblo.
El sacerdocio ministerial
En este año del sacerdocio ministerial, la Iglesia ora por sus sacerdotes, también “sacados de entre los hombres para el servicio de los hombres”, como
se lee en la Carta a los Hebreos. Y los sacerdotes de ahora son hombres que tienen que ofrecer sacrificios expiatorios por los pecados del pueblo y por sus propios pecados. Los obispos y los presbíteros colaboradores con los obispos son los sucesores de los apóstoles, y su misión es predicar con la palabra y el testimonio de su vida que Cristo resucitó y vive, y ser dispensadores --es decir, quienes administran-- de la Palabra --la Buena Nueva-- y los sacramentos.
Y viene la pregunta: ¿todos serán perfectos? No. Ha habido, como entre los niños de la escuela, los calificados con diez, los de nueve, los de ocho, los de siete... y hasta los dignos de castigo. ¿Por qué en nuestros días surge ese afán de sólo poner atención en el árbol caído, si en el bosque muchos árboles que se mantienen de pie son alegría y vida?
“Como el Padre me ha
enviado, así los envío yo”
Aquellos once fueron los primeros en tomar cada uno su ruta, su camino. Tenían la obediencia alegre de llevar a los demás la noticia de que en Cristo encontrarían Camino, Verdad y Vida.
Esa historia empezó y sigue. Cuando el obispo de una diócesis impone las manos sobre las cabezas de un grupo de jóvenes y los unge sacerdotes, los envía luego y van en santa obediencia al lugar, al pueblo, al barrio a donde son destinados. Y entre las virtudes que ha de cultivar y vivir el sacerdote está la obediencia, y ésta no siempre es fácil. Cuentan que un sacerdote anciano la pasaba mjuy contento en Arandas, y cuando le llegaba “el sobrecito” con la orden de ir a otra parroquia contestaba: “Sí, señor Arzobispo, nomás que se acaben de criar mis palomitas”. Y siempre las tenía criando.
En este año sacerdotal, la actitud del auténtico cristiano ha de ser de comprensión y respeto para con los sacerdotes, y de oración para que sean siempre fieles y modelo para el pueblo cristiano.
Se dice que tienen vocación quienes han recibido el llamado al sacerdocio ministerial; se les considera privilegiados, afortunados porque como a los doce primeros, Cristo les ha dicho: “Ustedes ya no son siervos, son amigos”.
El sacerdote, por lo mismo, ha de esforzarse cada día en ser fiel a ese privilegio, a la distinción de ser el amigo de Cristo. La vida interior es el compromiso de amistad; la exterior es la que se puede historiar: joven ya maduro, lugares donde ejercerá su apostolado, salud, enfermedades, días alegres, días de tormentas, comprensión, incomprensión o tribulaciones, todo entra en una vida sacerdotal.
En 2004 un sacerdote subió las gradas del altar, para dar gracias por sesenta años de ofrecer día a día el sacrificio eucarístico por los pecados del pueblo y por los suyos propios. El 26 de mayo de 1934 subió por vez primera esas gradas.
“Los envío como mi Padre me envió”. Después de decir esto Jesús sopló sobre ellos y expresó: “Reciban al Espíritu Santo.
“A los que les perdonen los pecados,
les quedarán perdonados”
¿Quién, sino Dios, puede perdonar los pecados? Así, escandalizados, pensaron los fariseos y los escribas cuando Cristo le dijo al paralítico que le presentaron en una camilla, que sus pecados le eran perdonados. Cristo es Dios y con su poder le perdonó los pecados y le curó de su parálisis.
El poder es de Dios; el poder es de Cristo; mas Él ha querido, porque es rico en misericordia, delegar ese poder primero a sus enviados --los apóstoles-- y después a los discípulos de los apóstoles. A todos, esa ininterrumpida cadena de sacerdotes que han perdonado los pecados, perdonan y perdonarán no en nombre propio, sino en el nombre de Cristo. El sacerdote es el transmisor, es el instrumento, el que da lo que no es suyo, el mismo que tiene que acudir a otro sacerdote para que lo absueva.
En una celebración penitencial para una comunidad de religiosos en la que participaban más de cien de distintas edades, el sacerdote que dirigía la clebración le preguntó a la que llevaba ya noventa y siete vueltas alrededor del sol: --“Hermana, ¿usted es pecadora?”. --”Sí, padre”. --”¿Ha sido perdonada?”. -- “Sí, padre, muchas veces?”. --”¿Como cuántas?”. --“Desde mi primera confesión hasta hoy, cientos de veces”.
Para eso dejó el Señor este poder en los sacerdotes, para dejar cercano el perdón. El cristiano ha de vivir en continua acción de gracias por el regalo del sacramento de la reconciliación, aunque tenga que pasar por el bochorno de ser el penitente, el reo y el acusador a la vez, a la alegría de ser perdonado, de recobrar la gracia, la amistad con Dios.
La narración del evangelista San Juan en sus últimas líneas del capítulo 20, tiene al final el encuentro de Cristo con el apóstol Tomás, ese de la falsa postura para la fe, como los hay también ahora en el siglo actual: “Luego le dijo a Tomás:
‘Aquí están mis manos, acerca tu dedo.
Trae acá tu mano y métela en mi costado
y no sigas dudando, sino cree’”
Muchos siguen dudando porque son, como Tomás, tercos, rezongones, desesperados, testarudos, duros si no se guían por los sentidos. Son los existencialistas, los materialistas, los positivistas. Su mundo es reducido porque lo limitan los sentidos, como si sólo sentidos tuviera el ser humano.
Si sólo se limitara el hombre a lo que alcanzan los sentidos, entonces ¿para qué el pensamiento?, ¿para qué la voluntad, esa por la que el hombre es libre?, ¿para qué ese anhelo de trascendencia, de no ser sólo para nacer, crecer, reproducirse y morir?
Cristo desarmó a Tomás y lo dejó creyente: reconoció en Jesús, por los sentidos, a quien el cristiano reconoce por la fe.
Y su grito fue”¡Señor mío y Dios mío!”
En una comunidad pequeña, un rancho de cincuenta casas, y en la misa dominical, el sacerdote elevó con sus manos la hostia consagrada y todos los fieles, chicos y grandes, a una voz dijeron las mismas palabras del apóstol Tomás: “Señor mío y Dios mío”. Ellos eran, ellos son, más dichosos “porque sin ver han creído”.
La fe es esa manera de interpretar la realidad de la vida y las grandezas del cristianismo. El justo vive de la fe.
La fe es la nueva aceptación de cuanto le acontece al cristiano. La fe es victoria sobre el mundo. Creer sin ver es dicha, es alegría.
Pbro. José R. Ramírez
El acontecimiento era y es de tan gran importancia y trascendencia, que había que disipar toda sombra de duda. Así lo vieron ellos y lo escucharon, y hasta con sus manos lo tocaron, para ir después a dar testimonio del prodigio del que habían sido los testigos privilegiados.
“La paz esté con ustedes”
El mismo saludo estaba cargado de afecto, y un deseo de que en esas almas, atormentadas los días anteriores, ya entraran quietas las olas y se apaciguaran las angustias.
Con esos once Jesús tenía planeado poner en marcha el Reino. ¿Tú eres rey?, preguntó Poncio Pilato, y Cristo le respondió: “Tú lo has dicho, yo soy Rey, pero mi reino no es de este mundo”. El Reino lo iniciaba con esos hombres, sin los elementos en que se asientan los reinos de la tierra. Estos hombres no tenían dinero, no eran cultos ni letrados; eran hombres sencillos, sacados de entre el pueblo para entregarlos al servicio del pueblo.
El sacerdocio ministerial
En este año del sacerdocio ministerial, la Iglesia ora por sus sacerdotes, también “sacados de entre los hombres para el servicio de los hombres”, como
se lee en la Carta a los Hebreos. Y los sacerdotes de ahora son hombres que tienen que ofrecer sacrificios expiatorios por los pecados del pueblo y por sus propios pecados. Los obispos y los presbíteros colaboradores con los obispos son los sucesores de los apóstoles, y su misión es predicar con la palabra y el testimonio de su vida que Cristo resucitó y vive, y ser dispensadores --es decir, quienes administran-- de la Palabra --la Buena Nueva-- y los sacramentos.
Y viene la pregunta: ¿todos serán perfectos? No. Ha habido, como entre los niños de la escuela, los calificados con diez, los de nueve, los de ocho, los de siete... y hasta los dignos de castigo. ¿Por qué en nuestros días surge ese afán de sólo poner atención en el árbol caído, si en el bosque muchos árboles que se mantienen de pie son alegría y vida?
“Como el Padre me ha
enviado, así los envío yo”
Aquellos once fueron los primeros en tomar cada uno su ruta, su camino. Tenían la obediencia alegre de llevar a los demás la noticia de que en Cristo encontrarían Camino, Verdad y Vida.
Esa historia empezó y sigue. Cuando el obispo de una diócesis impone las manos sobre las cabezas de un grupo de jóvenes y los unge sacerdotes, los envía luego y van en santa obediencia al lugar, al pueblo, al barrio a donde son destinados. Y entre las virtudes que ha de cultivar y vivir el sacerdote está la obediencia, y ésta no siempre es fácil. Cuentan que un sacerdote anciano la pasaba mjuy contento en Arandas, y cuando le llegaba “el sobrecito” con la orden de ir a otra parroquia contestaba: “Sí, señor Arzobispo, nomás que se acaben de criar mis palomitas”. Y siempre las tenía criando.
En este año sacerdotal, la actitud del auténtico cristiano ha de ser de comprensión y respeto para con los sacerdotes, y de oración para que sean siempre fieles y modelo para el pueblo cristiano.
Se dice que tienen vocación quienes han recibido el llamado al sacerdocio ministerial; se les considera privilegiados, afortunados porque como a los doce primeros, Cristo les ha dicho: “Ustedes ya no son siervos, son amigos”.
El sacerdote, por lo mismo, ha de esforzarse cada día en ser fiel a ese privilegio, a la distinción de ser el amigo de Cristo. La vida interior es el compromiso de amistad; la exterior es la que se puede historiar: joven ya maduro, lugares donde ejercerá su apostolado, salud, enfermedades, días alegres, días de tormentas, comprensión, incomprensión o tribulaciones, todo entra en una vida sacerdotal.
En 2004 un sacerdote subió las gradas del altar, para dar gracias por sesenta años de ofrecer día a día el sacrificio eucarístico por los pecados del pueblo y por los suyos propios. El 26 de mayo de 1934 subió por vez primera esas gradas.
“Los envío como mi Padre me envió”. Después de decir esto Jesús sopló sobre ellos y expresó: “Reciban al Espíritu Santo.
“A los que les perdonen los pecados,
les quedarán perdonados”
¿Quién, sino Dios, puede perdonar los pecados? Así, escandalizados, pensaron los fariseos y los escribas cuando Cristo le dijo al paralítico que le presentaron en una camilla, que sus pecados le eran perdonados. Cristo es Dios y con su poder le perdonó los pecados y le curó de su parálisis.
El poder es de Dios; el poder es de Cristo; mas Él ha querido, porque es rico en misericordia, delegar ese poder primero a sus enviados --los apóstoles-- y después a los discípulos de los apóstoles. A todos, esa ininterrumpida cadena de sacerdotes que han perdonado los pecados, perdonan y perdonarán no en nombre propio, sino en el nombre de Cristo. El sacerdote es el transmisor, es el instrumento, el que da lo que no es suyo, el mismo que tiene que acudir a otro sacerdote para que lo absueva.
En una celebración penitencial para una comunidad de religiosos en la que participaban más de cien de distintas edades, el sacerdote que dirigía la clebración le preguntó a la que llevaba ya noventa y siete vueltas alrededor del sol: --“Hermana, ¿usted es pecadora?”. --”Sí, padre”. --”¿Ha sido perdonada?”. -- “Sí, padre, muchas veces?”. --”¿Como cuántas?”. --“Desde mi primera confesión hasta hoy, cientos de veces”.
Para eso dejó el Señor este poder en los sacerdotes, para dejar cercano el perdón. El cristiano ha de vivir en continua acción de gracias por el regalo del sacramento de la reconciliación, aunque tenga que pasar por el bochorno de ser el penitente, el reo y el acusador a la vez, a la alegría de ser perdonado, de recobrar la gracia, la amistad con Dios.
La narración del evangelista San Juan en sus últimas líneas del capítulo 20, tiene al final el encuentro de Cristo con el apóstol Tomás, ese de la falsa postura para la fe, como los hay también ahora en el siglo actual: “Luego le dijo a Tomás:
‘Aquí están mis manos, acerca tu dedo.
Trae acá tu mano y métela en mi costado
y no sigas dudando, sino cree’”
Muchos siguen dudando porque son, como Tomás, tercos, rezongones, desesperados, testarudos, duros si no se guían por los sentidos. Son los existencialistas, los materialistas, los positivistas. Su mundo es reducido porque lo limitan los sentidos, como si sólo sentidos tuviera el ser humano.
Si sólo se limitara el hombre a lo que alcanzan los sentidos, entonces ¿para qué el pensamiento?, ¿para qué la voluntad, esa por la que el hombre es libre?, ¿para qué ese anhelo de trascendencia, de no ser sólo para nacer, crecer, reproducirse y morir?
Cristo desarmó a Tomás y lo dejó creyente: reconoció en Jesús, por los sentidos, a quien el cristiano reconoce por la fe.
Y su grito fue”¡Señor mío y Dios mío!”
En una comunidad pequeña, un rancho de cincuenta casas, y en la misa dominical, el sacerdote elevó con sus manos la hostia consagrada y todos los fieles, chicos y grandes, a una voz dijeron las mismas palabras del apóstol Tomás: “Señor mío y Dios mío”. Ellos eran, ellos son, más dichosos “porque sin ver han creído”.
La fe es esa manera de interpretar la realidad de la vida y las grandezas del cristianismo. El justo vive de la fe.
La fe es la nueva aceptación de cuanto le acontece al cristiano. La fe es victoria sobre el mundo. Creer sin ver es dicha, es alegría.
Pbro. José R. Ramírez