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Sano y aceptado

Un leproso no era tocado por nadie, ni siquiera por la gente que lo amaba...

    Una de las quejas que se escuchan de vez en cuando, respecto a las personas que prestan servicios relacionados con la salud, es que se han ido “deshumanizando”, perdiendo la sensibilidad al tratar con semejantes que se encuentran en una necesidad relacionada con su estado de salud. Es frecuente escuchar que algunos médicos o enfermeras, o el personal que atiende trámites médicos, han perdido la capacidad de respetar al paciente y tratarle con la dignidad que es necesaria.
    Esto no es nuevo, ya que de antaño las personas han tenido que lidiar con dos problemas: su enfermedad y el rechazo que su enfermedad pudiera producir. Hoy en día hay mucho temor respecto a enfermedades contagiosas, y esto hace que el enfermo sea rechazado por aquellos que le rodean, o que tienen que convivir con él.
          Eso sucedía también en los tiempos de Jesús, especialmente con aquellos que padecían de lepra. Lo primero que los demás pensaban de un enfermo, era que se trataba de un pecador; lo segundo que consideraban, era que tal enfermo era una persona inmunda y que, por lo tanto, no tenía derecho a vivir en medio de los demás.
    Un leproso no era tocado por nadie, ni siquiera por la gente que lo amaba; cuando milagrosamente el enfermo parecía haber sanado, se presentaba ante el sacerdote, quien sin tocarlo, hacía un diagnóstico acerca de su enfermedad, y si quedaba limpio, entonces podía volver con los suyos y continuar con una vida normal.
    Cuando leemos el pasaje del evangelista Marcos en que relata en el capítulo 1 la sanidad de un leproso, varias cosas nos llaman la atención respecto a este milagro. Lo primero es que el leproso se haya atrevido a acercarse a Jesús para pedirle ayuda; esto no era común, ya que los leprosos vivían relegados, incluso muchos llevaban una campana para hacerla sonar, previniendo a la gente para que no se les acercara, de manera que este leproso debió haber escuchado acerca de la compasión de Jesús, por lo que se animó a pedirle ayuda.
    Lo segundo que llama la atención, es que el leproso no mostró incredulidad acerca del poder de Jesús para sanarle. Sus palabras fueron “Si quieres, puedes limpiarme”. Él no dijo “Quizá puedas limpiarme”, sino que mostró verdadera fe. Este tipo de fe es el que obtiene respuesta de parte de Dios.
         Luego viene lo más maravilloso del milagro: Jesús, sintiendo compasión por el leproso, extendió la mano y lo tocó; el Maestro fácilmente podría haber dicho la palabra y el leproso hubiera sanado, pero el Señor nos estaba dejando no solo una lección de poder, sino también una lección de amor y aceptación.
    Fue tan importante el poder de Jesús para sanar al leproso, como la muestra de su amor incondicional. Con este sencillo, pero poderoso acto de misericordia, Jesús estaba mostrando al enfermo la profundidad de su amor. Mucha gente conoció el poder sanador de Jesús, pero lamentablemente no conocieron su amor salvador, y hoy están pagando eternamente su equivocación.
    En estos tiempos, todavía podemos conocer del poder sanador de Jesús, pero es muy importante que busquemos la manifestación de su amor; éste no podemos conocerlo, a menos que establezcamos una relación personal con Él, a través de nuestra fe.

Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com

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