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Sano, pero desobediente
El evangelio nos cuenta la historia de un leproso que no obedeció las instrucciones de Jesús, a pesar de recibir un milagro de sanidad por cuenta del Maestro
¿Alguna vez ha sabido de alguien que le ha prometido algo a Dios, pero que después no le ha cumplido? Es muy posible que todos conozcamos a alguien así (por no decir que bien podríamos ser nosotros mismos), porque con facilidad podemos ofrecer cosas que en el fondo no estamos decididos a hacer, o que de plano no podemos lograr sin la ayuda de otros. Frases como “te juro que es la última vez que lo hago”, o “vas a ver que ahora que me lo proponga, lo voy a lograr”, se han escuchado muchas veces, quizá demasiadas, provenientes de almas penitentes, bien intencionadas, pero poco cumplidoras.
El evangelio nos cuenta la historia de un leproso que no obedeció las instrucciones de Jesús, a pesar de recibir un milagro de sanidad por cuenta del Maestro. Un día un hombre leproso se acercó a Jesús para pedirle ayuda, diciendo: “Si quieres, puedes limpiarme”; esto conmovió a Jesús, quien extendió su mano y tocando al leproso le dijo: “Quiero, sé limpio”. Lo que sucedió a continuación fue un milagro extraordinario, porque el hombre quedó sano de su lepra inmediatamente. Esto significa que todos sus módulos y llagas desaparecieron, para dar paso en ese instannte a una piel sana y sin rastros de enfermedad alguna.
El milagro fue tan evidente, que Jesús le dio instrucciones al hombre para que se presentara inmediatamente ante el sacerdote, quien, después de examinarlo cuidadosamente, podría declararlo limpio de su enfermedad, de acuerdo a las instrucciones que la Ley daba al respecto.
Otra instrucción que Jesús dio a ese hombre, fue que no dijera a otros lo que le había sucedido. Sin embargo, este hombre desobedeció, de tal manera que en cuanto salió, se dedicó a divulgarlo por todas partes. Parece obvio que si alguien recibe un milagro de tal magnitud, lo menos que puede hacer es contar a otros acerca del poder de Dios para sanar, y de la misericordia que Jesús mostraba por los necesitados; pero al hacerlo de esta manera, estaba contraviniendo las instrucciones específicas de Jesús. Ahora, ¿por qué Jesús trató de evitar que este hombre hablara bien de Él y de lo que había hecho? ¿No sería bueno para su proyecto de salvar a los hombres, que su fama se difundiera rápidamente?
Para ver las cosas en perspectiva, hagámonos una pregunta: ¿Cuál fue el resultado de lo anterior? Que como consecuencia del testimonio del que había estado enfermo, y ante la evidencia de su sanidad, cientos de personas se volcaron en masa para buscar a Jesús, de manera que ya no podía ir a ciudad alguna, sino que tenía que quedarse en lugares desiertos, para que la gente no acudiera a Él. Esto no era lo que Jesús quería. Él quería estar cerca de la gente, ser accesible a ellos. Al principio, el Maestro podía moverse libremente en las aldeas y ciudades, al grado de que un hombre leproso pudo acercarse a Él lo suficiente como para arrodillarse ante Él y pedirle que lo limpiara.
Cuando las grandes multitudes rodearon a Jesús, ya no fue posible que los leprosos se acercaran a Él. Muchos inválidos, o débiles, ya no pudieron acercarse a Jesús, porque el Maestro se encontraba lejos, en un lugar desierto, como consecuencia de la fama que ahora tenía y de los miles que con frecuencia le rodeaban dondequiera que fuera.
¿Cuál es la enseñanza de este pasaje? No nos enfoquemos en la desobediencia del leproso que fue sanado, sino en la demostración evidente del deseo del Señor Jesús, de estar cerca de los necesitados, de los que sufren, de los enfermos y de los que nadie más se atrevería a tocar.¡Gracias, Señor, por amarnos a pesar de nuestra condición y nuestra necesidad!
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com
El evangelio nos cuenta la historia de un leproso que no obedeció las instrucciones de Jesús, a pesar de recibir un milagro de sanidad por cuenta del Maestro. Un día un hombre leproso se acercó a Jesús para pedirle ayuda, diciendo: “Si quieres, puedes limpiarme”; esto conmovió a Jesús, quien extendió su mano y tocando al leproso le dijo: “Quiero, sé limpio”. Lo que sucedió a continuación fue un milagro extraordinario, porque el hombre quedó sano de su lepra inmediatamente. Esto significa que todos sus módulos y llagas desaparecieron, para dar paso en ese instannte a una piel sana y sin rastros de enfermedad alguna.
El milagro fue tan evidente, que Jesús le dio instrucciones al hombre para que se presentara inmediatamente ante el sacerdote, quien, después de examinarlo cuidadosamente, podría declararlo limpio de su enfermedad, de acuerdo a las instrucciones que la Ley daba al respecto.
Otra instrucción que Jesús dio a ese hombre, fue que no dijera a otros lo que le había sucedido. Sin embargo, este hombre desobedeció, de tal manera que en cuanto salió, se dedicó a divulgarlo por todas partes. Parece obvio que si alguien recibe un milagro de tal magnitud, lo menos que puede hacer es contar a otros acerca del poder de Dios para sanar, y de la misericordia que Jesús mostraba por los necesitados; pero al hacerlo de esta manera, estaba contraviniendo las instrucciones específicas de Jesús. Ahora, ¿por qué Jesús trató de evitar que este hombre hablara bien de Él y de lo que había hecho? ¿No sería bueno para su proyecto de salvar a los hombres, que su fama se difundiera rápidamente?
Para ver las cosas en perspectiva, hagámonos una pregunta: ¿Cuál fue el resultado de lo anterior? Que como consecuencia del testimonio del que había estado enfermo, y ante la evidencia de su sanidad, cientos de personas se volcaron en masa para buscar a Jesús, de manera que ya no podía ir a ciudad alguna, sino que tenía que quedarse en lugares desiertos, para que la gente no acudiera a Él. Esto no era lo que Jesús quería. Él quería estar cerca de la gente, ser accesible a ellos. Al principio, el Maestro podía moverse libremente en las aldeas y ciudades, al grado de que un hombre leproso pudo acercarse a Él lo suficiente como para arrodillarse ante Él y pedirle que lo limpiara.
Cuando las grandes multitudes rodearon a Jesús, ya no fue posible que los leprosos se acercaran a Él. Muchos inválidos, o débiles, ya no pudieron acercarse a Jesús, porque el Maestro se encontraba lejos, en un lugar desierto, como consecuencia de la fama que ahora tenía y de los miles que con frecuencia le rodeaban dondequiera que fuera.
¿Cuál es la enseñanza de este pasaje? No nos enfoquemos en la desobediencia del leproso que fue sanado, sino en la demostración evidente del deseo del Señor Jesús, de estar cerca de los necesitados, de los que sufren, de los enfermos y de los que nadie más se atrevería a tocar.¡Gracias, Señor, por amarnos a pesar de nuestra condición y nuestra necesidad!
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com