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San Francisco de Asís

Desde tal punto de vista, la humanidad se emancipaba de la superstición bravía y avanzaba hacia la civilización

Primera parte: su mundo

     En los siglos doce y trece el mundo despertaba de aquel largo letargo que algunos racionalistas denominan la “Edad Oscura”. Desde tal punto de vista, la humanidad se emancipaba de la superstición bravía y avanzaba hacia la civilización. El problema de suponer que la mal llamada “Edad Oscura” no fue más que tinieblas, y que el renacimiento en el siglo trece fue la llegada de la luz de la ilustración, es que no permite entender cabalmente la vida humana de San Francisco de Asís.
     El fin de esa era no representó el término de la esclavitud de la superstición, sino de algo perteneciente a un orden de ideas perfectamente definido, aunque totalmente diferente. Fue el fin de la filosofía heredada de las grandes culturas paganas, la griega y la romana, que partían de una idea simple: mientras el hombre avance por el camino de la razón y la naturaleza, no podría esperarse ningún daño. Sin embargo, al pueblo que vio nacer a Eurípides, Aristóteles y Homero podría haberle parecido sencillo mantenerse sano en ese camino; pero la experiencia nos muestra, aún en nuestros días, que el hombre que adora la salud, difícilmente puede mantenerse saludable.   
     Humanamente hablando, este descubrimiento indujo la conversión al cristianismo. Lo que acontecía es que la persona humana se estaba llenando de peligrosas pasiones en rápida descomposición, pasiones naturales que se convertían en pasiones contra natura. Así, por ejemplo, como también ocurre en nuestra época, al tratar la sexualidad como si fuera cosa simplemente natural, equiparable al comer o dormir, el resto de las cosas se saturaron de sexo. Como dice Chesterton, “tan pronto como el sexo deja de ser siervo, se convierte en tirano”. No se confunda esto con puritanismo, pues lo que quería decir es que el mundo era lo bastante bueno como para darse cuenta de que estaba a punto de caer hacia la perversidad, o que se encontraba ya en el camino de la perversión. El cristianismo entró en el mundo para sanarlo de la única manera posible.
     La importancia histórica de san Francisco y la transición del siglo doce al trece, se halla en el hecho de haber señalado el fin de esa era. La Europa de entonces vivía bajo el dominio de pequeños gobiernos locales, feudales, monacales y ligeramente imperiales, porque Roma gobernaba todavía al amparo de su gran leyenda. Pero en Italia sobrevivía la república, representada por pequeños estados de ideales democráticos, aunque las ciudades se mantenían al abrigo de murallas y todos los ciudadanos debían ser soldados. Una de estas ciudades, localizada en un lugar escarpado en la zona de la Umbría era Asís.
     No caeremos en la tentación de exagerar afirmando que la transición se dio por la inspiración de un solo hombre, aunque se trate del genio más original del siglo trece. Ya en los inicios de los siglos once y doce las instituciones monásticas apuntaban hacia una  moralidad más amplia: los monjes enseñaban al pueblo a labrar y sembrar, tanto como a leer y escribir. Se puede decir que fueron prácticos con los demás y severos consigo mismos. Pero a la vuelta de la segunda mitad del siglo doce, todo ese movimiento se aquietaba y deterioraba.
     Al final del siglo doce, por la influencia decidida de la Iglesia, la esclavitud comenzaba a desaparecer, quizás más por penitencia purificadora de los resabios del paganismo, que por convicción noble y desinteresada. Por su parte, el papa Gregorio VII inició una reforma en contra de las corruptelas de sus monjes e impuso el celibato, y por parte de los grandes líderes políticos de la cristiandad, con un espíritu de heroicidad y penitencia, comenzaron las cruzadas. El principio de la penitencia, presente en todos los movimientos medievales, los relaciona dentro del despertar del letargo influenciado por el paganismo.
      Retorna el amor, ya no platónico sino caballeresco, y el fuego y el agua son dignos de considerarse ahora como hermanos. Las flores y las estrellas recobran su pureza primigenia. La purificación del paganismo cierra su ciclo. Se anuncia una nueva era en la que el cristianismo sería llevado a las más altas cumbres del misticismo y la contemplación. El Pobrecillo de Asís, Espejo de Cristo, arrojaba su luz sobre las ya débiles sombras del Oscurantismo, con los brazos abiertos en cruz y su cuerpo señalado por las llagas de N.S. Jesucristo.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
“mailto:alara(arroba)up.edu.mx”

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