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Salvados en comunidad

Jesús hacía ver a sus discípulos la importancia y trascendencia de su participación en la obra de salvación

“Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.” (Mt 5, 14-16).

Con estas palabras, Jesús hacía ver a sus discípulos la importancia y trascendencia de su participación en la obra de salvación que Él inició, y que ellos, y los demás discípulos, a través de la historia, continuarían. Vivir en las tinieblas significa vivir en el desamor, es decir, en el odio, la envidia, la mentira, la injusticia, la avaricia, la violencia, etc. Para ser luz del mundo y poder iluminarlo, se requiere vivir en el auténtico amor, el que viene de Dios, del Dios que precisamente es Amor. Esto no será posible mientras los bautizados no comprendamos esto, y lo hagamos vida.

La realidad es que predominan las personas individualistas; aquellas que no quieren ni les interesa estar en comunión con los demás creyentes, y viven su “fe” de una manera egoísta, centrada en ellas y en sus intereses; es una fe vertical, es decir, privilegian su relación con Dios, y minimizan y hasta desprecian la horizontal, su relación con los demás, particularmente con aquellos que profesan la misma fe que ellos dicen profesar, contradiciendo así  lo que afirma la Palabra de Dios: “Quien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, al que sí ve, es un mentiroso”  (1Jn 4, 20).

Otros más han caído en el subjetivismo, es decir todo lo pasan a través del filtro de su propia manera de pensar, de su personal escala de valores, de su “sabiduría”; interpretan, ya sea la Sagrada Escritura, el Magisterio de la Iglesia, o incluso los mismos acontecimientos, a la “luz” de su propia perspectiva y conveniencia, y todo lo que no esté de acuerdo a sus criterios, es anacrónico, intranscendente, no tiene valor, lo que les hace aislarse de la comunión eclesial.

Un tercer grupo, quizá los menos, que han tenido la oportunidad de estudiar, de reflexionar, pero de una manera fría, desencarnada de la realidad, ya sea las ciencias teológicas o filosóficas, suelen intelectualizar todo, pasándolo por el tamiz, no sólo de sus propia visión de las cosas, sino de la de aquellos de los que aprendieron, ya sea profesores o autores de libros. Esta actitud impide que participen de la dinámica de la comunión.

Es verdad evangélica que Jesús no vino a salvar al individuo solo, aislado, sino a la persona que vive en comunión con los demás, que está inserta en la gran comunidad que es la Iglesia que Él fundó, y a la que encargó, precisamente, la continuación de su obra salvadora, a partir de una labor de congregar a todos sus hijos en la común unión que opera el Espíritu Santo.

Nuestro Dios, que como se nos ha revelado y así lo creemos, es trino y uno, es decir, ‘tres personas distintas y un solo Dios verdadero’; la Santísima Trinidad a la que hoy celebramos, es el modelo por excelencia del ser y de la vida en comunidad.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx

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