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Religión y cerebro: Neuroteología

El comportamiento humano responde a esquemas neuronales

     Es un hecho comprobado que el comportamiento humano responde a esquemas neuronales; es decir, de acuerdo con como se organiza anatómicamente el cerebro, es la manera en que se actúa. Es también sabido que la organización o morfología cerebral se modifica constantemente como respuesta a estímulos internos y externos. Por ejemplo, así es como se adquieren hábitos –y también vicios–, se aprende a bailar, a andar en bicicleta, etc. El cerebro se modifica de tal manera que, de manera automática, envía las señales correspondientes a los órganos encargados del movimiento, del equilibrio, etc.

      Por consiguiente, así como todas las conductas humanas, el comportamiento religioso también tiene sus estructuras neuronales propias. Se ha comprobado científicamente que, cuando el ser humano piensa en lo filosófico, en lo metafísico, en lo religioso y se encuentra con las emociones que lo conectan místicamente con la divinidad, en su cerebro se activan ciertas áreas y estructuras que existen como herencia de especie biológica.  

     Tales estructuras y funciones han sido construidas poco a poco a lo largo de toda la cadena evolutiva desde el hombre primitivo y, en el hombre actual, pueden estar activadas o inhibidas, pero existen como parte de la anatomía del cerebro y pueden dispararse en cualquier momento activadas por circunstancias de la vida.

     Investigadores de la prestigiosa Universidad Johns Hopkins han descrito áreas cerebrales relacionadas con la espiritualidad y la religiosidad. Por ejemplo, el lóbulo temporal (partes laterales inferiores del cerebro, cerca de las orejas) se asocia con experiencias místicas como visiones o escucha de voces y cantos y puede ser el asiento de la espiritualidad humana. A estos resultados llegaron por medio de estudios con un grupo de 36 voluntarios sanos con educación, y la mayoría de edad mediana, sin historias de psicosis o desórdenes bipolares.

    A una parte de ellos se les administró una sustancia química capaz de estimular las áreas bajo estudio, y a otros un placebo. Dos meses después un tercio de los participantes aseguró que había sido la única experiencia espiritual significativa de sus vidas y dos tercios la situaron entre las cinco experiencias espirituales más significativas. Asimismo, el 79% afirmó que su bienestar o satisfacción vital se había incrementado de moderada a enormemente, así como que su humor, actitudes y comportamientos habían cambiado para mejorar; entrevistas con familiares, amigos y compañeros de trabajo confirmaron sus afirmaciones. Todos fueron resultados comparados con aquellos que recibieron el placebo.

     Por otra parte, el Dr. Dean Hamer del National Cancer Institute de Bethseda ha encontrado que la espiritualidad responde a un mecanismo biológico a través de una proteína llamada VMAT2, la cual está involucrada en complejos procesos de transmisión de impulsos nerviosos en el cerebro, especialmente en las áreas relacionadas con las emociones.

     Asimismo, el investigador afirma que, en el ADN humano existe un gen asociado con la autotrascendencia y la espiritualidad. La cuestión importante a considerar es si las estructuras neurales mencionadas, tanto como la disposición genética, muestran que Dios existe. Evidentemente no, pero lo que sí puede afirmarse es que responden a una realidad humana de trascendencia como una consecuencia de la realidad de la existencia de Dios.   

     Así, lo que los descubrimientos neurológicos y genéticos muestran, por un lado, es que la religiosidad ha sido y sigue siendo un factor vital que es inevitablemente parte esencial de la vida de todas las personas. Por tanto, este factor surgirá en algún momento de la vida de cada individuo, por lo que éste se verá obligado a tomar una decisión personal: rechazar o aceptar. Por otro lado, muestran que la religiosidad y la capacidad mística, al ser innatas en el ser humano, pueden modificarse para cultivarse o para inhibirse.

     Éste es probablemente el hecho más significativo, ya que quiere decir que, como cualquier habilidad, puede enseñarse y desarrollarse hasta el grado deseado. Cultivar la religiosidad permitirá al individuo ser una mejor persona, más apta para enfrentar las vicisitudes la vida, para encontrar la paz y la felicidad en esta vida, y para transitar a la vida eterna de forma serena, pues nadie sabe el día ni la hora en que veremos cara a cara a nuestro Creador (Cfr. Mt 24, 36; 25, 13). Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

   

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx

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