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Ratzinger, un perfil intelectual
Benedicto XVI, el papa alemán, es un teólogo y filósofo de grandes vuelos, que ha mantenido discusiones con Jürgen Habermas y profundos desencuentros con pensadores católicos como Hans Küng
GUADALAJARA, JALISCO (25/MAR/2012).- No es el Papa de las multitudes y del discurso emotivo. No es el Papa de los suspiros ni el pastor que arrastra con narrativas impregnadas de pasión. Tampoco es el Papa que transforma territorios a su andar o que tiende manos y rompe barreras con otras religiones. En definitiva, Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, es un hombre frio, intelectual y dogmático; prefiere la fortaleza de las convicciones y la firmeza de los idearios, que los aplausos diplomáticos o las recepciones magnánimas. Rígido en sus planteamientos, no concede ni un milímetro de libertad moral: la religión debe ser un faro fincado con solidez en un mundo de tierras fangosas y pisos movedizos.
Indagar la vida y trayectoria de Ratzinger es una búsqueda intelectual constante. No es exagerado señalar que Ratzinger se convirtió en el brazo derecho de Juan Pablo II durante su papado. Ratzinger constituyó una guía intelectual para el polaco, compartían valores que iban más allá de lo religioso estrictamente. Por un lado, la aversión que ambos sentían por el comunismo; al grado que Ratzinger incluso ha señalado que el marxismo ni siquiera puede ser catalogado como doctrina filosófica, al carecer, en palabras del ex cardenal de Múnich, “de una concepción humana”. Para Ratzinger, y para Juan Pablo II, el comunismo significó la degradación más aguda de lo humano, un conjunto de ideas que extraviaban los pisos mínimos de moralidad en la convivencia social. La mera idea de reducir al hombre a un producto de relaciones económicas, es inaceptable para Ratzinger.
Su alejamiento de los determinismos del marxismo, no provocó que Ratzinger abrazara el tan popular relativismo. Para el actual Sumo Pontífice, ni siquiera la democracia puede sustentarse en relativismos amorfos, las ideas que impriman sentido a la vida de los hombres, son fundamentales. En una entrevista concedida a Jaime Antúnez para el libro Crónica de las ideas, Ratzinger no duda en vincular sus creencias profundas con el sistema político: “La obediencia a Dios y a los hombres, deben ir acompañadas”. El Estado laico, como concepto que asegura la imparcialidad del Estado ante los diferentes credos, tampoco encuentra cabida sencilla en los complejos mundos intelectuales del teólogo. No es difícil recordar que hace algunos años cuando visitó Francia, la nación ícono del pensamiento moderno-secular, buscó en sus discursos acuñar la idea del “laicismo positivo”, una respuesta del Vaticano a una Europa que vertiginosamente se separa de la religión. Los valores religiosos, para Ratzinger, trascienden épocas históricas, se colocan por encima de lo efímero de las construcciones humanas; mientras las instituciones humanas se desvanecen, los principios religiosos son atemporales.
La modernidad tampoco embona en los preceptos de Joseph Ratzinger. La pérdida de sentido, el debilitamiento de las identidades y el alejamiento moderno del “camino de Dios”, son elementos que han marcado la trayectoria intelectual del ahora Papa. Para Ratzinger, la ley y la democracia, la política y el Gobierno, se encuentran insertos en la lógica del derecho natural; es decir, emanan del simple hecho de nacer humanos, sin que exista vínculo alguno con el contrato social original que tanto defienden los pensadores liberales. Así, marxismo, liberalismo, relativismo, Estado laico y modernidad, son conceptos que degradan la dignidad humana, abriendo paso a la idea de un hombre avocado al consumo y a lo efímero, sin posibilidad de trascendencia.
Incluido junto con su viejo amigo Hans Küng, con quien incluso se ha enfrentado intelectual y clericalmente, en la lista de los cien pensadores de más influencia en el mundo de la revista Foreing Policy cuando aún no era Papa, Ratzinger ha hecho valer su pensamiento en la entraña vaticana durante muchos años.
Al propio Küng le fue anulada su autoridad para enseñar teología católica, por sus pronunciamientos críticos. Decisión en la que influyó Ratzinger desde la curia alemana de esos años. El suizo sigue impartiendo clases de Teología ecuménica en la Universidad de Tubinga, donde compartió el magisterio con Joseph Ratzinger, pero que poco a poco los dos teólogos tendieron a polos opuestos.
Así, es innegable que Ratzinger es uno de los intelectuales con más peso en el continente europeo. Sus alegatos con el gran estudioso de la comunicación y la modernidad, Jürgen Habermas, demuestran la solidez de sus planteamientos; su clara idea del papel del ser humano y la necesidad de la religión como un oxígeno en tiempos aciagos, en donde los caminos de la ciencia y la filosofía parecerían, en voz del ahora Benedicto XVI, “generar más dudas que certezas”. De esta manera, también es indebatible que Ratzinger fue el intelectual orgánico de Juan Pablo II. Una dupla perfecta: mientras el Pontífice se dedicaba a las grandes plazas, a la seducción de la palestra pública y a los discursos cargados de emoción y devoción; Ratzinger se movía en la sombra, en los resbaladizos terrenos de la palabra escrita. Digamos que Ratzinger es “la materia gris” del Vaticano, su larga trayectoria como prefecto en la poderosa Congregación para la Doctrina de la Fe, revelan su profunda orientación hacia los estudios morales y teológicos.
La visita de Ratzinger a México también revela la lejanía con la que ha tratado a la América hispana desde el inicio de su papado. América Latina, que constituye una de las tierras más fértiles y con más apoyo al credo católico, parecía no ser una prioridad para el Papa, que ya supera los ochenta años de edad. Líderes de opinión y especialistas en religión señalan continuamente la vocación eurocéntrica de Benedicto XVI, quien parecía más proclive a encender las polémicas sobre temas controversiales en Europa, que a adoptar la rutina de traslados de su antecesor.
En definitiva, la figura de Joseph Ratzinger no incita los desequilibrios emocionales y sentimentales, que provocaba Juan Pablo II cuando ponía un pie en tierras latinoamericanas. Tampoco encuentra ese cobijo popular que recibía a Juan Pablo II: las grandes caravanas y la expectativa que superaba cualquier cálculo racional. Por el contrario, Ratzinger se distingue por su sapiencia; su capacidad para imprimirle fuerza teórica y moral a sus principios; un luchador obstinado en contra de la flexibilidad moral.
Así, en estos tres días de visita, veremos si Ratzinger se acerca al pueblo mexicanos con sus dos armas más poderosas: la palabra y el argumento.
LA CARA DE LA TEOLOGÍA
Benedicto XVI
Joseph Ratzinger, nombrado Papa el 19 de abril de 2005, es un autor prolífico. Sus libros son muy leídos en el circuito de la enseñanza y la práctica de la teología católica; fue asesor y relator en el Concilio Vaticano II lo mismo que Hans Küng, su amigo y luego opositor.
Indagar la vida y trayectoria de Ratzinger es una búsqueda intelectual constante. No es exagerado señalar que Ratzinger se convirtió en el brazo derecho de Juan Pablo II durante su papado. Ratzinger constituyó una guía intelectual para el polaco, compartían valores que iban más allá de lo religioso estrictamente. Por un lado, la aversión que ambos sentían por el comunismo; al grado que Ratzinger incluso ha señalado que el marxismo ni siquiera puede ser catalogado como doctrina filosófica, al carecer, en palabras del ex cardenal de Múnich, “de una concepción humana”. Para Ratzinger, y para Juan Pablo II, el comunismo significó la degradación más aguda de lo humano, un conjunto de ideas que extraviaban los pisos mínimos de moralidad en la convivencia social. La mera idea de reducir al hombre a un producto de relaciones económicas, es inaceptable para Ratzinger.
Su alejamiento de los determinismos del marxismo, no provocó que Ratzinger abrazara el tan popular relativismo. Para el actual Sumo Pontífice, ni siquiera la democracia puede sustentarse en relativismos amorfos, las ideas que impriman sentido a la vida de los hombres, son fundamentales. En una entrevista concedida a Jaime Antúnez para el libro Crónica de las ideas, Ratzinger no duda en vincular sus creencias profundas con el sistema político: “La obediencia a Dios y a los hombres, deben ir acompañadas”. El Estado laico, como concepto que asegura la imparcialidad del Estado ante los diferentes credos, tampoco encuentra cabida sencilla en los complejos mundos intelectuales del teólogo. No es difícil recordar que hace algunos años cuando visitó Francia, la nación ícono del pensamiento moderno-secular, buscó en sus discursos acuñar la idea del “laicismo positivo”, una respuesta del Vaticano a una Europa que vertiginosamente se separa de la religión. Los valores religiosos, para Ratzinger, trascienden épocas históricas, se colocan por encima de lo efímero de las construcciones humanas; mientras las instituciones humanas se desvanecen, los principios religiosos son atemporales.
La modernidad tampoco embona en los preceptos de Joseph Ratzinger. La pérdida de sentido, el debilitamiento de las identidades y el alejamiento moderno del “camino de Dios”, son elementos que han marcado la trayectoria intelectual del ahora Papa. Para Ratzinger, la ley y la democracia, la política y el Gobierno, se encuentran insertos en la lógica del derecho natural; es decir, emanan del simple hecho de nacer humanos, sin que exista vínculo alguno con el contrato social original que tanto defienden los pensadores liberales. Así, marxismo, liberalismo, relativismo, Estado laico y modernidad, son conceptos que degradan la dignidad humana, abriendo paso a la idea de un hombre avocado al consumo y a lo efímero, sin posibilidad de trascendencia.
Incluido junto con su viejo amigo Hans Küng, con quien incluso se ha enfrentado intelectual y clericalmente, en la lista de los cien pensadores de más influencia en el mundo de la revista Foreing Policy cuando aún no era Papa, Ratzinger ha hecho valer su pensamiento en la entraña vaticana durante muchos años.
Al propio Küng le fue anulada su autoridad para enseñar teología católica, por sus pronunciamientos críticos. Decisión en la que influyó Ratzinger desde la curia alemana de esos años. El suizo sigue impartiendo clases de Teología ecuménica en la Universidad de Tubinga, donde compartió el magisterio con Joseph Ratzinger, pero que poco a poco los dos teólogos tendieron a polos opuestos.
Así, es innegable que Ratzinger es uno de los intelectuales con más peso en el continente europeo. Sus alegatos con el gran estudioso de la comunicación y la modernidad, Jürgen Habermas, demuestran la solidez de sus planteamientos; su clara idea del papel del ser humano y la necesidad de la religión como un oxígeno en tiempos aciagos, en donde los caminos de la ciencia y la filosofía parecerían, en voz del ahora Benedicto XVI, “generar más dudas que certezas”. De esta manera, también es indebatible que Ratzinger fue el intelectual orgánico de Juan Pablo II. Una dupla perfecta: mientras el Pontífice se dedicaba a las grandes plazas, a la seducción de la palestra pública y a los discursos cargados de emoción y devoción; Ratzinger se movía en la sombra, en los resbaladizos terrenos de la palabra escrita. Digamos que Ratzinger es “la materia gris” del Vaticano, su larga trayectoria como prefecto en la poderosa Congregación para la Doctrina de la Fe, revelan su profunda orientación hacia los estudios morales y teológicos.
La visita de Ratzinger a México también revela la lejanía con la que ha tratado a la América hispana desde el inicio de su papado. América Latina, que constituye una de las tierras más fértiles y con más apoyo al credo católico, parecía no ser una prioridad para el Papa, que ya supera los ochenta años de edad. Líderes de opinión y especialistas en religión señalan continuamente la vocación eurocéntrica de Benedicto XVI, quien parecía más proclive a encender las polémicas sobre temas controversiales en Europa, que a adoptar la rutina de traslados de su antecesor.
En definitiva, la figura de Joseph Ratzinger no incita los desequilibrios emocionales y sentimentales, que provocaba Juan Pablo II cuando ponía un pie en tierras latinoamericanas. Tampoco encuentra ese cobijo popular que recibía a Juan Pablo II: las grandes caravanas y la expectativa que superaba cualquier cálculo racional. Por el contrario, Ratzinger se distingue por su sapiencia; su capacidad para imprimirle fuerza teórica y moral a sus principios; un luchador obstinado en contra de la flexibilidad moral.
Así, en estos tres días de visita, veremos si Ratzinger se acerca al pueblo mexicanos con sus dos armas más poderosas: la palabra y el argumento.
LA CARA DE LA TEOLOGÍA
Benedicto XVI
Joseph Ratzinger, nombrado Papa el 19 de abril de 2005, es un autor prolífico. Sus libros son muy leídos en el circuito de la enseñanza y la práctica de la teología católica; fue asesor y relator en el Concilio Vaticano II lo mismo que Hans Küng, su amigo y luego opositor.