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'¿Quién dice la gente que soy yo?'
'Si alguno quiere seguir, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz y me siga'
La presencia de Cristo en su vida mortal fue apenas un chispazo en la historia de la humanidad. ¿Qué son treinta y tres años? Y de ellos, treinta de vida oculta, tan disimulada que ni los vecinos de Nazaret conocían el misterio, el tesoro allí escondido.
Y en apenas tres años --el espacio de acción de un presidente municipal-- nada tan trascendente y sublime como su presencia, su mensaje, su pasión, su muerte y su resurrección.
Mas no terminó allí el plan trazado desde la eternidad para la elevación del hombre y su salvación eterna.
Su breve paso en la historia ha seguido, porque ha querido hacer presente su persona, su palabra, su amor, su misericordia, su perdón, desde su admirable encarnación en el seno de María hasta el día de hoy, y mañana y siempre.
Cristo no pasó, sigue pasando. Han corrido los milenios de Cristo, a su paso los hombres lo han visto y su figura, su palabra, han despertado siempre el sí y el no, el amor y el odio; así el anciano Simeón profetizó del niño llevado en brazos de María: “Está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel y para signo de contradicción” (Lucas 2, 34).
“Ellos le contestaron”
“Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que alguno de los profetas que ha resucitado”.
Así afirmaban entonces. En este siglo XXI de encuestas, de censos, de entrevistas y reportajes, si ante las multitudes a la salida de un estadio de futbol se les hiciera una sencilla pregunta: “Para ti, ¿quién es Cristo”, ¿cuál sería la respuesta?
Para muchos sería sorpresa, y no pequeña. Podrían responder que alguno de esos “ídolos” estampados en la camiseta del equipo de sus amores, y aún con detalles porque los medios masivos de comunicación difunden abundancia de minucias. Podrían tal vez opinar de los gobernantes, de gente de la política, de hombres y mujeres del mundo de la música, del cine, de las telenovelas, pero ¿de Cristo...?
No cabrían ni en una gran plaza todos los libros escritos sobre Cristo, el personaje que ha dado tema para hombres de todas las edades, razas, lenguas y pueblos.
Con acierto o sin él, con conocimiento o sin él, muchos han expresado su manera de entender o sentir la persona de Cristo. Nadie le niega, pues no se puede ocultar el sol con un dedo, que ha sido el personaje de más sabiduría, de más amor, de más trascendencia en la historia.
Pero no coinciden en darle el mismo nombre. Para unos es un sabio y es preciso escucharlo; para otros es el mejor guía para orientar la vida, el comportamiento; muchos creen que es el maravilloso revolucionario cuya obra es reconocida sobre todas las maldades veinte siglos después, y otros más opinan que llegó a fustigar, a magullar a los codiciosos, a los hipócritas, a los impuros, a los falsos, a los egoístas. Algo dicen todos, del personaje clave en la historia de la humanidad.
Pero allí en ese apartado rincón de Cesarea de Filipo, allí en la intimidad con la única compañía de los doce discípulos, los valientes seguidores, les pregunta:
“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”
Pregunta a quemarropa, directa. Por algo ellos todo lo dejaron para seguirlo y no han vuelto el rostro hacia atrás. No hubo tiempo para el suspenso, la espectación, porque Simón --el tosco pescador del lago de Tiberiades-- habló por los doce y, proféticamete por todos los creyentes de años y siglos después. Así contestó: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Es una fuerte confesión de fe: “Creemos que eres Dios”. Y eso es tan grande, tan desconcertante, tan por arriba del alcance de la mente limitada del hombre como para llevar, no por la ciencia, sino por el humilde sendero de la fe, a confesar la divinidad. Éste es un misterio inasequible, inalcanzable. Un ser ifinito, omnipotente y eterno, humanizado. Por ser tan grande, es frecuente esa actitud de fragmentar, de ver sólo aspectos, una de las mil maneras como se manifiesta Emmanuel --Dios con nosotros--.
Cristo se fue manifestando con su presencia, con su palabra salvadora, con sus milagros, y les anunció: “Cuando levanten en alto al Hijo del Hombre, entonces conocerán que soy yo” (Juan 8, 21).
Culminan la vida y la obra de Cristo en la cruz, en la resurrección y en su ascensión gloriosa, su retorno al Padre.
Los apóstoles ya quedan así con plena consciencia de su cercanía al maestro, al verdadero Mesías, el esperado de quien ellos irán a dar testimonio.
“Es necesario que el Hijo de Dios sufra mucho”
Pedro habló y los otros once aceptaron en silencio, afirmaron su adhesión a Cristo el Mesías.
Fue el momento de manifestarles, mostrarles el verdadero sentido de su presencia entre los hombres: padecer y morir, porque ese había de ser el precio para el rescate de todos los hombres. Redimir significa pagar. El precio era muy alto: su vida. Seis veces --y ésta fue la primera-- les anunció a sus apóstoles, sólo a ellos, que tenía que subir a Jerusalén a ser entregado, a ser calumniado, a ser condenado injustamente y a padecer y morir, y a resucitar al tercer día.
El pueblo de Israel vivía con una falsa esperanza: quería un Mesías reivindicador, con gran poder, acicate, revanchista, para vencer y humillar a todos sus enemigos. No podían aceptar un Mesías montado en un borrico y aclamado por los niños y los humildes.
Desde el inicio de la historia de la salvación todo es humildad: Jesús toma la naturaleza humana en el seno de una virtuosa y humilde doncella; nace en un portal de ganados y es recostado sobre las pajas; vive oculto en una aldea de Galilea, y cuando predica lo buscan y lo siguen los enfermos, los menesterosos, los sencillos. Así programó Dios el misterio de la salvación humana, y así quiso realizar su plan, el mismo señalado para el Reino, que es la Iglesia, prolongación, continuación del misterio de la salvación de los hombres.
Por eso, para poner en marcha el programa de sus seguidores, Cristo señala con diáfana claridad dos condiciones:
“Si alguno quiere seguir, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz y me siga”
Libres para el Reino, libres para el amor, libres para el servicio a los hermanos, libres de los propios caprichos, libres de todos los miedos, libres de espíritu en auténtica libertad. Por eso invita, por eso aclara “si alguno quiere seguirme”, porque el hombre administra su propia voluntad; puede decir sí, o puede hacerse disimulado a la invitación y hasta pronunciar un no rotundo. Por eso en el paso de Cristo por el hilo de veinte siglos, siempre ha habido seguidores del Maestro con particulares cualidades y limitaciones, con sus altas y sus bajas, con sus caídas y retornos.
El Santo Padre Benedicto XVI clausuró el viernes 11 de este mes, en la Basílica de San Padro en Roma, el Año Sacerdotal, con una muy solemne Eucaristía. Concelebraron con el Papa algunos cardenales, muchos obispos, miles de sacerdotes y el pueblo fiel allí congregado y cuantos siguieron la fiesta eucarística a través de la televisión. Todos ellos son de los que le han dicho sí a Cristo y van en su seguimiento. Una manifestación en el siglo presente, de la constante respuesta, de la presencia de seguidores de Cristo, aunque el mundo esté enfermo de secularismo, de materialismo, de hedonismo.
El precio de decir sí
El cristiano, al elegir libremente seguir a Cristo, ha de llegar en su vida práctica a distinguir entre su propio gusto o tendencia personal y la voluntad de Dios, en uno, en dos y más momentos determinados, y libremente ir tras el llamamiento de Dios, en contra de su propia apreciación o gusto personal. Siente que algo muere en sí mismo, pero mismo tiempo percibe una nueva razón para su mente, su voluntad y su acción: una luz y una gracia, todo lo impulsa hacia el bien.
Santo Tomás de Aquino afirma que el egoísmo es el origen de todo pecado, que proceda del apetito desordenado del hombre, y San Agustín dijo: “Dos amores han levantado dos ciudades: el amor propio llevado hasta el desprecio de Dios, la ciudad del mundo; el amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad de Dios. La una se gloría de sí misma, la otra en el Señor”.
El cristiano se ha de empeñar en practicar el “niéguese a sí mismo”, en una alegre renuncia, con espíritu positivo y con una sola razón: el amor. Cambiar la mentalidad egoísta y luego...
Tome su cruz
Cargar la propia cruz es una actitud alegre de aceptar en todo la voluntad divina, y es también una actitud dinámica del creyente de estos tiempos por la verdad, por la justicia.
La cruz es el símbolo del cristiano y es también el símbolo del amor del cristiano. Por tanto ha de ser una postura sencilla y valiente; una actitud de cada día, no de hoy sí y mañana no. Es la doctrina de San Pablo “llevar lo que falta a la pasión de Cristo en favor de su cuerpo eclesial y social”.
Así la cruz es ayudar a otros agobiados por cruces más pesadas.
La cruz es la vida del cristiano, si la quiere llevar. La cruz es la vida de la Iglesia, si la sabe llevar.
José R. Ramírez
Y en apenas tres años --el espacio de acción de un presidente municipal-- nada tan trascendente y sublime como su presencia, su mensaje, su pasión, su muerte y su resurrección.
Mas no terminó allí el plan trazado desde la eternidad para la elevación del hombre y su salvación eterna.
Su breve paso en la historia ha seguido, porque ha querido hacer presente su persona, su palabra, su amor, su misericordia, su perdón, desde su admirable encarnación en el seno de María hasta el día de hoy, y mañana y siempre.
Cristo no pasó, sigue pasando. Han corrido los milenios de Cristo, a su paso los hombres lo han visto y su figura, su palabra, han despertado siempre el sí y el no, el amor y el odio; así el anciano Simeón profetizó del niño llevado en brazos de María: “Está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel y para signo de contradicción” (Lucas 2, 34).
“Ellos le contestaron”
“Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que alguno de los profetas que ha resucitado”.
Así afirmaban entonces. En este siglo XXI de encuestas, de censos, de entrevistas y reportajes, si ante las multitudes a la salida de un estadio de futbol se les hiciera una sencilla pregunta: “Para ti, ¿quién es Cristo”, ¿cuál sería la respuesta?
Para muchos sería sorpresa, y no pequeña. Podrían responder que alguno de esos “ídolos” estampados en la camiseta del equipo de sus amores, y aún con detalles porque los medios masivos de comunicación difunden abundancia de minucias. Podrían tal vez opinar de los gobernantes, de gente de la política, de hombres y mujeres del mundo de la música, del cine, de las telenovelas, pero ¿de Cristo...?
No cabrían ni en una gran plaza todos los libros escritos sobre Cristo, el personaje que ha dado tema para hombres de todas las edades, razas, lenguas y pueblos.
Con acierto o sin él, con conocimiento o sin él, muchos han expresado su manera de entender o sentir la persona de Cristo. Nadie le niega, pues no se puede ocultar el sol con un dedo, que ha sido el personaje de más sabiduría, de más amor, de más trascendencia en la historia.
Pero no coinciden en darle el mismo nombre. Para unos es un sabio y es preciso escucharlo; para otros es el mejor guía para orientar la vida, el comportamiento; muchos creen que es el maravilloso revolucionario cuya obra es reconocida sobre todas las maldades veinte siglos después, y otros más opinan que llegó a fustigar, a magullar a los codiciosos, a los hipócritas, a los impuros, a los falsos, a los egoístas. Algo dicen todos, del personaje clave en la historia de la humanidad.
Pero allí en ese apartado rincón de Cesarea de Filipo, allí en la intimidad con la única compañía de los doce discípulos, los valientes seguidores, les pregunta:
“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”
Pregunta a quemarropa, directa. Por algo ellos todo lo dejaron para seguirlo y no han vuelto el rostro hacia atrás. No hubo tiempo para el suspenso, la espectación, porque Simón --el tosco pescador del lago de Tiberiades-- habló por los doce y, proféticamete por todos los creyentes de años y siglos después. Así contestó: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Es una fuerte confesión de fe: “Creemos que eres Dios”. Y eso es tan grande, tan desconcertante, tan por arriba del alcance de la mente limitada del hombre como para llevar, no por la ciencia, sino por el humilde sendero de la fe, a confesar la divinidad. Éste es un misterio inasequible, inalcanzable. Un ser ifinito, omnipotente y eterno, humanizado. Por ser tan grande, es frecuente esa actitud de fragmentar, de ver sólo aspectos, una de las mil maneras como se manifiesta Emmanuel --Dios con nosotros--.
Cristo se fue manifestando con su presencia, con su palabra salvadora, con sus milagros, y les anunció: “Cuando levanten en alto al Hijo del Hombre, entonces conocerán que soy yo” (Juan 8, 21).
Culminan la vida y la obra de Cristo en la cruz, en la resurrección y en su ascensión gloriosa, su retorno al Padre.
Los apóstoles ya quedan así con plena consciencia de su cercanía al maestro, al verdadero Mesías, el esperado de quien ellos irán a dar testimonio.
“Es necesario que el Hijo de Dios sufra mucho”
Pedro habló y los otros once aceptaron en silencio, afirmaron su adhesión a Cristo el Mesías.
Fue el momento de manifestarles, mostrarles el verdadero sentido de su presencia entre los hombres: padecer y morir, porque ese había de ser el precio para el rescate de todos los hombres. Redimir significa pagar. El precio era muy alto: su vida. Seis veces --y ésta fue la primera-- les anunció a sus apóstoles, sólo a ellos, que tenía que subir a Jerusalén a ser entregado, a ser calumniado, a ser condenado injustamente y a padecer y morir, y a resucitar al tercer día.
El pueblo de Israel vivía con una falsa esperanza: quería un Mesías reivindicador, con gran poder, acicate, revanchista, para vencer y humillar a todos sus enemigos. No podían aceptar un Mesías montado en un borrico y aclamado por los niños y los humildes.
Desde el inicio de la historia de la salvación todo es humildad: Jesús toma la naturaleza humana en el seno de una virtuosa y humilde doncella; nace en un portal de ganados y es recostado sobre las pajas; vive oculto en una aldea de Galilea, y cuando predica lo buscan y lo siguen los enfermos, los menesterosos, los sencillos. Así programó Dios el misterio de la salvación humana, y así quiso realizar su plan, el mismo señalado para el Reino, que es la Iglesia, prolongación, continuación del misterio de la salvación de los hombres.
Por eso, para poner en marcha el programa de sus seguidores, Cristo señala con diáfana claridad dos condiciones:
“Si alguno quiere seguir, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz y me siga”
Libres para el Reino, libres para el amor, libres para el servicio a los hermanos, libres de los propios caprichos, libres de todos los miedos, libres de espíritu en auténtica libertad. Por eso invita, por eso aclara “si alguno quiere seguirme”, porque el hombre administra su propia voluntad; puede decir sí, o puede hacerse disimulado a la invitación y hasta pronunciar un no rotundo. Por eso en el paso de Cristo por el hilo de veinte siglos, siempre ha habido seguidores del Maestro con particulares cualidades y limitaciones, con sus altas y sus bajas, con sus caídas y retornos.
El Santo Padre Benedicto XVI clausuró el viernes 11 de este mes, en la Basílica de San Padro en Roma, el Año Sacerdotal, con una muy solemne Eucaristía. Concelebraron con el Papa algunos cardenales, muchos obispos, miles de sacerdotes y el pueblo fiel allí congregado y cuantos siguieron la fiesta eucarística a través de la televisión. Todos ellos son de los que le han dicho sí a Cristo y van en su seguimiento. Una manifestación en el siglo presente, de la constante respuesta, de la presencia de seguidores de Cristo, aunque el mundo esté enfermo de secularismo, de materialismo, de hedonismo.
El precio de decir sí
El cristiano, al elegir libremente seguir a Cristo, ha de llegar en su vida práctica a distinguir entre su propio gusto o tendencia personal y la voluntad de Dios, en uno, en dos y más momentos determinados, y libremente ir tras el llamamiento de Dios, en contra de su propia apreciación o gusto personal. Siente que algo muere en sí mismo, pero mismo tiempo percibe una nueva razón para su mente, su voluntad y su acción: una luz y una gracia, todo lo impulsa hacia el bien.
Santo Tomás de Aquino afirma que el egoísmo es el origen de todo pecado, que proceda del apetito desordenado del hombre, y San Agustín dijo: “Dos amores han levantado dos ciudades: el amor propio llevado hasta el desprecio de Dios, la ciudad del mundo; el amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad de Dios. La una se gloría de sí misma, la otra en el Señor”.
El cristiano se ha de empeñar en practicar el “niéguese a sí mismo”, en una alegre renuncia, con espíritu positivo y con una sola razón: el amor. Cambiar la mentalidad egoísta y luego...
Tome su cruz
Cargar la propia cruz es una actitud alegre de aceptar en todo la voluntad divina, y es también una actitud dinámica del creyente de estos tiempos por la verdad, por la justicia.
La cruz es el símbolo del cristiano y es también el símbolo del amor del cristiano. Por tanto ha de ser una postura sencilla y valiente; una actitud de cada día, no de hoy sí y mañana no. Es la doctrina de San Pablo “llevar lo que falta a la pasión de Cristo en favor de su cuerpo eclesial y social”.
Así la cruz es ayudar a otros agobiados por cruces más pesadas.
La cruz es la vida del cristiano, si la quiere llevar. La cruz es la vida de la Iglesia, si la sabe llevar.
José R. Ramírez