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¿Qué le pasó al PRD?

A 25 años de su fundación, el Sol Azteca enfrenta su coyuntura política más complicada. Sumido en el extravío ideológico y salpicado por la corrupción, las elecciones intermedias pueden constituir un duro golpe

GUADALAJARA, JALISCO (23/NOV/2014).- Ayotzinapa nos ha desnudado como país. Es el botón de muestra de innumerables desafíos que habían sido puestos debajo de la alfombra: un Estado de derecho endeble, la infiltración del crimen en los cargos públicos, el abuso constante de las fuerzas del orden y la carencia de rendición de cuentas. Ayotzinapa ha sido tan profundo porque nos muestra ese “México bárbaro” que creíamos superado. Sin embargo, también muestra otra cara: la crisis del sistema de partidos. Y siendo más puntuales, la crisis de uno de ellos con especial intensidad: del Partido de la Revolución Democrática (PRD).

Al igual que el PAN y otros partidos de izquierda, no le podemos negar al PRD su contribución al incipiente México democrático en el que vivimos. Sin Cuauhtémoc Cárdenas, la victoria en la capital y la escisión del ala izquierda del PRI, la apertura democrática no es explicable. Sin embargo, el principal partido de izquierda en México se encuentra sumido en una crisis que deja entrever una disyuntiva: ¿Será capaz el PRD de sobrevivir como la tercera fuerza política del país o necesitará una refundación que le permita competir en 2018 por la Presidencia de la República? Incluso, ¿Podrá mantenerse como la principal fuerza política de izquierda en México o Morena le arrebatará ese espacio?

La crisis que vive el PRD comenzó por lo menos en 2006. Sin embargo, un candidato competitivo como Andrés Manuel López Obrador ocultó los aprietos internos. Muchos de los síntomas de esa crisis interna se vivieron justo en el periodo 2007-2012 donde el enfrentamiento entre la corriente dominante, Nueva Izquierda —Los Chuchos— y López Obrador se disputaron hasta el último resquicio de poder en el partido. La elección interna por la presidencia nacional en 2008 es un reflejo de la polarización y lo irreconciliable de los proyectos políticos que defendían ambas corrientes internas. Tras la salida de quien era conocido como el “mesías” y que ya no suscitaba los consensos de antes, el PRD tenía la oportunidad de dejar atrás la “esquizofrenia”, como calificó la actitud del partido, Jesús Ortega. Sin embargo, el PRD buscó en el maquillaje, en el rímel y en las mascarillas, una solución a un problema estructural de un partido circunscrito a la Capital de la República y lentamente desapareciendo de una buena parte del territorio nacional (incluso el Sur, un bastión regional).

Extravío ideológico y pragmatismo

A nivel mundial, sobre todo en los países desarrollados, la izquierda se dividió entre los socialdemócratas —aquellos que apuestan por el estado de bienestar, no impugnan la democracia liberal y optan por un mercado abierto pero regulado— y la izquierda más clásica —estado intervencionista—que prefiere la democracia directa y no confía en absoluto en el libre mercado. En México no hay una reivindicación de la socialdemocracia prácticamente de ningún partido político, a diferencia de Europa, Canadá y algunos países de Sudamérica.

Aunque la ruptura de AMLO con el Sol Azteca no obedece desde mi punto de vista a desavenencias ideológicas irreconciliables, el PRD tuvo la oportunidad tras el 2012 para reconfigurarse. Encontrar un nicho ideológico moderno y propositivo. Es decir, apostar no por el viejo proyecto nacionalista revolucionario, que sirve tanto para la derecha como para la izquierda, sino por una izquierda que vea en el combate a la desigualdad económica, a los privilegios de unos cuantos, en el estado de bienestar y en nuestra democracia inacabada, retos de primera línea. Esta redefinición no ocurrió. Por el contrario, las distintas tribus del partido se enfrascaron en una pendiente de pragmatismo insostenible que dividió aún más al partido: pactos con Miguel Mancera para que sea candidato presidencial, exclusión automática de Marcelo Ebrard, acuerdos en lo oscurito para definir posiciones internas, poder con base en cuotas y no en proyectos, restarle peso al Ingeniero Cárdenas y preparar la sucesión presidencial para que los “Chuchos” retuvieran el partido por tercera vez consecutiva.

El PRD perdió la oportunidad para encontrar un espacio duradero y diferenciado en el espectro político e ideológico. El éxito de sus gobiernos en la capital era su mejor carta de presentación. Una apuesta por la extensión de las libertades ciudadanas, la equidad económica y social, el transporte público y la apuesta por un estado social con amplios programas de inclusión. A diferencia de ello, el partido parece amenazado por la izquierda de Morena y también en peligro de no encontrar una diferencia programática clara con el PRI. Optó por la vía más rápida hacia los beneficios, el pragmatismo sin brújula; ése pragmatismo que ve en los intereses de grupos –ni siquiera de partido- su principal motivación.

El Pacto por México, ¿Un error?

En democracia los partidos políticos deben procurar acuerdos, pero también oponerse. La primera fue cumplida a rajatabla por el PRD, el segundo sólo fue un tímido grito en medio de las discusiones por la reforma energética. En el Pacto por México es cierto que muchos de los compromisos adoptados por los integrantes vieron de la mano del PRD: seguridad social universal; seguro de desempleo; pensión universal; sistema nacional de combate a la pobreza; derechos para los pueblos indígenas; inversión de 1% del PIB en Ciencia y Tecnología, y otras.

A pesar de eso, si nos vamos de los compromisos al cumplimiento, nos damos cuenta que la seguridad social universal, que supuestamente el PRD pactó con Los Pinos para aprobar la Reforma Fiscal, quedó enterrada y “sustituida” por una pensión que no es universal y un seguro de desempleo marcado por la precariedad. Lo mismo sucedió como el Sistema Nacional de Combate a la Pobreza un punto defendido por el Sol Azteca, pero que concluyó en un cambio de nombre del programa “Oportunidades” –Prospera- y una Cruzada Nacional contra el Hambre que dista mucho de ser el programa adecuado para combatir la pobreza en el país (recordar que “Lula” Da Silva en Brasil propuso un programa similar y lo derogó el primer año por su ineficacia, tras ello surgió Bolsa Familia).

Así, al PRD no le cumplieron casi nada del Pacto por México y la agenda de oposición fue muy tímida. Como lo expuso María Amparo Casar en un artículo reciente: más que un pacto programático, todo parecía un pacto por la impunidad. ¿Por qué el PRD sólo abrazó la oposición en la reforma energética? ¿Por qué no criticó la carencia de una agenda de combate a la inseguridad? ¿O las tasas tan paupérrimas de crecimiento económico? En el Pacto por México, la cúpula del PRD fue capaz de acordar beneficios económicos o recursos excedentes para sus estados, pero todo eso sacrificando su agenda y proyecto. Lo repito, acordar es la única forma de lograr cambios en democracia, el dilema es hasta qué punto un partido está dispuesto a sacrificar su agenda de país y su programa de reformas por intereses políticos a corto plazo. Es cierto que se acordaron temas que ha defendido el PRD–combate a la concentración de los medios de comunicación en pocas manos o un tímido aumento del ISR a los que más ganan- sin embargo estas ganancias son superadas por una agenda de reformas que atentó directamente contra el corazón ideológico del partido y su identidad como partido de oposición.

Corporativismo y desvinculación ciudadana

Tras la elección de 2006, Roger Bartra escribió con gran atino que el PRD debía convertirse en el “partido poroso” de México. Poroso por su capacidad para atraer a ciudadanos y servirles como plataforma política. La intención de Bartra era la hoja de ruta para un partido que mostraba signos de descomposición a pesar de su relativo éxito electoral. Sin embargo, el “futuro no es lo que era”, parafraseando a Felipe González en sus conversaciones con el periodista Juan Luis Cebrián. El PRD no sólo no se convirtió en ese partido vehículo para la transformación de una sociedad liberal que coexista con un mercado regulado y un estado de bienestar pujante, sino que intensificó su ruta hacia un partido clientelar, corporativizado y que opera de forma muy similar al viejo régimen. Las tribus no son distintas expresiones ideológicas con programas alternativos. Algo que me parecería normal en un partido con pluralidad interna. Las tribus son simplemente plataformas en defensa de cuotas de poder, encargadas de trazar acuerdos en los estados y repartir el botín.

Hagamos un repaso de las elecciones internas del partido desde la derrota en 2006. Solamente se abrió al voto universal de la militancia en las desastrosas elecciones de 2008. Tras ese suceso que acabó en un zafarrancho que evidenció robo de urnas, desorden en las casillas y demás mañas, el partido se ensimismó. El increíble razonamiento fue: si no podemos hacer elecciones abiertas, pues mejor un esquema controlado. Es cierto que en la elección de consejeros, el partido se apoyó en el Instituto Nacional Electoral (INE), pero fue una elección indirecta. Incluso en la elección del abanderado del partido para la elección de 2012, la militancia no tuvo ninguna decisión: todo se definió por una encuesta.

El PRD no pudo quitarse esa herencia del viejo régimen en que se ve al militante del partido como un movilizador que se le puede contentar con un cargo público. Esto llevó al PRD a convertirse, incluso en la capital de país, en un partido de afiliación masiva, tráfico de cargos públicos y con poca identidad. La construcción de un partido con militancia libre no se ve por ningún lugar.

Tolerancia a la corrupción

Es cierto que en mayor o menor medida, pero todos los partidos se encuentran infectados del virus de la corrupción. Sin embargo, el PRD construyó una narrativa que hacía suyo un supuesto bono democrático al haber roto con el PRI, y denunciado la corrupción del partido hegemónico. Este bono se fue diluyendo conforme se apilaban los escándalos en la vitrina del partido. ¿Qué se puede decir de un partido que permite que un personaje como René Bejarano, identificado en flagrancia recibiendo una “mordida” millonaria, vuelva al partido y tenga un papel protagónico? ¿Cómo es posible que en la pasada legislatura los perredistas hayan apoyado a Julio César Godoy para entrar a  San Lázaro escondido en la cajuela de un auto y con ello pudiera rendir protesta y ganarse el fuero para no ser juzgado? ¿Cómo es posible que el PRD haya sostenido discursivamente por tanto tiempo a un gobernador como Ángel Aguirre tras los sangrientos hechos de Ayotzinapa?

El panorama es sombrío para el PRD. Confundido ideológicamente, corporativizado a su interior, salpicado por la corrupción y sin una agenda de oposición clara, el PRD enfrenta la coyuntura política más complicada de sus 25 años de historia. Los pronósticos electorales para 2015 son que el PRD puede estar a nivel nacional entre 11% y 18% (en el mejor de los escenarios y según la encuesta). En plena guerra interna y con la endeble presidencia de Carlos Navarrete, se juegan dos estados que han sido bastiones del voto perredista: Guerrero y Michoacán. Asimismo, todas las delegaciones y la asamblea del DF. Los comicios intermedios serán un buen termómetro para definir si el PRD puede seguir siendo un actor político de relevancia tal como está o si necesita una refundación urgente.

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