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¡Qué bueno es encontrarse con Cristo!

'Si una joven desposada con un hombre es hallada en la ciudad cuando yace con otro hombre, los llevaréis a las puertas de la ciudad y los apedrearéis hasta matarlos' (Deuteronomio 22, 23). Esa era la rigurosa ley promulgada por Moisés.

     En este quinto domingo de cuaresma es el evangelista San Juan quien presenta una escena estrujante, conmovedora y en un lugar sin duda significativo: el atrio del templo de Jerusalén.
     El final es una manifestación de la actitud de Jesús, bondad, misericordia y perdón para los pecadores.
     Mas para llegar a ese bello final se ha de empezar por el principio nada grato: con perversas intenciones, con doblez, con maligna astucia, unos fariseos llevan a empujones a una mujer sorprendida en adulterio y la ponen frente al Maestro.
     Ante el delito flagrante y desde luego lamentable, los fariseos invocan la ley inexorable. Está escrito: “Si una joven desposada con un hombre es hallada en la ciudad cuando yace con otro hombre, los llevaréis a las puertas de la ciudad y los apedrearéis hasta matarlos” (Deuteronomio 22, 23). Esa era la rigurosa ley promulgada por Moisés.
     Jesús conocía la ley mejor que los escribas y los fariseos y sabía cómo en la práctica no la habían cumplido; tal vez había olvidada o estaba en desuso. Además, sólo llevaban ante él a la mujer, y el adulterio siempre tiene dos culpables.
     Con claridad se manifestaba la torcida intención de los acusadores: encendidos sus rostros, crispadas sus manos, pidiendo justicia con gritos para hacer manifiesto su deseo, pero más bien su pasión, y hasta llamar la atención para que las multitudes olvidaran los vicios de los mismos acusadores.
Ante aquella ola de violencia, la sabiduría divina se adelantó  los malvados:

“Jesús se inclinó y se puso a escribir
 en el suelo con el dedo”
 
     Bien venía para aquellos apasionados una pausa de silencio, de expectación, de suspenso. Si el Maestro respondía: “cúmplase la ley”, le acusarían de cruel; si decía: “déjenla ir”, entonces lo acusarían de destructor de la ley. Él dijo en una ocasión: “No he venido a destruir la ley, sino a darle plenitud”.
     Jesús mira hacia el polvo: polvo en aquella mujer que temblaba de miedo, y polvo en los fariseos enfermos de odio, de lujura y de codicia. Pronto serán polvo ella y ellos, y Jesús espera mientras ellos desesperan.
     Ella y ellos, todos han pecado. No sólo ella. Nunca se puede llamar bien al mal, ni mal al bien. El pecado es siempre pecado, sea público como el de esa mujer, o disimulados y ocultos como los de quienes la acusaban. El pecado es desorden, es oscuridad, es enfermedad.

Cristo es la luz

     El Hijo de Dios se hizo hombre para iluminar a todos los hombres. Es el Salvador. Él dijo: “El Hijo del hombre ha venido a salvar lo perdido” (Mateo 18, 10).
     Quiere salvar a la mujer y quiere salvar a sus acusadores. Si Dios tratara a los hombres por lo que merecen, pocos alcanzarían misericordia. Pero la misericordia de Dios es infinita, mayor que la justicia.
     La justicia es equilibrio. Sólo se puede establecer el equilibrio con la sabiduría, con la luz de Dios. Él, con la presión de la verdad, lo ha dejado de manifiesto con su mensaje, con su vida. Él es la luz, y quien es capaz de entender y vivir la justicia, ya está capacitado para vivir la misericordia.
Esa pausa de silencio ha llegado a todos: a la mujer, para moverla al arrepentimiento; a los acusadores, no para humillarlos, sino para llevar a mirar no los pecados ajenos, sino para encontrar en su propio saco algo tal vez mucho más vergonzoso que el pecado de aquella mujer. “¿Quién eres tú para juzgar a tu hermano?”.(Santiago 4, 12).
     Ya es el momento. Ya cesaron los gritos. Todos esperan en silencio, y entonces...

Jesús se incorporó y les dijo:
“Aquel de ustedes que no tenga
pecado, que tire la primera piedra”

     Quien juzga se cree superior al reo. Quien juzga a su prójimo se siente más bueno, más virtuoso que su prójimo.
     Es muy conocida la fábula de los dos sacos: uno al frente, y los ojos a todas horas ven los defectos de los demás; el otro saco a la espalda, con los defectos propios. Cuando se pone ante los ojos el saco de la espalda, es de gran provecho.
     El Maestro intimó a los acusadores a mirar sus propias miserias, sus pecados, y les entró tal frío que no volvieron a gritar, ni se sintieron con ánimos de tirar las piedras que quizá traerían en las manos.

Los acusadores comenzaron a irse,
comenzando por los más viejos

     Con su palabra y con su mirada cargada de amor, Jesús ha iniciado la conversión de los acusadores.
     No cabe el refrán de que fueron por lana y salieron trasquilados, porque quien encuentra a Cristo encuentra la luz, el amor, la gracia, la misericordia.
Cristo está presente ahora y aquí en el siglo XXI, y sigue con la misma actitud de esperar y de perdonar a todos los que juzgan a otros y con las manos crispadas están a punto de lanzar piedras; los mira con ojos llenos de amor y les dice: “Dejen caer al suelo sus piedras, no las arrojen sobre nadie. Miren su propia imagen interior y así como suelen lavar su cuerpo, aprovechen para lavar su alma”.
     Así como pretenden buscar la salud corporal con el aseo, así, y con más empeño, han de apreciar la salud espiritual.
     Tal vez esa búsqueda, esa corrección, exija renuncias. Mas todo es poco, si se compara con la alegría de una verdadera renovación personal. Renovarse es afinar el compromiso con Dios y con el prójimo. Renovarse es una maduración, una respuesta del hombre adulto al compromiso de fe, ahora y aquí. La vida de fe, la religión, no es algo distinto de las realidades temporales. Ser cristiano en la familia, en los órdenes social, político, económico. Mas la renovación siempre empieza por la persona. Por allí es como es posible la renovación del mundo, de la Iglesia, de la Patria.
     Los acusadores de entonces y los de ahora son pecadores y Cristo los ama, “come y bebe con ellos” y quiere que se conviertan, se limpien y vivan.
     Los acusadores dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie junto a Él. Entonces Jesús le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?”. Ella contestó: “Nadie, Señor”. Y el dijo:

“Tampoco yo te condeno”

     La mujer ya no tiembla. Ha visto en el semblante de Cristo la dulzura del perdón.
     Jesús es “el cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Aquella mujer, libre ya de pecado --“Vete en paz y no peques más”--, libre ya de miedo, empezó una vida nueva...
     ¡Qué gran fortuna haber sido llevada, aunque cansada y abatida, cerca de Cristo. El Hijo de Dios ha venido a buscar y a salvar a los pecadores. Es el médico de las almas, y el médico aborrece la enfermedad y ama al enfermo; Jesús ama al pecador y no ama al pecado, causa de todos los males.
     Su presencia libera, renueva, transforma. Felices  quienes, sintiéndose cargados de pecados, busquen el perdón en Cristo.
     Pero las multitudes de este siglo ignoran que el remedio, la salud, la luz y la vida están en Cristo.
     Ahora se entregan a lo inmediato, a lo que sigue. Carecen de pensamiento propios, marchan masificados, despersonalizados, guiados por los criterios de las pantallas del cine y la televisión.
     Esa despersonalización moral les provoca una conciencia cauterizada, o más bien carencia de conciencia, porque se ha perdido la conciencia del pecado. Ya no saben dónde está el bien y dónde el mal, dónde la verdad y dónde la mentira. Esto mismo lleva a una irresponsabilidad masificada, un laxismo ambiental y una actitud “utilitaria” y una moral convencional subjetiva.
     Parece exagerada esta visión, mas junto al al que no se percibe está el remedio: hacer que Cristo llegue e ilumine, perdone, renueve y transforme al mundo actual.
     La escena en el atrio del templo de Jerusalén, es un ejemplo de la acción transformadora de Cristo. Después de ese acontecimiento, ni la acusada ni los acusadores fueron los mismos.

Pbro. José R. Ramírez
 
 

  

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