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Pueblos Mágicos: pueblos trágicos
Convivir en armonía con al naturaleza, eso falta en holbox
HOLBOX, QUINTANA ROO (26/AGO/2012).- Oigan… “Con tiento, que está apolillado el santo…”, les decía el cura a los que sacaban a la imagen a peregrinar por lugares supuestamente dejados de la mano de Dios.
Así estamos con ese cuento de los “Pueblos Mágicos”: chocante palabrita que desilusiona –por exagerada– a quien busca encontrar encantos, estrellitas y campanitas envueltas en la bruma celestial, en los ingenuos pueblitos típicos de nuestro México, a quienes los políticos quieren “rescatar del abandono”, siendo que ese mentado “abandono” es la parte interesante de la población de marras.
No dejamos de apreciar los esfuerzos que hacen nuestros gobernantes por el turismo de nuestro país, pero… “no la chiflen, que es cantada”. El progreso, cuando es desordenado e irrespetuoso de los usos, las costumbres y la manera de vivir de un pueblo, es más dañino que si se sufriera un incendio o la catástrofe más desastrosa.
¿Por qué no aprenderemos a respetar y a caminar despacio por la vida? ¿Por qué todo tendemos a estropear y “comer a puños”, en vez de apreciarlo y disfrutarlo admirando las raíces con que cada pueblo fue construido? ¿Por qué siempre tratamos de lograr lo mucho y lo grande, si nos orgullecemos de lo poco, lo primitivo, lo pequeño y lo auténtico?
Hoy estoy hablando en particular de Holbox, nombre maya –se pronuncia jolbosh–.
Es una pequeña isla en el territorio de Quintana Roo, al norte de la península de Yucatán, que se precia de tener las aguas turquesa del caribe; las playas blancas de coral; grandes tiburones y ejércitos de rayas flotando en sus cercanías y… una vida pacífica y tranquila entre la bonhomía y el carácter tropical de su gente.
Para llegar a ella, hay que viajar un par de horas por automóvil –tras haber dejado la maleta del estrés en el terrible, turístico y conflictivo Cancun, paraíso extraviado en el progreso–, habrá que abordar un primitivo ferry que en una hora nos dejará en la remota isla, en donde, con sus calles de arena y ausencia de automotores, un silencioso carrito nos transportará a un pequeño hotel, en donde el soñoliento recepcionista nos registrará en un libro con páginas humedecidas por la constante brisa, para luego conducirnos a la tranquilidad de una recámara con su cama elegantemente cubierta por un dosel, mientras en la terraza una hamaca se balancea con la brisa cuando… ¡una estridente música de rock a todo volumen! romperá el encanto, estremeciendo y dando al traste con la imagen de “Pueblo Mágico” que a tan alto costo nos fue vendida.
El Sol se levanta temprano –aunque la gente se levanta tarde–. El día se va despacio y la playa con sus gaviotas parece cantar la alegría del amanecer de un nuevo día. Los flamingos pasan coloreando de rosa el amanecer, y una toalla se extiende sobre la arena para gozar del placer del no hacer nada, cuando… ¡Un mozalbete en una poderosa cuatrimoto! –de las que rentan en los nuevos hoteles– pasa zumbando cerca de nuestra cabeza, bañándonos de arena y mala vibra. Supuestamente no se permiten vehículos a motor, pero como Holbox trata de ser “Pueblo Mágico”, hay que hacer excepciones para “rescatar” aquel pueblo olvidado: dicen los políticos.
Las caminatas por la playa, claro, están interrumpidas por un hotel que llevando el idílico nombre de “Las Nubes”, sin importarle nada, mete sus construcciones hasta el mar cruzando impunemente la playa –teniendo el turista que subirse hasta el patio trasero en donde tira su basura– para poder ir a visitar caminando entre botellas, pañales y desechos, el santuario de los flamingos rosas, que está un poco más delante.
¿Esto es un Pueblo Mägico? No me platiquen. Este es un hermoso pueblo que está siendo tristemente arruinado por la falta de cultura y la corta visión de los políticos en turno, a los que parece que el respeto a las tradiciones de nuestros ancestros, las olvidan en pos de un estúpido progreso que es más dañino que el peor de los incendios.
Ojala aprendamos que dejar las cosas en paz y tener la visión de conservar “la magia” de un pueblo, tan sólo preservando intactas su cultura, sus costumbres y la naturaleza propia del lugar; que por si fuera poco, es lo que el turista internacional en el mundo entero está buscando.
Démosle al mundo lo que es nuestro y no lo que importamos. Holbox es un tesoro allá en la puntita oriental de México, que está corriendo un grave riesgo debido a la supuesta “magia” que dicen que el pueblo tiene.
“Con tiento… que está apolillado el santo”.
Así estamos con ese cuento de los “Pueblos Mágicos”: chocante palabrita que desilusiona –por exagerada– a quien busca encontrar encantos, estrellitas y campanitas envueltas en la bruma celestial, en los ingenuos pueblitos típicos de nuestro México, a quienes los políticos quieren “rescatar del abandono”, siendo que ese mentado “abandono” es la parte interesante de la población de marras.
No dejamos de apreciar los esfuerzos que hacen nuestros gobernantes por el turismo de nuestro país, pero… “no la chiflen, que es cantada”. El progreso, cuando es desordenado e irrespetuoso de los usos, las costumbres y la manera de vivir de un pueblo, es más dañino que si se sufriera un incendio o la catástrofe más desastrosa.
¿Por qué no aprenderemos a respetar y a caminar despacio por la vida? ¿Por qué todo tendemos a estropear y “comer a puños”, en vez de apreciarlo y disfrutarlo admirando las raíces con que cada pueblo fue construido? ¿Por qué siempre tratamos de lograr lo mucho y lo grande, si nos orgullecemos de lo poco, lo primitivo, lo pequeño y lo auténtico?
Hoy estoy hablando en particular de Holbox, nombre maya –se pronuncia jolbosh–.
Es una pequeña isla en el territorio de Quintana Roo, al norte de la península de Yucatán, que se precia de tener las aguas turquesa del caribe; las playas blancas de coral; grandes tiburones y ejércitos de rayas flotando en sus cercanías y… una vida pacífica y tranquila entre la bonhomía y el carácter tropical de su gente.
Para llegar a ella, hay que viajar un par de horas por automóvil –tras haber dejado la maleta del estrés en el terrible, turístico y conflictivo Cancun, paraíso extraviado en el progreso–, habrá que abordar un primitivo ferry que en una hora nos dejará en la remota isla, en donde, con sus calles de arena y ausencia de automotores, un silencioso carrito nos transportará a un pequeño hotel, en donde el soñoliento recepcionista nos registrará en un libro con páginas humedecidas por la constante brisa, para luego conducirnos a la tranquilidad de una recámara con su cama elegantemente cubierta por un dosel, mientras en la terraza una hamaca se balancea con la brisa cuando… ¡una estridente música de rock a todo volumen! romperá el encanto, estremeciendo y dando al traste con la imagen de “Pueblo Mágico” que a tan alto costo nos fue vendida.
El Sol se levanta temprano –aunque la gente se levanta tarde–. El día se va despacio y la playa con sus gaviotas parece cantar la alegría del amanecer de un nuevo día. Los flamingos pasan coloreando de rosa el amanecer, y una toalla se extiende sobre la arena para gozar del placer del no hacer nada, cuando… ¡Un mozalbete en una poderosa cuatrimoto! –de las que rentan en los nuevos hoteles– pasa zumbando cerca de nuestra cabeza, bañándonos de arena y mala vibra. Supuestamente no se permiten vehículos a motor, pero como Holbox trata de ser “Pueblo Mágico”, hay que hacer excepciones para “rescatar” aquel pueblo olvidado: dicen los políticos.
Las caminatas por la playa, claro, están interrumpidas por un hotel que llevando el idílico nombre de “Las Nubes”, sin importarle nada, mete sus construcciones hasta el mar cruzando impunemente la playa –teniendo el turista que subirse hasta el patio trasero en donde tira su basura– para poder ir a visitar caminando entre botellas, pañales y desechos, el santuario de los flamingos rosas, que está un poco más delante.
¿Esto es un Pueblo Mägico? No me platiquen. Este es un hermoso pueblo que está siendo tristemente arruinado por la falta de cultura y la corta visión de los políticos en turno, a los que parece que el respeto a las tradiciones de nuestros ancestros, las olvidan en pos de un estúpido progreso que es más dañino que el peor de los incendios.
Ojala aprendamos que dejar las cosas en paz y tener la visión de conservar “la magia” de un pueblo, tan sólo preservando intactas su cultura, sus costumbres y la naturaleza propia del lugar; que por si fuera poco, es lo que el turista internacional en el mundo entero está buscando.
Démosle al mundo lo que es nuestro y no lo que importamos. Holbox es un tesoro allá en la puntita oriental de México, que está corriendo un grave riesgo debido a la supuesta “magia” que dicen que el pueblo tiene.
“Con tiento… que está apolillado el santo”.