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Porque viene el Señor, a prepararle el camino
La liturgia del Adviento motiva con la voz de los profetas Isaías y Juan el Bautista
Faltan 20 días para la Santa Noche, la más luminosa aunque es invierno, porque en las pajas del pesebre brilla el Sol de Justicia y de Paz, el Verbo de Dios hecho hombre.
La Iglesia, este pueblo siempre en camino, con sabiduría da a cada día del año un pensamiento y una intención nueva, para ir siempre con renovado aliento en perpetuo caminar.
Y en este tiempo, llamado Adviento, la Iglesia invita a los fieles cristianos a preparar la venida, la llegada anual, la celebración del nacimiento del Redentor, ahora en 2011.
La liturgia del Adviento motiva con la voz de los profetas Isaías, quien con expresión sonora anunció casi ocho siglos antes la venida del Salvador, y Juan el Bautista el último de los profetas del Antiguo Testamento y primero y último de los profetas del Nuevo Testamento --la voz que clamó en el desierto, el mismo mensaje de Isaías--, a quien correspondió la distinción de señalar con la mano, identificando al Cordero de Dios presente entre los hombres.
¿Quién es el que viene ahora?
Es el mismo que vino hace veinte siglos. Y ahora, en este siglo, la fe dice que viene quien era esperado entonces por el pueblo de Israel, pueblo escogido, el pueblo de Abraham y de Jacob, el pueblo salvado de la esclavitud en Egipto y llevado a “la tierra que mana leche y miel”, a la libertad.
Ese pueblo esperaba siglos y siglos un Mesías, descendiente del rey David, quien se sentaría en el trono de su padre y su reino no tendría fin.
Lo anunciaban los profetas. Los patriarcas anhelaban como un gran privilegio que descendiera de su estirpe, de su propia familia, y las mujeres israelitas apreciaban la fecundidad de sus vientres para tenerle entre su descendencia.
Y fue María, una doncella de absoluta pureza, virgen, la escogida desde la eternidad para ser la Madre del Salvador.
¿A qué viene?
Viene en el siglo XXI como vino en el año cero en la noche sin número todavía, cuando el cielo y la tierra se unieron estrechamente en el portal de Belén. Viene a salvar a los pecadores.
Cuando Jesús el Salvador, ya en su vida pública, iba y venía de Judea a Galilea y de Galilea a Samaria, donde nadie acataba en aceptar a ese Mesías pobre y sencillo, Él mostraba una marcada tendencia a buscar a los pecadores, a sentarse a la mesa con ellos y a abrirles su corazón a su misericordia, a su perdón, al verdadero amor.
Para quienes lo criticaban tiene una respuesta: no son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos.
¿A que viene ahora?
A buscar a los enfermos. Muchos padecen de una tremenda codicia y caen en injusticias, en opresión, en crímenes, porque su misma enfermedad les obnubila, les turba la mirada; no alcanzan a ver el mal que se hacen y hacen a los demás; de plano, están ciegos. Cristo viene a abrirles los ojos.
Otros padecen lujuria, y este mal los lleva a olvidar su dignidad y los hace caer hacia actividades de seres no racionales.
Muchos más caen víctimas de la pereza, la gula, la envidia, y entonces su mente se ofusca con un falso concepto de su propio yo y atropellan a los demás, en vil desprecio de sus semejantes. Son enfermos.
Mas todas esas enfermedades son curables, si el médico de las almas toca con su mano esos corazones víctimas de las bajas pasiones.
La venida de Cristo a su Reino, a su Iglesia invisible y real, se hace eficaz con su palabra y las fuentes de la gracia, que son los sacramentos.
Pero el que viene quiere ser recibido; quiere almas abiertas, en actitud nueva de amor y de esperanza.
¿Cuál es el camino que desea para venir?
El Reino de Cristo es espiritual y su acción es interior. El camino es, por tanto, el invisible sendero del pensamiento, el deseo que ha de manifestarse luego en palabras y en hechos.
El Adviento tiene el empeño de limpiar ahora, cuando Guadalajara celebró los Juegos Olímpicos Latinoamericanos; fue toda una campaña de limpiar y embellecer la ciudad para dar a los visitantes una imagen bella, acogedora, y también a los atletas, a los comunicadores de los medios informativos, a sus familias.
Así presentamos una bella, amable y acogedora ciudad, con rostro limpio.
Así quiere El que Viene encontrar en el camino las almas de quienes lo esperan.
“Que todo valle se eleve”
Es el profeta Isaías el hombre de la espera. Gime, ambiciona por más, y siempre espera y anuncia. Durante los reinos de Ajaz y Ezequías, de los años 736 a 687 antes de Cristo, Isaías elevó su voz, su palabra profética: “Dios es santo. Establecerá un reino y la cabeza de ese reino será el Mesías descendiente de David”. Así anuncia ese gran acontecimiento: “He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel: Dios con nosotros” (Isaías 7, 14).
Elevar todo valle puede significar elevar el pensamiento, de los intereses terrenales pasajeros, a mayores alturas o --con el lenguaje de este tiempo-- “a ondas más altas”.
Como anticipo, no solamente debemos atender en el aguinaldo, los regalos y la cena, sino a los valores espirituales, la belleza interior, el amor, la justicia, la paz.
“Que todo monte y colina se rebajen”
Muy elocuente lección de humildad está en el pesebre de Belén y ese resplandor de pobreza, donde estaba en los planes divinos el lugar donde nacería el Verbo de Dios que descendió de los cielos.
Un sacerdote ya retirado en su pueblo Jesús María, de Jalisco, escribió su itinerario sacerdotal en su vida, y el capítulo más bello es el primero, cuando con orgullo le tocó la dicha de nacer entre animales, como el Hijo de Dios.
Nació en un corral. Sus padres huían de la persecución religiosa en esos días aciagos de 1926, y encontraron entre el bosque un corral, donde “le llegó su hora” a la madre y dio a luz en pleno suelo a quien llegaría a ser sacerdote.
“Que lo torcido se enderece”
Son palabras de Isaías. Ni a Dios, ni al prójimo, ni a los gobernados, ni a los discípulos, ni a los obreros, ni a nadie, le son gratos le mentira, el doblez, el engaño, la falsedad. En el lenguaje familiar, se expresan mal de los que son “chuecos” o “gandallas” en sus negocios, en sus relaciones con los demás. Navidad es ocasión propicia para enderezar lo torcido.
“Y lo escabroso se allane”
Esto es el colofón de lo expresado antes, Un camino llano y derecho es el anhelo. Se logra todo cuando es el amor la fuente de inspiración.
Donde se pone amor todo sale perfecto. San Pablo, en un arrebato cuando el Espíritu lo elevó, escribió en su primera carta a los Corintios que empezaban a ser cristianos, que en eso, en el amor, consistía la perfección, la santidad. Más alto que una fe capaz de trasladar montañas, más que hablar todas las lenguas de los ángeles y de los hombres, más que dejarse quemar vivo.
Preparemos el camino al Señor que viene. Preparémoslo con amor.
José R. Ramírez Mercado
La Iglesia, este pueblo siempre en camino, con sabiduría da a cada día del año un pensamiento y una intención nueva, para ir siempre con renovado aliento en perpetuo caminar.
Y en este tiempo, llamado Adviento, la Iglesia invita a los fieles cristianos a preparar la venida, la llegada anual, la celebración del nacimiento del Redentor, ahora en 2011.
La liturgia del Adviento motiva con la voz de los profetas Isaías, quien con expresión sonora anunció casi ocho siglos antes la venida del Salvador, y Juan el Bautista el último de los profetas del Antiguo Testamento y primero y último de los profetas del Nuevo Testamento --la voz que clamó en el desierto, el mismo mensaje de Isaías--, a quien correspondió la distinción de señalar con la mano, identificando al Cordero de Dios presente entre los hombres.
¿Quién es el que viene ahora?
Es el mismo que vino hace veinte siglos. Y ahora, en este siglo, la fe dice que viene quien era esperado entonces por el pueblo de Israel, pueblo escogido, el pueblo de Abraham y de Jacob, el pueblo salvado de la esclavitud en Egipto y llevado a “la tierra que mana leche y miel”, a la libertad.
Ese pueblo esperaba siglos y siglos un Mesías, descendiente del rey David, quien se sentaría en el trono de su padre y su reino no tendría fin.
Lo anunciaban los profetas. Los patriarcas anhelaban como un gran privilegio que descendiera de su estirpe, de su propia familia, y las mujeres israelitas apreciaban la fecundidad de sus vientres para tenerle entre su descendencia.
Y fue María, una doncella de absoluta pureza, virgen, la escogida desde la eternidad para ser la Madre del Salvador.
¿A qué viene?
Viene en el siglo XXI como vino en el año cero en la noche sin número todavía, cuando el cielo y la tierra se unieron estrechamente en el portal de Belén. Viene a salvar a los pecadores.
Cuando Jesús el Salvador, ya en su vida pública, iba y venía de Judea a Galilea y de Galilea a Samaria, donde nadie acataba en aceptar a ese Mesías pobre y sencillo, Él mostraba una marcada tendencia a buscar a los pecadores, a sentarse a la mesa con ellos y a abrirles su corazón a su misericordia, a su perdón, al verdadero amor.
Para quienes lo criticaban tiene una respuesta: no son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos.
¿A que viene ahora?
A buscar a los enfermos. Muchos padecen de una tremenda codicia y caen en injusticias, en opresión, en crímenes, porque su misma enfermedad les obnubila, les turba la mirada; no alcanzan a ver el mal que se hacen y hacen a los demás; de plano, están ciegos. Cristo viene a abrirles los ojos.
Otros padecen lujuria, y este mal los lleva a olvidar su dignidad y los hace caer hacia actividades de seres no racionales.
Muchos más caen víctimas de la pereza, la gula, la envidia, y entonces su mente se ofusca con un falso concepto de su propio yo y atropellan a los demás, en vil desprecio de sus semejantes. Son enfermos.
Mas todas esas enfermedades son curables, si el médico de las almas toca con su mano esos corazones víctimas de las bajas pasiones.
La venida de Cristo a su Reino, a su Iglesia invisible y real, se hace eficaz con su palabra y las fuentes de la gracia, que son los sacramentos.
Pero el que viene quiere ser recibido; quiere almas abiertas, en actitud nueva de amor y de esperanza.
¿Cuál es el camino que desea para venir?
El Reino de Cristo es espiritual y su acción es interior. El camino es, por tanto, el invisible sendero del pensamiento, el deseo que ha de manifestarse luego en palabras y en hechos.
El Adviento tiene el empeño de limpiar ahora, cuando Guadalajara celebró los Juegos Olímpicos Latinoamericanos; fue toda una campaña de limpiar y embellecer la ciudad para dar a los visitantes una imagen bella, acogedora, y también a los atletas, a los comunicadores de los medios informativos, a sus familias.
Así presentamos una bella, amable y acogedora ciudad, con rostro limpio.
Así quiere El que Viene encontrar en el camino las almas de quienes lo esperan.
“Que todo valle se eleve”
Es el profeta Isaías el hombre de la espera. Gime, ambiciona por más, y siempre espera y anuncia. Durante los reinos de Ajaz y Ezequías, de los años 736 a 687 antes de Cristo, Isaías elevó su voz, su palabra profética: “Dios es santo. Establecerá un reino y la cabeza de ese reino será el Mesías descendiente de David”. Así anuncia ese gran acontecimiento: “He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel: Dios con nosotros” (Isaías 7, 14).
Elevar todo valle puede significar elevar el pensamiento, de los intereses terrenales pasajeros, a mayores alturas o --con el lenguaje de este tiempo-- “a ondas más altas”.
Como anticipo, no solamente debemos atender en el aguinaldo, los regalos y la cena, sino a los valores espirituales, la belleza interior, el amor, la justicia, la paz.
“Que todo monte y colina se rebajen”
Muy elocuente lección de humildad está en el pesebre de Belén y ese resplandor de pobreza, donde estaba en los planes divinos el lugar donde nacería el Verbo de Dios que descendió de los cielos.
Un sacerdote ya retirado en su pueblo Jesús María, de Jalisco, escribió su itinerario sacerdotal en su vida, y el capítulo más bello es el primero, cuando con orgullo le tocó la dicha de nacer entre animales, como el Hijo de Dios.
Nació en un corral. Sus padres huían de la persecución religiosa en esos días aciagos de 1926, y encontraron entre el bosque un corral, donde “le llegó su hora” a la madre y dio a luz en pleno suelo a quien llegaría a ser sacerdote.
“Que lo torcido se enderece”
Son palabras de Isaías. Ni a Dios, ni al prójimo, ni a los gobernados, ni a los discípulos, ni a los obreros, ni a nadie, le son gratos le mentira, el doblez, el engaño, la falsedad. En el lenguaje familiar, se expresan mal de los que son “chuecos” o “gandallas” en sus negocios, en sus relaciones con los demás. Navidad es ocasión propicia para enderezar lo torcido.
“Y lo escabroso se allane”
Esto es el colofón de lo expresado antes, Un camino llano y derecho es el anhelo. Se logra todo cuando es el amor la fuente de inspiración.
Donde se pone amor todo sale perfecto. San Pablo, en un arrebato cuando el Espíritu lo elevó, escribió en su primera carta a los Corintios que empezaban a ser cristianos, que en eso, en el amor, consistía la perfección, la santidad. Más alto que una fe capaz de trasladar montañas, más que hablar todas las lenguas de los ángeles y de los hombres, más que dejarse quemar vivo.
Preparemos el camino al Señor que viene. Preparémoslo con amor.
José R. Ramírez Mercado