Suplementos
¿Por qué se quedan mirando el cielo?
“Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la Creación”
Cincuenta días después de que el Señor resucitó victorioso y se dejó ver a María, a Pedro, a sus apóstoles y a sus demás discípulos, ascendió al cielo. Fue el día preparado por Él para separarse de la mirada de ellos.
Les prometió, y ha cumplido, que seguiría con ellos siempre “hasta la consumación de los siglos, siempre con su poder divino y siempre con la voluntad universal: “No he venido a condenar, sino para que todos se salven”.
Al misterio de hoy se le llama la Ascensión del Señor. Ascendió quien treinta y tantos años desendió del seno del Padre al seno de María.
Así termina su ciclo o su etapa como hombre --sin dejar de ser Dios en medio de los hombres--, que marcaría una estela de luz en la historia de la humanidad.
Citó a sus amigos fieles, a los once que le quedaban, para rubricar delante de ellos su estancia visible en a tierra.
Mas no habría de permanecer visible siempre. Una pregunta a los cristianos del Siglo XXI: ¿Les hubiera gustado que así como lo vieron los apóstoles, lo escucharon y hasta tocaron sus pies y sus manos, los cristianos de este tiempo experimentaran algo igual? La respuesta rotunda es no. Porque el Señor vino a fundar un reino de fe, de esperanza y de amor, y su presencia no favorecería la actitud de veinte siglos de cristianismo de los que en Él han puesto su esperanza, pues creen que es el Hijo de Dios sin haberlo visto.
Así, para bien de la humanidad, Cristo dejó un reino invisible, y en éste, Él presentey actuante.
Despedida triste
Los once lo miraban absortos; ni siquiera entendían el sigificado de esa reunión. ¿Para qué los había citado a ese lugar? Mas luego lo entendieron: estaban allí viéndolo. Pero era la última vez que lo miraban sus ojos. En adelante lo seguirían viendo con los ojos de la fe.
El tiempo que precedió a la Ascensión fue la edad de oro del cristianismo, fue la presencia visible de Cristo. Fue aquella época bendita de historia, cuando se pudo escribir: “El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros”. Ellos, los once, fueron discípulos atentos a no perder ni una sola de sus palabras, de sus enseñazas; con los ojos muy abiertos a los milagros que brotaban de ,las manos taumaturgas de su Señor.
Pero aquellos tiempos pasaron, como pasa todo lo que está en el tiempo; gozaron mucho y ahora sentían que ese gozo tenía allí punto final.
“Ustedes serán mis testigos”
Para esto los llamó, los trajo junto con él y era el momento para dejar con ellos el Reino, la Iglesia, la Buena Nueva; el mensaje de la Nueva Alianza para el nuevo pueblo, ya no para el de Israel solamente, sino para un nuevo pueblo de amor, de justicia, de paz y de gracia, con una organización por Él deseada: Cefas --Pedro-- a la cabeza y los otros diez con él, depositarios del tesoro a ellos confiado, un reino universal.
Y a la mirada de ellos “se fue elevando” hasta que una nube lo cubrió”. No fue un final, sino un principio. Ellos, hombres de carne y hueso sin prestigio, sin dinero, sin cultura, eran ya la Iglesia, ahí nacida. Se miraron de nuevo unos a otros. A Él ya no lo mirarían, lo habían entendido. Eran once hombres nuevos en un mundo nuevo. Les esperaba una empresa colosal. Ellos tenían una encomienda: ser testigos de Cristo, y Éste resucitado.
“Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la Creación”
Era una misión universal, ya no dentro de los ámbitos de Judea, Galilea y Samaria. Sabían que les esperaba la cruz, pues Cristo les había dicho: “El que quiera ser mi seguidor, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga”. Serían llevados a los tribunales, juzgados y sentenciados. “Si esto han hecho con el palo verde, ¿qué no harán con el leño seco?”. Ellos eran los leños secos. Y habrían de arder porque ellos eran --como también de los dijo Cristo-- “la luz del mundo”. Con su luz, la luz de la fe en Cristo, iluminarían los caminos de Asia, de Europa y de las Islas.
Ellos fueron los primeros misioneros. La palabra “misionero” viene del verbo latino mito, yo envío; missi, yo envié. Se les puede ver peregrinos, con el báculo en la mano, el corazón encendido de amor y agradecidos de haber sido escogidos. Se acabó la quietud: serían peregrinos errantes por el mundo. Allí nació la Iglesia misionera.
Misionera es la imagen, el oficio de la Iglesia. Primero ellos, después sus discípulos, después los discípulos de los discípulos. Y así, siempre ha habido heraldos, pregoneros con el corazón y las venas henchidas de fe y dispuestos a demostrar su amor con su propia sangre.
La Ascensión es el documento oficial para acreditar a aquellos hombres con el título de misioneros.
Veinte siglos después
Acá en América Latina y el Caribe, reunidos los obispos en Aparecida, Brasil, el año 2006, como los apóstoles misioneros iniciales, estos apóstoles escucharon las palabras del Señor: “Ustedes ya no son siervos, sino amigos. A ustedes, mis amigos, les mando que vayan desde Alaska hasta Tierra de Fuego, a anunciar la Buena Nueva, a denunciar las injusticias, las inmoralidades, las desigualdades. Ustedes son mis discípulos, mis misioneros, y les espera esta encomienda: la misión continental”.
La religión católica es sobrenatural. La fiesta de la Ascensión es sin duda una admonición para no hacer de la religión, la religiosidad, un subterfugio para afianzarse de los bienes materiales.
La aspiración de todo cristiano es caminar en el tiempo, en la patria terrena, para alcanzar la patria celestial. “Quiero que en donde yo esté, también estén ustedes”. La Iglesia es el pueblo de Dios en marcha. La Iglesia es un pueblo que camina y la pregunta es: ¿Hacia dónde camina?
Si en una reunión de cristianos --niños, jóvenes, adultos y algunos en el otoño de la vida--se les formula la misma pregunta: “Tú, ¿para qué eres cristiano?, la respuesta de todos será una: “Para salvarme”.
El Hijo de Dios bajó para que los hombres subieran. El Hijo de Dios subió para ser único abogado ante el Padre, y para preparar el camino de subida a todos los hombres del tiempo hacia la eternidad con Él.
José R. Ramírez Mercado
Les prometió, y ha cumplido, que seguiría con ellos siempre “hasta la consumación de los siglos, siempre con su poder divino y siempre con la voluntad universal: “No he venido a condenar, sino para que todos se salven”.
Al misterio de hoy se le llama la Ascensión del Señor. Ascendió quien treinta y tantos años desendió del seno del Padre al seno de María.
Así termina su ciclo o su etapa como hombre --sin dejar de ser Dios en medio de los hombres--, que marcaría una estela de luz en la historia de la humanidad.
Citó a sus amigos fieles, a los once que le quedaban, para rubricar delante de ellos su estancia visible en a tierra.
Mas no habría de permanecer visible siempre. Una pregunta a los cristianos del Siglo XXI: ¿Les hubiera gustado que así como lo vieron los apóstoles, lo escucharon y hasta tocaron sus pies y sus manos, los cristianos de este tiempo experimentaran algo igual? La respuesta rotunda es no. Porque el Señor vino a fundar un reino de fe, de esperanza y de amor, y su presencia no favorecería la actitud de veinte siglos de cristianismo de los que en Él han puesto su esperanza, pues creen que es el Hijo de Dios sin haberlo visto.
Así, para bien de la humanidad, Cristo dejó un reino invisible, y en éste, Él presentey actuante.
Despedida triste
Los once lo miraban absortos; ni siquiera entendían el sigificado de esa reunión. ¿Para qué los había citado a ese lugar? Mas luego lo entendieron: estaban allí viéndolo. Pero era la última vez que lo miraban sus ojos. En adelante lo seguirían viendo con los ojos de la fe.
El tiempo que precedió a la Ascensión fue la edad de oro del cristianismo, fue la presencia visible de Cristo. Fue aquella época bendita de historia, cuando se pudo escribir: “El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros”. Ellos, los once, fueron discípulos atentos a no perder ni una sola de sus palabras, de sus enseñazas; con los ojos muy abiertos a los milagros que brotaban de ,las manos taumaturgas de su Señor.
Pero aquellos tiempos pasaron, como pasa todo lo que está en el tiempo; gozaron mucho y ahora sentían que ese gozo tenía allí punto final.
“Ustedes serán mis testigos”
Para esto los llamó, los trajo junto con él y era el momento para dejar con ellos el Reino, la Iglesia, la Buena Nueva; el mensaje de la Nueva Alianza para el nuevo pueblo, ya no para el de Israel solamente, sino para un nuevo pueblo de amor, de justicia, de paz y de gracia, con una organización por Él deseada: Cefas --Pedro-- a la cabeza y los otros diez con él, depositarios del tesoro a ellos confiado, un reino universal.
Y a la mirada de ellos “se fue elevando” hasta que una nube lo cubrió”. No fue un final, sino un principio. Ellos, hombres de carne y hueso sin prestigio, sin dinero, sin cultura, eran ya la Iglesia, ahí nacida. Se miraron de nuevo unos a otros. A Él ya no lo mirarían, lo habían entendido. Eran once hombres nuevos en un mundo nuevo. Les esperaba una empresa colosal. Ellos tenían una encomienda: ser testigos de Cristo, y Éste resucitado.
“Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la Creación”
Era una misión universal, ya no dentro de los ámbitos de Judea, Galilea y Samaria. Sabían que les esperaba la cruz, pues Cristo les había dicho: “El que quiera ser mi seguidor, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga”. Serían llevados a los tribunales, juzgados y sentenciados. “Si esto han hecho con el palo verde, ¿qué no harán con el leño seco?”. Ellos eran los leños secos. Y habrían de arder porque ellos eran --como también de los dijo Cristo-- “la luz del mundo”. Con su luz, la luz de la fe en Cristo, iluminarían los caminos de Asia, de Europa y de las Islas.
Ellos fueron los primeros misioneros. La palabra “misionero” viene del verbo latino mito, yo envío; missi, yo envié. Se les puede ver peregrinos, con el báculo en la mano, el corazón encendido de amor y agradecidos de haber sido escogidos. Se acabó la quietud: serían peregrinos errantes por el mundo. Allí nació la Iglesia misionera.
Misionera es la imagen, el oficio de la Iglesia. Primero ellos, después sus discípulos, después los discípulos de los discípulos. Y así, siempre ha habido heraldos, pregoneros con el corazón y las venas henchidas de fe y dispuestos a demostrar su amor con su propia sangre.
La Ascensión es el documento oficial para acreditar a aquellos hombres con el título de misioneros.
Veinte siglos después
Acá en América Latina y el Caribe, reunidos los obispos en Aparecida, Brasil, el año 2006, como los apóstoles misioneros iniciales, estos apóstoles escucharon las palabras del Señor: “Ustedes ya no son siervos, sino amigos. A ustedes, mis amigos, les mando que vayan desde Alaska hasta Tierra de Fuego, a anunciar la Buena Nueva, a denunciar las injusticias, las inmoralidades, las desigualdades. Ustedes son mis discípulos, mis misioneros, y les espera esta encomienda: la misión continental”.
La religión católica es sobrenatural. La fiesta de la Ascensión es sin duda una admonición para no hacer de la religión, la religiosidad, un subterfugio para afianzarse de los bienes materiales.
La aspiración de todo cristiano es caminar en el tiempo, en la patria terrena, para alcanzar la patria celestial. “Quiero que en donde yo esté, también estén ustedes”. La Iglesia es el pueblo de Dios en marcha. La Iglesia es un pueblo que camina y la pregunta es: ¿Hacia dónde camina?
Si en una reunión de cristianos --niños, jóvenes, adultos y algunos en el otoño de la vida--se les formula la misma pregunta: “Tú, ¿para qué eres cristiano?, la respuesta de todos será una: “Para salvarme”.
El Hijo de Dios bajó para que los hombres subieran. El Hijo de Dios subió para ser único abogado ante el Padre, y para preparar el camino de subida a todos los hombres del tiempo hacia la eternidad con Él.
José R. Ramírez Mercado