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Por la cruz, a la luz
Habiéndonos dejado envolver por este mundo enajenante, hemos llegado a convertir la fe en una caricatura
Es una verdad insoslayable que hoy por hoy, el testimonio de la mayoría de “creyentes católicos” deja mucho que desear, y es por ello que el número de miembros de nuestra Iglesia que abandonan su vida de piedad, sus creencias, su Iglesia y hasta al mismo Dios, se incrementa a pasos jamás imaginados.
Y es que habiéndonos dejado envolver por este mundo enajenante --el cual ofrece una falsa y aberrante felicidad, basada en el poder, el poseer, el placer y el parecer--, o tal vez influenciados por la avalancha de corrientes de espiritualidad extrañas a nuestra cultura cristiana, hemos llegado a convertir aquella fe recibida como un gran don en nuestro bautismo --cuyo simbolismo deja ver la necesidad de morir a todo lo que no está en el plan de Dios, primordialmente todo lo que significa pecado; es decir “no-amor” a Él y a los demás, para renacer a la vida divina--, en una caricatura, en una religión “light” ligera, superficial, que sólo busca lo confortable lo fascinante, lo sensiblemente agradable. Una religión basada en prácticas y ritualismos que no representen esfuerzo, ni sacrificio, y mucho menos renuncia a nada; de arriesgar la vida por la fe, ¡ni hablar!
Y Jesús nos habla muy claro y preciso en el pasaje evangélico que hoy recordamos en la Eucaristía dominical: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Si realmente queremos ser de los suyos, ser sus discípulos, hemos de aceptar los riesgos y las consecuencias que de ello surgen; es decir, por creer en Él, vivir como Él y seguirlo; de otra manera nno podemos serlo. O lo que es lo mismo, no podemos tener parte con Él en este mundo y en la vida eterna, y Él nos desconocerá en el día final.
Cargar la cruz significa, pues, el sacrificio y la entrega de la propia vida. Siendo un memorial de la Pasión y muerte de Jesús, así como de nuestra redención, simboliza también la inmolación espiritual del cristiano, la penitencia y la unión con los padecimientos de Cristo, fundamento y raíz de la verdadera alegría.
Afirmaba al respecto el Beato Juan Pablo II, testigo fiel de lo que es cargar la cruz con amor y sumisión: “Símbolo de la fe, la cruz es también símbolo del sufrimiento que conduce a la gloria, de la pasión que conduce a la resurrección. ‘Por la cruz, llegar a la luz’; este proverbio, profundamente evangélico, nos dice que, vivida en su verdadero significado, la cruz del cristiano es siempre una cruz pascual...”. Por ella nos identificamos con Jesucristo que es también compartir su destino: “Donde yo esté, estará también el que me sirve” (Jn 12, 26). El cristiano corre la misma suerte del Señor, incluso hasta la cruz.
La cruz es el gran símbolo de la caridad. Tal fue la caridad de Jesús, que dio su vida por nosotros, y “no hay mayor amor que dar la vida por la persona que se ama”. Afirma el refrán: “Donde el amor golpeado no suena a sacrificio, no es amor sino egoísmo”.
Así pues, el verdadero amor y la auténtica cruz --no la que nos inventamos, sino la que hemos de cargar por el genuino seguimiento de Cristo y el cumplimiento cabal de la voluntad de Dios-- están íntimamente relacionados.
La Eucaristía es Sacramento de Amor, lo hemos escuchado muchas veces. Y, ¿qué tan conscientes estamos de ello? Para llegar al culmen de la celebración eucarística se ha de recorrer un largo camino: moler los granos de trigo, cernir, amasar, cocer y consagrar.
Así también nosotros tenemos que ser Eucaristía para los demás, pues hemos de ser molidos, cernidos, amasados en nuestra vida, a través de las circunstancias que nos ayuden a amar a los demás. Y amar, lo sabemos, es dar de sí mismo sin pensar en sí mismo. Es darse renunciando a sí mismo,como nos lo manda Jesús.
Si el amor y la cruz están tan estrechamente unidos, y la Eucaristía es Sacramento de Amor, la cruz es parte de la Eucaristía; y no sólo porque en esta última se realiza nuevamente el sacrificio --incruento-- de Jesús, sino también porque aceptarla con amor y fe honesta, como parte de nuestra vida diaria, se traducirá sin duda en nuestro propio sacrificio.
Cuán profundo es el misterio del amor de Dios manifestado en la cruz y la Eucaristía; tan profundo, que no nos alcanzaría nuestra vida para profundizarlo. Sin embargo, habremos de vivirlo intensamente en la medida que el Espíritu Santo nos lo va revelando, en nuestro caminar de discípulos.
Como vemos, no se trata tan sólo de simbolismos, por más solemnes y pomposos actos que se hagan para comemorar “algo”, como una cena, sino de una verdad de fe: Jesús, que padeció en su pasión; que murió en la cruz; que resucitó y que permanece, real y verdaderamente, en el Pan y el Vino consagrados, en la Eucaristía.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx
Y es que habiéndonos dejado envolver por este mundo enajenante --el cual ofrece una falsa y aberrante felicidad, basada en el poder, el poseer, el placer y el parecer--, o tal vez influenciados por la avalancha de corrientes de espiritualidad extrañas a nuestra cultura cristiana, hemos llegado a convertir aquella fe recibida como un gran don en nuestro bautismo --cuyo simbolismo deja ver la necesidad de morir a todo lo que no está en el plan de Dios, primordialmente todo lo que significa pecado; es decir “no-amor” a Él y a los demás, para renacer a la vida divina--, en una caricatura, en una religión “light” ligera, superficial, que sólo busca lo confortable lo fascinante, lo sensiblemente agradable. Una religión basada en prácticas y ritualismos que no representen esfuerzo, ni sacrificio, y mucho menos renuncia a nada; de arriesgar la vida por la fe, ¡ni hablar!
Y Jesús nos habla muy claro y preciso en el pasaje evangélico que hoy recordamos en la Eucaristía dominical: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Si realmente queremos ser de los suyos, ser sus discípulos, hemos de aceptar los riesgos y las consecuencias que de ello surgen; es decir, por creer en Él, vivir como Él y seguirlo; de otra manera nno podemos serlo. O lo que es lo mismo, no podemos tener parte con Él en este mundo y en la vida eterna, y Él nos desconocerá en el día final.
Cargar la cruz significa, pues, el sacrificio y la entrega de la propia vida. Siendo un memorial de la Pasión y muerte de Jesús, así como de nuestra redención, simboliza también la inmolación espiritual del cristiano, la penitencia y la unión con los padecimientos de Cristo, fundamento y raíz de la verdadera alegría.
Afirmaba al respecto el Beato Juan Pablo II, testigo fiel de lo que es cargar la cruz con amor y sumisión: “Símbolo de la fe, la cruz es también símbolo del sufrimiento que conduce a la gloria, de la pasión que conduce a la resurrección. ‘Por la cruz, llegar a la luz’; este proverbio, profundamente evangélico, nos dice que, vivida en su verdadero significado, la cruz del cristiano es siempre una cruz pascual...”. Por ella nos identificamos con Jesucristo que es también compartir su destino: “Donde yo esté, estará también el que me sirve” (Jn 12, 26). El cristiano corre la misma suerte del Señor, incluso hasta la cruz.
La cruz es el gran símbolo de la caridad. Tal fue la caridad de Jesús, que dio su vida por nosotros, y “no hay mayor amor que dar la vida por la persona que se ama”. Afirma el refrán: “Donde el amor golpeado no suena a sacrificio, no es amor sino egoísmo”.
Así pues, el verdadero amor y la auténtica cruz --no la que nos inventamos, sino la que hemos de cargar por el genuino seguimiento de Cristo y el cumplimiento cabal de la voluntad de Dios-- están íntimamente relacionados.
La Eucaristía es Sacramento de Amor, lo hemos escuchado muchas veces. Y, ¿qué tan conscientes estamos de ello? Para llegar al culmen de la celebración eucarística se ha de recorrer un largo camino: moler los granos de trigo, cernir, amasar, cocer y consagrar.
Así también nosotros tenemos que ser Eucaristía para los demás, pues hemos de ser molidos, cernidos, amasados en nuestra vida, a través de las circunstancias que nos ayuden a amar a los demás. Y amar, lo sabemos, es dar de sí mismo sin pensar en sí mismo. Es darse renunciando a sí mismo,como nos lo manda Jesús.
Si el amor y la cruz están tan estrechamente unidos, y la Eucaristía es Sacramento de Amor, la cruz es parte de la Eucaristía; y no sólo porque en esta última se realiza nuevamente el sacrificio --incruento-- de Jesús, sino también porque aceptarla con amor y fe honesta, como parte de nuestra vida diaria, se traducirá sin duda en nuestro propio sacrificio.
Cuán profundo es el misterio del amor de Dios manifestado en la cruz y la Eucaristía; tan profundo, que no nos alcanzaría nuestra vida para profundizarlo. Sin embargo, habremos de vivirlo intensamente en la medida que el Espíritu Santo nos lo va revelando, en nuestro caminar de discípulos.
Como vemos, no se trata tan sólo de simbolismos, por más solemnes y pomposos actos que se hagan para comemorar “algo”, como una cena, sino de una verdad de fe: Jesús, que padeció en su pasión; que murió en la cruz; que resucitó y que permanece, real y verdaderamente, en el Pan y el Vino consagrados, en la Eucaristía.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx