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¿Podemos ver a Dios?
Todas las conversaciones de Jesús con sus discípulos estuvieron llenas de contenido profundo
Todas las conversaciones de Jesús con sus discípulos estuvieron llenas de contenido profundo. Cada vez que el Señor platicaba con ellos, les compartía grandes verdades del corazón de Dios; en ocasiones ellos también le hacían preguntas, muchas de las cuales reflejaban lo que había en su interior. Un ejemplo de esto sucedió durante un evento que relata San Juan 14, 1-12, donde Jesús les estaba anticipando el tiempo en el que sus seguidores estarían con Él por la eternidad; y es precisamente de este pasaje de la Biblia, de donde podemos aprender una hermosa verdad.
Jesús les estaba hablando de un día en el cual Él volvería para llevar a sus discípulos a lo que el Señor llamó “la casa de mi Padre”. Esto despertó la curiosidad del famoso Tomás, quien no entendía lo que significaba que ellos supuestamente conocían el camino al lugar donde estaba Dios, así que aprovechó que estaban solos y relativamente tranquilos para preguntarle sobre ese lugar y esa casa.
Esto permitió que Jesús dijera una frase que ha quedado como una de las perlas del evangelio: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”. En otras palabras, Jesús estaba afirmando categóricamente que Él es el camino que reconcilia a los hombres con Dios, y que permite que un ser humano encuentre el cielo. Hay un refrán muy conocido que dice “todos los caminos llevan a Dios”, y aunque suena muy razonable, la verdad es que está en franco desacuerdo con las palabras de Jesús, ya que si así fuera, el propio Jesús hubiera dicho algo como “Yo soy un camino al cielo, y algunos pueden llegar al Padre a través de mí, pero otros lo pueden hacer por otros caminos”, cosa que Jesús nunca dijo, y ni siquiera insinuó.
Cuando estaban tocando este tema, otro de los discípulos, Felipe, se atrevió a hacer una petición a Jesús, algo que quizá no se hubiera atrevido, pero que dadas las circunstancias era posible pedir: le rogó que les mostrara a Dios el Padre. Seguramente Felipe conocía muy bien los relatos de las Escrituras que contaban aquellos momentos maravillosos en los que los hombres pudieron ver a Dios, como en el caso de Moisés, o de Abraham, y anhelaba tener esa misma visión.
Pudiera ser que Felipe estaba flaqueando en su fe, o deseaba una prueba más convincente de que Jesús era quien afirmaba ser; el caso es que para él sería suficiente si pudiera tener una manifestación visible del Padre. En realidad, conozco mucha gente (incluyéndome a mí) que nos encantaría de alguna manera ver a Dios.
Lo más impresionante fue la respuesta de Jesús. Quizá hubiera sido más sencillo que Jesús hablara con su Padre y le rogara que hiciera una breve manifestación de su presencia, de modo que los discípulos quedaron complacidos; pero en cambio, el Señor hizo una afirmación maravillosa: “Hace tanto que estoy con vosotros, y ¿no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?”.
Jesús afirmó claramente que al verlo a Él, estaban viendo a Dios, ya que Jesús es absolutamente Dios. Por otra parte, el corazón de Jesús reflejaba tan perfectamente al corazón de su Padre, que prácticamente no había diferencia entre ellos, por lo que podían estar seguros de que el Padre amaba, hablaba, cuidaba, enseñaba y muchas cosas más, exactamente de la misma manera que Jesús lo hacía.
Esto quizá al principio les descontroló un poco, y no es para menos, ya que seguramente ellos tenían una serie de ideas preconcebidas acerca de Dios el Padre, las cuales quizá no encajaban perfectamente en lo que ellos veían en Jesús; pero la buena noticia era que quienes estaban equivocados respecto a Dios el Padre eran ellos. ¡Eran ellos los que necesitaban darse cuenta de lo maravilloso que era el Padre, porque su Maestro era maravilloso!
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com
Jesús les estaba hablando de un día en el cual Él volvería para llevar a sus discípulos a lo que el Señor llamó “la casa de mi Padre”. Esto despertó la curiosidad del famoso Tomás, quien no entendía lo que significaba que ellos supuestamente conocían el camino al lugar donde estaba Dios, así que aprovechó que estaban solos y relativamente tranquilos para preguntarle sobre ese lugar y esa casa.
Esto permitió que Jesús dijera una frase que ha quedado como una de las perlas del evangelio: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”. En otras palabras, Jesús estaba afirmando categóricamente que Él es el camino que reconcilia a los hombres con Dios, y que permite que un ser humano encuentre el cielo. Hay un refrán muy conocido que dice “todos los caminos llevan a Dios”, y aunque suena muy razonable, la verdad es que está en franco desacuerdo con las palabras de Jesús, ya que si así fuera, el propio Jesús hubiera dicho algo como “Yo soy un camino al cielo, y algunos pueden llegar al Padre a través de mí, pero otros lo pueden hacer por otros caminos”, cosa que Jesús nunca dijo, y ni siquiera insinuó.
Cuando estaban tocando este tema, otro de los discípulos, Felipe, se atrevió a hacer una petición a Jesús, algo que quizá no se hubiera atrevido, pero que dadas las circunstancias era posible pedir: le rogó que les mostrara a Dios el Padre. Seguramente Felipe conocía muy bien los relatos de las Escrituras que contaban aquellos momentos maravillosos en los que los hombres pudieron ver a Dios, como en el caso de Moisés, o de Abraham, y anhelaba tener esa misma visión.
Pudiera ser que Felipe estaba flaqueando en su fe, o deseaba una prueba más convincente de que Jesús era quien afirmaba ser; el caso es que para él sería suficiente si pudiera tener una manifestación visible del Padre. En realidad, conozco mucha gente (incluyéndome a mí) que nos encantaría de alguna manera ver a Dios.
Lo más impresionante fue la respuesta de Jesús. Quizá hubiera sido más sencillo que Jesús hablara con su Padre y le rogara que hiciera una breve manifestación de su presencia, de modo que los discípulos quedaron complacidos; pero en cambio, el Señor hizo una afirmación maravillosa: “Hace tanto que estoy con vosotros, y ¿no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?”.
Jesús afirmó claramente que al verlo a Él, estaban viendo a Dios, ya que Jesús es absolutamente Dios. Por otra parte, el corazón de Jesús reflejaba tan perfectamente al corazón de su Padre, que prácticamente no había diferencia entre ellos, por lo que podían estar seguros de que el Padre amaba, hablaba, cuidaba, enseñaba y muchas cosas más, exactamente de la misma manera que Jesús lo hacía.
Esto quizá al principio les descontroló un poco, y no es para menos, ya que seguramente ellos tenían una serie de ideas preconcebidas acerca de Dios el Padre, las cuales quizá no encajaban perfectamente en lo que ellos veían en Jesús; pero la buena noticia era que quienes estaban equivocados respecto a Dios el Padre eran ellos. ¡Eran ellos los que necesitaban darse cuenta de lo maravilloso que era el Padre, porque su Maestro era maravilloso!
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com