Suplementos

Perdón sin disculpa

Ofrecer disculpas es el primer paso para la reconciliación por un agravio, sin embargo la aceptación del perdón no depende de la voluntad del presente

GUADALAJARA, JALISCO (24/JUL/2016).- Alejamiento de la culpa”, de ahí proviene la palabra disculpa. Ofrecer disculpas es colocar, en las manos del otro, el poder de extirpar el tan religioso sentimiento de culpa. Perdonar es suprimir la semilla de la culpabilidad. Liberar a una persona de la responsabilidad por traicionar o defraudar. El perdón, las disculpas, juegan un rol fundamental en nuestra sociedad. Disculparse significa aceptar responsabilidad; entender el sentimiento de decepción del otro y comenzar, lenta y gradualmente, un proceso de reconciliación. No es menor que lo primero que se nos ocurre cuando ofendemos a alguien es pedirle perdón, ofrecer sinceras disculpas. El perdón no remedia el pasado, pero si permite limar los agravios con la cara puesta en una reconciliación futura.

El perdón es también un poderoso instrumento político. La historia está llena de agravios, pero también está repleta de disculpas. Hace un año exactamente, el Papa Francisco pedía perdón por los crímenes de la Iglesia durante la Conquista de América. Un suceso que se remonta a finales del siglo XV y a inicios de la dieciseisava centuria. En febrero del 2000, Johannes Rau, presidente de Alemania, pidió perdón por el Holocausto: “No permitiremos que la xenofobia, el racismo y el nacionalismo se vuelvan a instalar en Europa”. El perdón no corrige la historia, pero si pavimenta un camino de reconciliación. Aceptar el agravio a un tercero es asumir su indignación y, aunque no significa el cierre total de un capítulo doloroso, si permite comenzar a tejer lazos de confianza entre pueblos y entre gobiernos. La disculpa es reconocimiento: reconocer un agravio, reconocer que no se actuó correctamente, reconocer que se infligió daño. Si el perdón no fuera un poderoso discurso político de corrección histórica: ¿Por qué existe tanta indignación por el hecho de que el Gobierno turco no admita el genocidio armenio y, por ende, no ofrezca disculpas? ¿Por qué se le pidió con tanta vehemencia a Obama que condenara y ofreciera disculpa por los ataques atómicos al Japón?

Por ello llamó tanto la atención el perdón del Presidente Enrique Peña Nieto. Al promulgar las leyes reglamentarias del Sistema Nacional Anticorrupción, Peña Nieto ofreció disculpas por el escándalo de la Casa Blanca, que destaparon los periodistas Daniel Lizárraga e Irving Huerta. Para no malinterpretar sus palabras, citamos directamente el discurso del Presidente: “No obstante que me conduje conforme a la ley, este error afectó a mi familia, lastimó la investidura presidencial y dañó la confianza en el gobierno... Si queremos recuperar la confianza ciudadana, todos tenemos que ser autocríticos; tenemos que vernos en el espejo, empezando por el propio Presidente de la República. En noviembre de 2014, la información difundida sobre la llamada Casa Blanca causó gran indignación. Este asunto me reafirmó que los servidores públicos, además de ser responsables de actuar conforme a derecho y con total integridad, también somos responsables de la percepción que generamos con lo que hacemos, y en esto, reconozco, que cometí un error. En carne propia sentí la irritación de los mexicanos. La entiendo perfectamente, por eso, con toda humildad, les pido perdón. Les reitero mi sincera y profunda disculpa por el agravio y la indignación que les causé”.

En primer lugar, si analizamos las palabras del Presidente, no queda claro por qué pide perdón. Todo parece indicar que Peña Nieto ofrece disculpas por la “percepción que generó” y por la “indignación y agravio” que causó. Sin embargo, no admite error alguno, ya que señala que actuó conforme a derecho y a las leyes. Paradójico, el jefe de Estado pide disculpas por la reacción de los mexicanos, por su percepción, y no por alguna acción en particular. Es como si un esposo se disculpa con su mujer por hacerla enojar, en lugar de asumir que el enojo es producto de algo, pedir disculpa por la causa no por las consecuencias. La racionalidad o insensatez de la respuesta, de la reacción en sí misma, es sólo responsabilidad de la víctima, nunca del ofensor. Por lo tanto, el Presidente no se está disculpando por nada, no ofrece perdón por nada, por lo que dificilmente se puede tomar como un acto sincero de contrición ante la opinión pública.

En el mismo sentido, a diferencia de los casos antes citados en donde el “perdón” es el único instrumento para la reconciliación, ya que la mayoría de los agravios son históricos y han pasado siglos desde que tuvieron lugar, en el caso de Peña Nieto, la reconciliación y la restauración del vínculo de confianza se encuentran íntimamente relacionado con las acciones para corregir los errores del pasado. Es cierto, aunque Obama pida perdón por las bombas atómicas en contra de Nagasaki e Hiroshima, no evitará que ambas ciudades queden destruidas e inhabitables. De la misma forma, el perdón no devuelve vidas y no entierra un recuerdo tan doloroso. Tampoco puede remediar mucho el Papa cuando habla de los crímenes de la iglesia durante la Conquista o en las Cruzadas. Sin embargo, Peña Nieto sí tiene a la mano, soluciones a sus problemas de credibilidad. En el caso puntual de la Casa Blanca, ¿Por qué no ordena el Presidente de la República una investigación, conducida por Naciones Unidas, que determine si Peña Nieto cayó en algún conflicto de interés al otorgar contratos de obra pública al Grupo Higa durante su periodo como gobernador del Estado de México y en estos años al frente del Ejecutivo Federal? ¿No sería un buen paso para recuperar la credibilidad perdida que el Presidente incluyera en las leyes reglamentarias del SNA, con total claridad, que él es también sujeto de responsabilidad por delitos de corrupción?

Los ciudadanos quieren acciones, no discursos. Agregó Peña Nieto en la promulgación de las leyes anticorrupción. Como en cualquier relación de amigos, pareja o familia, el perdón también implica arrepentimiento y reparación del daño. En toda esta novela, que empezó con la publicación de uno de los reportajes periodísticos más importantes en décadas en el país, la primera dama salió a “dar la cara” y nos regañó a todo el país por no creer en sus versiones. Dos periodistas perdieron su trabajo, precisamente por su empeño en revelar la verdad de un caso que cimbró al país. Las instituciones fueron presa de un desgaste sin parangón en el México democrático. El Secretario de la Función Pública, Virgilio Andrade, encabezó una investigación que sabíamos que terminaría con la absolución, sin matices, del Presidente. La Casa Blanca le ha hecho mucho daño al país y la reconciliación con la Presidencia sólo podrá ser una realidad, si Peña Nieto está dispuesto a abrir las ventanas de Los Pinos y permitir una investigación autónoma. El tiempo no cerrará el caso, Ayotzinapa es un ejemplo de la necesidad de la verdad como única forma de dar vuelta a una página política que causa indignación en México.

El perdón es una de esas maravillosas prerrogativas exclusivas de quien se siente agraviado.

Ofrecer disculpas es monopolio de quien asume que se equivocó, pero su aceptación y, por lo tanto, la reconciliación son una “venganza silenciosa” de la víctima. Escándalos como el de la Casa Blanca no sólo mancha la credibilidad y lastima la investidura presidencial. Las consecuencias salpicaron al sistema en general: al sistema de partidos, a la relación entre los políticos y los intereses económicos. Como Ayotzinapa y otros casos, la Casa Blanca desnudó, con datos, todo lo que muchos ciudadanos sospechan de los políticos: que están ahí para proteger sus intereses y no para defender el interés público. De la misma forma, los partidos de oposición se comportaron de forma lamentable y no ejercieron su papel de contrapeso al Poder Ejecutivo. Tanto en discurso como en la práctica, se la perdonaron al Presidente. Por ello, el Presidente debe especificarnos por qué pide perdón: ¿Acepta el conflicto de interés? ¿Acepta que las sospechas de los mexicanos son fundadas? ¿Acepta que su Gobierno ha sido incapaz de abrir una investigación seria? Sin estas interrogantes resueltas, el perdón no será disculpa. El perdón no será reconciliación.

Temas

Sigue navegando