Suplementos
Pedir para recibir
A la hora de pedir a Dios, es bueno mirar bien lo que pedimos
En el Evangelio, Jesús nos anima a pedir. Especialmente nos invita a pedir a Dios aquello que más necesitamos para nuestra vida, para nuestra familia, para nuestro mundo, y sobre todo para nosotros mismos ser mejores.
Aunque en otro momento también afirma que nuestro Padre Dios está siempre dispuesto a dar, porque antes que la plegaria llegue a nuestros labios ya Él la conoce, y mucho antes que la súplica se exprese, ya tiene en sus manos el don que le vamos a pedir.
Es evidente que todo lo que tenemos y hemos adquirido, lo hemos recibido de Dios, comenzando por la vida, y de allí todo lo demás, sea en el campo espiritual, como en lo personal y material.
Lo verdaderamente desconcertante, es que muchos seres humanos se empeñan en desconocer esto, y lo bueno que a sus manos llega lo atribuyen a la casualidad, la suerte, el horóscopo y quién sabe cuántas faramallas.
Es también sumamente interesante darnos cuenta de que vamos a pedirle a Dios con fervor, con mucho entusiasmo, y luego decimos que no nos hizo caso.
No nos damos cuenta de que nuestra plegaria ya fue atendida desde el principio y que Dios nos dio con creces lo solicitado, pero faltaba lo mínimo, tal vez el uno por ciento, o menos, que es lo que toca a cada uno poner de su parte... y allí es donde no hemos cumplido.
Es evidente que lo más importante que hemos de pedir es aquello que nos ayuda a ser mejores, a quitarnos los malos hábitos, a alejarnos del pecado, a darnos cuenta de que la vida es la única oportunidad que tenemos para hacer algo útil, significativo y hermoso con nosotros mismos, pero desde adentro, desde donde nace lo más genuino de nuestro yo.
La vida es la única oportunidad que Dios nos da para realizarnos conforme a lo que Dios quiere que hagamos, o sea para cumplir esa misión para la cual hemos venido a este mundo.
Lo demás vendrá de pilón, decimos en México... el bienestar, la alegría, la felicidad, el gozo por el deber cumpllido, la satisfacción de ser útiles, el regocijo de compartir, de poder dar amor y recibir amor, el júbilo de comunicar vida y la dicha de ver crecer a la familia.
Y dándole vuelta a la moneda, también el Señor nos indica que cada uno debe tener las manos abiertas para dar a quien le pide, y también a quien no pide, a quien tenemos compromiso de sostener y compartir y, desde luego, a quienes vemos en necesidad.
Pedir y dar son dos movimientos pendulares, y si aquello que repartimos desde nuestra persona está hecho en nombre de Dios, ciertamente Él retribuye con creces aquello que se da en su nombre.
A la hora de pedir a Dios, es bueno mirar bien lo que pedimos, porque si vamos a pedir “cositerías”, o lo superfluo, nos quedaremos más pobres que antes.
Recuerdo aquella breve oración que dice:
No pido a Dios que me quite las dificultades,
sino que me dé ánimo para enfrentarlas
y claridad para resolverlas.
De aquí se deduce que hay algo mucho más importante que lo material y lo accidental, a niveles más grandes, y que no va a ser fácil que Dios nos quite las dificultades y problemas, si nosotros insistimos en meternos en ellos.
Por lo tanto, no tengamos miedo al pedir, pero tampoco nos rehusemos al dar, y no pongamos obstáculos a la gracia y a la bendición que Dios quiere darnos cada día.
María Belén Sánchez fsp
Aunque en otro momento también afirma que nuestro Padre Dios está siempre dispuesto a dar, porque antes que la plegaria llegue a nuestros labios ya Él la conoce, y mucho antes que la súplica se exprese, ya tiene en sus manos el don que le vamos a pedir.
Es evidente que todo lo que tenemos y hemos adquirido, lo hemos recibido de Dios, comenzando por la vida, y de allí todo lo demás, sea en el campo espiritual, como en lo personal y material.
Lo verdaderamente desconcertante, es que muchos seres humanos se empeñan en desconocer esto, y lo bueno que a sus manos llega lo atribuyen a la casualidad, la suerte, el horóscopo y quién sabe cuántas faramallas.
Es también sumamente interesante darnos cuenta de que vamos a pedirle a Dios con fervor, con mucho entusiasmo, y luego decimos que no nos hizo caso.
No nos damos cuenta de que nuestra plegaria ya fue atendida desde el principio y que Dios nos dio con creces lo solicitado, pero faltaba lo mínimo, tal vez el uno por ciento, o menos, que es lo que toca a cada uno poner de su parte... y allí es donde no hemos cumplido.
Es evidente que lo más importante que hemos de pedir es aquello que nos ayuda a ser mejores, a quitarnos los malos hábitos, a alejarnos del pecado, a darnos cuenta de que la vida es la única oportunidad que tenemos para hacer algo útil, significativo y hermoso con nosotros mismos, pero desde adentro, desde donde nace lo más genuino de nuestro yo.
La vida es la única oportunidad que Dios nos da para realizarnos conforme a lo que Dios quiere que hagamos, o sea para cumplir esa misión para la cual hemos venido a este mundo.
Lo demás vendrá de pilón, decimos en México... el bienestar, la alegría, la felicidad, el gozo por el deber cumpllido, la satisfacción de ser útiles, el regocijo de compartir, de poder dar amor y recibir amor, el júbilo de comunicar vida y la dicha de ver crecer a la familia.
Y dándole vuelta a la moneda, también el Señor nos indica que cada uno debe tener las manos abiertas para dar a quien le pide, y también a quien no pide, a quien tenemos compromiso de sostener y compartir y, desde luego, a quienes vemos en necesidad.
Pedir y dar son dos movimientos pendulares, y si aquello que repartimos desde nuestra persona está hecho en nombre de Dios, ciertamente Él retribuye con creces aquello que se da en su nombre.
A la hora de pedir a Dios, es bueno mirar bien lo que pedimos, porque si vamos a pedir “cositerías”, o lo superfluo, nos quedaremos más pobres que antes.
Recuerdo aquella breve oración que dice:
No pido a Dios que me quite las dificultades,
sino que me dé ánimo para enfrentarlas
y claridad para resolverlas.
De aquí se deduce que hay algo mucho más importante que lo material y lo accidental, a niveles más grandes, y que no va a ser fácil que Dios nos quite las dificultades y problemas, si nosotros insistimos en meternos en ellos.
Por lo tanto, no tengamos miedo al pedir, pero tampoco nos rehusemos al dar, y no pongamos obstáculos a la gracia y a la bendición que Dios quiere darnos cada día.
María Belén Sánchez fsp