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Pastel endulza la vida de un pueblo en Estados Unidos
Es la idea que tuvo hace seis meses un joven inversionista, Brian Murphy, al lanzar una pastelería artesanal
Para ser "auténtico", el verdadero pastel de Smith Island, cuya receta se transmite de generación en generación en la bahía de Chesapeake, debe prepararse evidentemente en la isla estadounidense que lleva su nombre.
Es la idea que tuvo hace seis meses un joven inversionista, Brian Murphy, al lanzar una pastelería artesanal en la pequeña isla que, desde entonces, envía sus pasteles a todo el país por correo y le ha dado un nuevo impulso a la única isla habitada del Estado de Maryland (Noreste).
La tarta tradicional -"totalmente opuesta a lo 'light'", admite Kristen Manzo, la joven gerenta de Smith Island Baking Company- está compuesta por 10 capas de fina pasta cocinadas al horno, recubiertas cada una de cacao, vainilla, leche condensada y mantequilla, cuidadosamente apiladas para un glaseado final todo de chocolate.
Una variante agrega capas de mantequilla de maní a la suculenta tarta convertida en el postre "oficial" de Maryland.
Un horno eléctrico, un mezclador industrial, algunos bancos: la pastelería se instaló en junio en una tienda vacía con el objetivo de emplear a personal local y alcanzar una facturación anual de medio millón de dólares.
"Creamos empleos y promocionamos la isla", afirma Kristen Manzo, de 28 años, originaria de Baltimore pero que se enamoró de este lugar perdido en medio de la bahía de Chesapeake, el mayor estuario de Estados Unidos.
Un puñado de irreductibles todavía vive en este islote de 800 metros de largo, otrora próspero gracias a la pesca de cangrejo y la recolección de ostras.
Debido a la contaminación y la sobrepesca, estos ingresos cayeron fuertemente y la isla se despobló. "Es difícil hacer que la gente se quede. La vida es dura aquí. En mi infancia éramos 700", afirma Cynthia Bradshaw, de 51 años, encargada de la única tienda de comestibles y que lamenta "una cultura que muere", aunque celebra la apertura de la pastelería.
"Nos gusta lo que hacemos y lo hacemos bien", afirmó Kristen, que dirige actualmente ocho pastelerías de tiempo completo, en la isla o en el "continente" cercano, el 5% de las personas de la aldea de pescadores, que cuenta con unas 200.
Para la semana anterior a Navidad, los pedidos se multiplican, pero el ritmo de producción diario es de 53.
"Debí rechazar un pedido. En determinado momento hay que saber decir que no", afirma la directora de marketing, Karla Graham, indicando que el espacio y el tiempo impiden acelerar la producción. Se demora casi una hora en preparar un pastel.
"Mi objetivo es entregar pasteles en los 50 estados del país", afirma Kristen, frente a un mapa donde están marcados los 21 Estados, más Canadá, donde el correo ya envió el preciado postre, a un costo de 30 o 42 dólares, según el tamaño.
La pastelería se ha convertido además en un lugar de paso para los habitantes de la zona. "Todos nos alientan", afirma Karla Graham, responsable de las ventas, que sueña con ver un día una "Smith Island Cake" en la mesa de la Casa Blanca.
Es la idea que tuvo hace seis meses un joven inversionista, Brian Murphy, al lanzar una pastelería artesanal en la pequeña isla que, desde entonces, envía sus pasteles a todo el país por correo y le ha dado un nuevo impulso a la única isla habitada del Estado de Maryland (Noreste).
La tarta tradicional -"totalmente opuesta a lo 'light'", admite Kristen Manzo, la joven gerenta de Smith Island Baking Company- está compuesta por 10 capas de fina pasta cocinadas al horno, recubiertas cada una de cacao, vainilla, leche condensada y mantequilla, cuidadosamente apiladas para un glaseado final todo de chocolate.
Una variante agrega capas de mantequilla de maní a la suculenta tarta convertida en el postre "oficial" de Maryland.
Un horno eléctrico, un mezclador industrial, algunos bancos: la pastelería se instaló en junio en una tienda vacía con el objetivo de emplear a personal local y alcanzar una facturación anual de medio millón de dólares.
"Creamos empleos y promocionamos la isla", afirma Kristen Manzo, de 28 años, originaria de Baltimore pero que se enamoró de este lugar perdido en medio de la bahía de Chesapeake, el mayor estuario de Estados Unidos.
Un puñado de irreductibles todavía vive en este islote de 800 metros de largo, otrora próspero gracias a la pesca de cangrejo y la recolección de ostras.
Debido a la contaminación y la sobrepesca, estos ingresos cayeron fuertemente y la isla se despobló. "Es difícil hacer que la gente se quede. La vida es dura aquí. En mi infancia éramos 700", afirma Cynthia Bradshaw, de 51 años, encargada de la única tienda de comestibles y que lamenta "una cultura que muere", aunque celebra la apertura de la pastelería.
"Nos gusta lo que hacemos y lo hacemos bien", afirmó Kristen, que dirige actualmente ocho pastelerías de tiempo completo, en la isla o en el "continente" cercano, el 5% de las personas de la aldea de pescadores, que cuenta con unas 200.
Para la semana anterior a Navidad, los pedidos se multiplican, pero el ritmo de producción diario es de 53.
"Debí rechazar un pedido. En determinado momento hay que saber decir que no", afirma la directora de marketing, Karla Graham, indicando que el espacio y el tiempo impiden acelerar la producción. Se demora casi una hora en preparar un pastel.
"Mi objetivo es entregar pasteles en los 50 estados del país", afirma Kristen, frente a un mapa donde están marcados los 21 Estados, más Canadá, donde el correo ya envió el preciado postre, a un costo de 30 o 42 dólares, según el tamaño.
La pastelería se ha convertido además en un lugar de paso para los habitantes de la zona. "Todos nos alientan", afirma Karla Graham, responsable de las ventas, que sueña con ver un día una "Smith Island Cake" en la mesa de la Casa Blanca.