Suplementos

Para decir 'abbá'

En lo que se refiere a la dimensión espiritual, desde luego que se tiene que alcanzar también el grado máximo de madurez

     Todos nacemos siendo niños; y no nos referimos solamente a los aspectos físico y psicológico, que involucran tamaño, edad, timbre de voz, etc., por un lado, y por otro, la capacidad de razonar, de discernir, de tomar decisiones, etc.,  y otras características que se refieren a estas dimensiones de la persona humana, sino también al aspecto espiritual. Nacemos niños, y nuestro destino es crecer y desarrollarnos; ello implica, como es evidente y sabido de todos, en la dimensión física, el que nuestro cuerpo vaya adquiriendo mayores dimensiones en forma armónica, hasta llegar a la madurez de la edad adulta, y después vendrá el declive hasta el deterioro total, si es que una enfermedad no acaba con él, antes de lo esperado. En la psicológica también se da esa maduración, hasta tener una mente acorde con la edad física, que guarda un sano equilibrio con ésta y con la espiritual, y cuyos signos de madurez son muchos y muy variados, como son la libertad, la dignidad, el respeto a los demás, y todas las capacidades conocidas y que no es necesario, para nuestro objetivo, mencionar aquí.
     En lo que se refiere a la dimensión espiritual, desde luego que se tiene que alcanzar también el grado máximo de madurez, que esté en armonía con las dimensiones restantes de la persona humana, cosa que se alcanza viviendo una relación estrecha con nuestro Creador y Salvador, con nuestro Dios, a través de todos los medios que Él mismo, por su Espíritu que vive en nosotros desde nuestro bautismo, nos ha dado: la oración personal y comunitaria; los sacramentos; la lectura, meditación y reflexión de la Palabra de Dios; la práctica de la caridad, encontrándolo en los demás, especialmente en los más necesitados; en las obras de la creación; en los acontecimientos cotidianos, etc.
     Lo curioso de esto último, y tal vez le podríamos llamar “paradójico”, es que dicha madurez se logra en la medida en que la persona se conserva niño; sí, niño o niña, pero --¡atención!-- a los ojos de Dios, no a los ojos del mundo; y, repetimos, sólo en la dimensión, en el ámbito del espíritu.
     ¡Imagínense qué clase de fenómeno sería aquel ser humano que al paso de los años creciera en edad, más no en estatura, ni en madurez psicológica, y aun más, que se conservara tal cual llegó al mundo!
     Si en los aspectos físico y psicológico la meta es llegar a esa madurez que se manifiesta en un cuerpo adulto desarrollado y armónico y una mente equilibrada y plena de capacidades adultas, en el espiritual la meta es conservar precisamente un espíritu infantil.
     Un espíritu de niño(a), en armonía con un cuerpo y una mente adultas y equilibradas, serán los que conformen al cristiano al estilo de su Maestro, aquel que podrá vivir como Él y conforme a su plan de amor y salvación.
El cristiano que conserva ese espíritu infantil, es aquel que es humilde y manso de corazón; que es sencillo y puro, no obstante la edad que tenga; que acepta la voluntad de Dios,  y se conforma con lo que tiene; que vive en paz, tranquilo, libre de afanes y preocupaciones; que trata a los demás con amor, respeto y cariño; y sobre todo, es aquel que confía total, absoluta y ciegamente en su Padre Dios, por lo que lo obedece incondicionalmente. Por todo ello, es capaz de dirigirse a Él, no sólo de esa manera, sino también como ‘Papá’, ‘Papacito’, ‘Papito’, ‘Papi’, lo que equivale a la expresión que usaba Jesús para dirigirse a su Padre del cielo: ‘Abbá’.
     El Evangelio de hoy nos habla de la importancia que Jesús daba a los niños y nos remite a sus propias palabras: “El que no se haga como niño, no entrará en el Reino de los cielos”(Mt. 18, 3). Que las palabras de Jesús y esta reflexión, nos ayuden a “reconstruir” el(la) niño(a) que todos llevamos dentro, pidiéndole a Dios nos dé un espíritu y por ende un corazón infantil, poniendo nosotros lo que está de nuestra parte, lo que significa comenzar por actuar como niños ante Él, para que podamos descubrir su amor de ‘Papá’, y entonces tener la seguridad de que iremos algún día a compartir con Él ese Reino. Si todos los cristianos lo hiciéramos, el mundo también se reconstruiría.


Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

Temas

Sigue navegando