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Palabras de despedida
Al ascender a la gloria el Señor habló del arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones
Jesús siempre dijo palabras llenas de gracia y sabiduría para todos sus oyentes; en todo tiempo el Maestro se distinguió por saber decir lo correcto y adecuado para cada situación, y sus enemigos nunca pudieron hacerle decir alguna palabra contradictoria a sus enseñanzas, o algo fuera de lugar. Eso hace más interesante el asunto de poder analizar las últimas palabras que están registradas en los evangelios, y las cuales posiblemente dijo el Señor a sus discípulos antes de ascender a la gloria.
San Lucas capítulo 24, 46-53, relata que poco antes de ascender, el Señor llevó a sus seguidores cerca de la aldea de Betania y ahí les recordó el propósito de que el Salvador hubiera venido a este mundo: “Así estaba escrito que el Cristo sufriese y resucitase de entre los muertos al tercer día, y que se predicase, en su nombre, el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas”.
Aunque el Señor dijo otras cosas igualmente importantes en aquella ocasión, quisiera detenerme a considerar un poco de lo que Jesús mencionó en las palabras anteriores. Él dijo que habría un tema importante en la predicación de los discípulos: el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones. Este debe ser el mensaje central del evangelio.
Poco después de que Jesús fue recibido en el cielo, sus seguidores obedecieron fielmente las instrucciones de su Maestro y fueron por el mundo llevando el mismo mensaje que se les había ordenado: invitar a la gente al arrepentimiento, para que recibieran el perdón de sus pecados. Este mensaje no debería haber cambiado hasta el día de hoy; sin embargo, vemos señales inquietantes de que este evangelio se ha diluido.
La primera parte del mensaje es el arrepentimiento, lo que significa un cambio de dirección, acompañado de pesar por haberse equivocado de rumbo. Sin arrepentimiento no puede haber perdón de Dios, porque Dios ha condicionado su perdón al hecho mismo de que el pecador se arrepienta. El asunto es que el día de hoy, se oye menos en los templos el llamado al arrepentimiento, y es más frecuente la invitación a “meditar” o “considerar las opciones”, o hacer un “ejercicio de reflexión”; sin embargo, éste no fue el mensaje que Jesús dejó.
Es cada vez más común escuchar a las personas racionalizar sus faltas, justificarlas, o de plano compartir sus culpas con otros; todo menos aceptar la responsabilidad para poder volverse a Dios en arrepentimiento. Este tema se liga con la segunda afirmación de Jesús: Él puede otorgar el verdadero perdón de los pecados, pero no puede funcionar de otra manera. Por ejemplo, Jesús no vino a mejorar nuestra autoestima, o a que podamos superar nuestros complejos; el problema con el que vino a tratar se llama pecado, y nunca se podrá solucionar si insistimos en llamarlo “falta de autoconocimiento”, “disfunción familiar”, “ausencia de roles adecuados en la familia” o cualquier otro concepto.
Ningún pecado será resuelto si no se le llama pecado. Por eso son tan importantes las palabras del Señor, cuando dijo que deberíamos de predicar el perdón de pecados a todas las naciones. Ese es el mensaje y es nuestra responsabilidad que no se diluya.
Ángel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com
San Lucas capítulo 24, 46-53, relata que poco antes de ascender, el Señor llevó a sus seguidores cerca de la aldea de Betania y ahí les recordó el propósito de que el Salvador hubiera venido a este mundo: “Así estaba escrito que el Cristo sufriese y resucitase de entre los muertos al tercer día, y que se predicase, en su nombre, el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas”.
Aunque el Señor dijo otras cosas igualmente importantes en aquella ocasión, quisiera detenerme a considerar un poco de lo que Jesús mencionó en las palabras anteriores. Él dijo que habría un tema importante en la predicación de los discípulos: el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones. Este debe ser el mensaje central del evangelio.
Poco después de que Jesús fue recibido en el cielo, sus seguidores obedecieron fielmente las instrucciones de su Maestro y fueron por el mundo llevando el mismo mensaje que se les había ordenado: invitar a la gente al arrepentimiento, para que recibieran el perdón de sus pecados. Este mensaje no debería haber cambiado hasta el día de hoy; sin embargo, vemos señales inquietantes de que este evangelio se ha diluido.
La primera parte del mensaje es el arrepentimiento, lo que significa un cambio de dirección, acompañado de pesar por haberse equivocado de rumbo. Sin arrepentimiento no puede haber perdón de Dios, porque Dios ha condicionado su perdón al hecho mismo de que el pecador se arrepienta. El asunto es que el día de hoy, se oye menos en los templos el llamado al arrepentimiento, y es más frecuente la invitación a “meditar” o “considerar las opciones”, o hacer un “ejercicio de reflexión”; sin embargo, éste no fue el mensaje que Jesús dejó.
Es cada vez más común escuchar a las personas racionalizar sus faltas, justificarlas, o de plano compartir sus culpas con otros; todo menos aceptar la responsabilidad para poder volverse a Dios en arrepentimiento. Este tema se liga con la segunda afirmación de Jesús: Él puede otorgar el verdadero perdón de los pecados, pero no puede funcionar de otra manera. Por ejemplo, Jesús no vino a mejorar nuestra autoestima, o a que podamos superar nuestros complejos; el problema con el que vino a tratar se llama pecado, y nunca se podrá solucionar si insistimos en llamarlo “falta de autoconocimiento”, “disfunción familiar”, “ausencia de roles adecuados en la familia” o cualquier otro concepto.
Ningún pecado será resuelto si no se le llama pecado. Por eso son tan importantes las palabras del Señor, cuando dijo que deberíamos de predicar el perdón de pecados a todas las naciones. Ese es el mensaje y es nuestra responsabilidad que no se diluya.
Ángel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com