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Oración y meditación, medios para una vida sana

Así, orar es una parte esencial de la vida cristiana que no puede dejarse de lado, por lo que hablar de una persona cristiana es hablar de una persona de oración

Primera parte


     Los evangelios relatan que Jesús llevaba una vida de oración. En diferentes pasajes se lee que se retiraba a lugares apartados para orar (Lc 6, 12), y en otra ocasión los apóstoles le pidieron que les enseñara a hacerlo (Mt 6, 9-13; Lc 11, 1-4). Así, orar es una parte esencial de la vida cristiana que no puede dejarse de lado, por lo que hablar de una persona cristiana es hablar de una persona de oración.
     Pero hay que diferenciar entre rezar y orar. La primera acción se refiere a la repetición o lectura de una fórmula ya establecida, compuesta por alguna otra persona; tal es el caso del rezo del Padre Nuestro, el Ave María o los salmos. En cambio, la oración es un diálogo espontáneo, sin guión; es comunicarse con Dios a través de un diálogo continuo, por medio del cual expresamos pensamientos y emociones personales, alabamos o presentamos peticiones.
      Por supuesto que esto no significa que los rezos tienen poco valor frente a la oración, sino que simplemente se hace la distinción para marcar las características que tienen una y otra formas de entablar la comunicación con Dios. Rezar fue también una característica de N. S. Jesucristo, de quien Mateo (14, 19; 26, 30) menciona sus oraciones litúrgicas de acuerdo con la costumbre judía: bendición de los alimentos y recitación de los salmos.
     Consideremos dos oraciones muy bien establecidas: el Santo Rosario y el Padre Nuestro. Para el primero, el modo de hacerlo enfatiza que cada misterio va a meditarse, lo cual significa que va a concentrarse la atención profundamente en un objeto externo o en una idea; en este caso la idea es el misterio correspondiente. De aquí que rezar es una práctica de meditación sobre lo que se está leyendo o diciendo, y no solamente la repetición mecánica de una serie de frases vacías. Por otro lado, cuando rezamos el Padre Nuestro --la oración que Jesucristo nos enseñó--, el mayor valor de esta práctica consiste en meditar sobre cada una de las frases, interiorizarlas, comprenderlas a profundidad y, como consecuencia, llevarlas a la práctica.
      Por ejemplo, la primera frase dice: “Padre nuestro que estás en el cielo”; la meditación nos hace comprender que es una oración comunitaria, aunque la digamos solos. Y es así porque nadie es cristiano individualmente, sino como miembro de una comunidad, aquélla que vino a fundar Jesús. En consecuencia, todo acto sacramental debe ser comunitario o como parte de los actos de una comunidad.
     Por otra parte, hemos de fijarnos que la palabra Dios no aparece. Nos dirigimos al Padre, por lo que hay que meditar en las consecuencias de esto. Padre es quien por amor comunica su propia vida, de manera que al decirle Padre a Dios, queremos hacerle saber que hemos recibido esa vida, la cual es dada por el Espíritu. Quien no se sienta hijo, quien no sea hijo, no podrá dirigirse a Dios como Padre.
     Como todo en la vida, orar implica trabajo; un trabajo interior que su práctica constante genera un cambio, una transformación que en la doctrina cristiana se relaciona con la conversión. La esencia de la oración es la atención, de la que depende la calidad de la relación entre las personas, mientras que el eje sobre el que gira toda oración es Dios. Ésta siempre debe ser cristocéntrica o teocéntrica y nunca egocéntrica, lo cual significa que no debe hacerse para pedir beneficios personales sino de escuchar, de ahí que la oración tiene tres elementos: quietud, silencio y simplicidad.
     Quietud implica ausencia de movimiento; silencio significa ausencia de ruido interior, de distracciones, con lo que se logra la total atención, y simplicidad quiere decir evitar métodos complicados. Respecto a esto último, un ejemplo es la forma de orar de san Francisco, de quien se dice que pasaba toda la noche simplemente repitiendo: “Señor mío y Dios mío”. Con ello, el santo iba de la mente al corazón entregándose a la meditación profunda. La oración así concebida, como todo buen trabajo, conlleva un compromiso, de manera que también permite que toda labor realizada en la vida diaria sea obra de Dios y esté centrada en Dios.
     En la misma tradición se asegura que su práctica constante reduce el pecado y aumenta las buenas acciones, por lo que se alcanza mayor paz y felicidad. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
     
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx

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