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'No he hecho nada'
Víctor Manuel Amaral recibió un homenaje ayer por su larga trayectoria en la música al frente de diversas agrupaciones corales
GUADALAJARA, JALISCO (18/OCT/2015).- Está un poco tenso”, dice Laura de su padre, Víctor Manuel Amaral, quien fuera director de varios coros de la ciudad (el de la Escuela de Música Sacra, el del Estado y el del Ballet Folclórico de la UdeG, entre otros) y apenas ayer recibió un homenaje —“inmerecido”, según afirma él mismo— por parte de algunos de los bailarines fundadores, “decanos”, de la compañía de danza universitaria y que ahora integran una asociación civil.
Es jueves por la mañana. Un pequeño jardín con una mesa que —afortunadamente— tiene una sombrilla, son el escenario y escenografía de la cita. Víctor Amaral está sentado en una silla, la sombra alcanza a cubrir la mayor parte de su cuerpo. Alrededor de él cinco mujeres lo miran, lo escuchan... como antes, pero —al parecer— ninguna de ellas canta como lo hacían aquellas otras féminas que se paraban frente a él en un función del ballet o la orquesta o lo que fuera.
Su rostro permanece serio, pero de vez en cuando sus ojos se convierten en una línea curva mientras su boca se transforma en una “U” que expulsa una carcajada. La tensión —parece— se escapa de su mente.
“Papá”, dice su nieta Marianna, “cuéntale a Aimeé cómo fue que llegaste a Guadalajara”.
Víctor Manuel Amaral nació en Unión de Tula, Jalisco, en 1933. Su padre, Samuel Amaral Pérez, fue un músico virtuoso en la región, violinista y compositor. Él comenzó a formarlo en casa desde pequeño y cuando fue preciso lo trajo a Guadalajara para que siguiera con sus estudios.
Así llegó a Angulo 260, calle y número donde se encontraba la Escuela de Música Sacra; tenía unos 12 años, ya tocaba el piano y el órgano, y pronto se convirtió en uno de los chicos más destacados de la clase.
“Domingo Lobato (1920-2012) fue mi maestro de composición... era muy interesante”, recuerda Amaral mientras echa la mirada hacia arriba, como si escarbara en la memoria y volviera —quizá por fracciones de segundos— a aquella época en que la música comenzaba a convertirse en su razón de existir.
Después recuerda a otro de sus maestros: Romano Picutti (1908-1956), director de los Niños Cantores de Viena y del Coro de Infantes de la Catedral Metropolitana de Morelia, uno de los personajes clave en la consolidación del arte vocal en el país. Víctor Amaral aprendió de los mejores.
Más tarde, en aquellos años escolares llegó el viaje a Roma: “A los alumnos más destacados nos enviaron a estudiar, el padre Aréchiga (Manuel de Jesús Aréchiga Fernández) los eligió”, recuerda Amaral.
Él, entre otros, fue becado por el Arzobispado de Guadalajara, en tiempos del cardenal J. Garibi Rivera, para estudiar en el Instituto Pontificio de Música Sacra de Roma, donde obtuvo las licenciaturas en Canto Gregoriano y Composición, así como en piano y órgano.
“Me tocó ver la coronación de Juan XXIII”, dice, pero también le tocó formarse con grandes personajes de la época, eminencias de la música como Domenico Bartolucci (1917-2013), quien fuera director del coro de la Capilla Sixtina, maestro en composición y cardenal.
“En el Instituto formamos un coro y venían los niños de la Sixtina a cantar con nosotros”, advierte.
Mientras cuenta las historias, entre una y otra pausa, cinco mujeres escuchan atentas. Gracielita, quien ya se ha convertido en amiga de la familia, asiente con la cabeza de vez en vez, como si esos relatos ya los hubiese escuchado alguna vez.
Amaral regresa a la historia. Al concluir el tiempo de estudio llegó el del trabajo. Volvió a Guadalajara, “ya traía trabajo... dar servicio a la escuela que nos había enviado”.
Así empezó a dar clases en la Escuela de Música Sacra, donde —claro— formó un coro y laboró por tan sólo 56 años... hasta una enorme placa tiene como reconocimiento a su labor: “¡Es mucho tiempo!”. Sí, lo es.
A la par de su trabajo en la que fuera su primera escuela formal se fue a otras instuciones como docente, como el Colegio Beatriz Hernández, donde formó una agrupación coral e incluso participó en un certamen en San Luis Potosí: “No ganamos” —pero se pasearon—; también trabajó en el Colegio Guadalajara. También dirigió el Coro el Estado —nombrado en 2002 por la titular de Cultura, Sofía González Luna— y el Coro del Sindicato de Trabajadores de la Educación del Estado de Jalisco.
Bifurcaciones en el camino
“Papá —ahora habla su hija Laura, la mayor de tres hijos que Víctor Amaral tuvo con aquella chica que conoció en Italia y con la que se casó aquí—, cuéntale de la vez que cantaron para Nixon”.
El músico, compositor, director de coro y una larga lista de etcéteras, calla. Laura insiste. Él mira hacia la chica que ha estado sentada a su lado izquierdo: “Penélope, cuéntale”. Todos se echan a reír. Pero ella —que ha acudido a la cita para ver a quien fuera su maestro— comienza a relatar la historia, la conoce porque algún día su padre entrevistó del tema a Amaral para RadioMorir.com.
Aquella anécdota ocurrió cuando Víctor Manuel Amaral dirigía el coro del Ballet Folklórico de la UdeG, aquél que —a su vez— dirigió Rafael Zamarripa (otro enorme personaje en la ciudad), en aquellos tiempos en que la compañía se dio la vuelta por medio mundo proyectando el folclor de México.
Fue en Puerto Vallarta, durante una reunión de los presidentes de México (Gustavo Díaz Ordaz) y Estados Unidos (Richard Nixon). El mandatario estadounidense quedó tan complacido con la función, que invitó a todos los integrantes del grupo (todos) a presentarse en una convención en la Isla de Coronado.
En ese tiempo, Víctor Amaral comenzó a dar un giro en su carrera, después de años de dedicarse a la música clásica, se topó con el folclor: “Realmente no me imaginé que yo fuera a dedicarme con tanto entusiasmo”, dijo en enero de 2001, cuando el ballet universitario lo homenajeó. Ya metido en esos asuntos, se dio tiempo de componer: “Fandango”, es una de sus obras.
“Y entonces, ¿qué le gusta más... la música clásica o la folclórica?”. Amaral hace una pausa y responde claramente: “Las dos. Tanto una como la otra son artísticas”. Eso sí,es muy claro al señalar que ahí nada tienen que ver el Buki o Paquita la del Barrio. La música que le gusta es la de compositores como Carlos Chávez, Blas Galindo, José Pablo Moncayo, Miguel Bernal Jiménez... y de ahí se pasa a los clásicos —“clasiquísimos”—, como Mozart, Brahms, Beethoven. Y cuando va a la casa de Laura, esto es lo que se escucha, se goza y se disfruta.
El Sol ya ha hecho que las seis figuras que charlan en el pequeño jardín hagan una especie de baile en torno a la mesa y su sombrilla; la sombra comienza a alargarse... el calor empieza a ser insoportable. Víctor Manuel Amaral ya nada tiene qué decir, salvo que no merece ningún homenaje: “No he hecho nada, es inmerecido”. Gracielita asiente con la cabeza. Penélope mira al maestro con ojos tiernos. Marianna sirve agua en unos vasos para mitigar el calor de los interlocutores.
Laura toma las manos de su padre. Él sonríe. La charla terminó.
Es jueves por la mañana. Un pequeño jardín con una mesa que —afortunadamente— tiene una sombrilla, son el escenario y escenografía de la cita. Víctor Amaral está sentado en una silla, la sombra alcanza a cubrir la mayor parte de su cuerpo. Alrededor de él cinco mujeres lo miran, lo escuchan... como antes, pero —al parecer— ninguna de ellas canta como lo hacían aquellas otras féminas que se paraban frente a él en un función del ballet o la orquesta o lo que fuera.
Su rostro permanece serio, pero de vez en cuando sus ojos se convierten en una línea curva mientras su boca se transforma en una “U” que expulsa una carcajada. La tensión —parece— se escapa de su mente.
“Papá”, dice su nieta Marianna, “cuéntale a Aimeé cómo fue que llegaste a Guadalajara”.
Víctor Manuel Amaral nació en Unión de Tula, Jalisco, en 1933. Su padre, Samuel Amaral Pérez, fue un músico virtuoso en la región, violinista y compositor. Él comenzó a formarlo en casa desde pequeño y cuando fue preciso lo trajo a Guadalajara para que siguiera con sus estudios.
Así llegó a Angulo 260, calle y número donde se encontraba la Escuela de Música Sacra; tenía unos 12 años, ya tocaba el piano y el órgano, y pronto se convirtió en uno de los chicos más destacados de la clase.
“Domingo Lobato (1920-2012) fue mi maestro de composición... era muy interesante”, recuerda Amaral mientras echa la mirada hacia arriba, como si escarbara en la memoria y volviera —quizá por fracciones de segundos— a aquella época en que la música comenzaba a convertirse en su razón de existir.
Después recuerda a otro de sus maestros: Romano Picutti (1908-1956), director de los Niños Cantores de Viena y del Coro de Infantes de la Catedral Metropolitana de Morelia, uno de los personajes clave en la consolidación del arte vocal en el país. Víctor Amaral aprendió de los mejores.
Más tarde, en aquellos años escolares llegó el viaje a Roma: “A los alumnos más destacados nos enviaron a estudiar, el padre Aréchiga (Manuel de Jesús Aréchiga Fernández) los eligió”, recuerda Amaral.
Él, entre otros, fue becado por el Arzobispado de Guadalajara, en tiempos del cardenal J. Garibi Rivera, para estudiar en el Instituto Pontificio de Música Sacra de Roma, donde obtuvo las licenciaturas en Canto Gregoriano y Composición, así como en piano y órgano.
“Me tocó ver la coronación de Juan XXIII”, dice, pero también le tocó formarse con grandes personajes de la época, eminencias de la música como Domenico Bartolucci (1917-2013), quien fuera director del coro de la Capilla Sixtina, maestro en composición y cardenal.
“En el Instituto formamos un coro y venían los niños de la Sixtina a cantar con nosotros”, advierte.
Mientras cuenta las historias, entre una y otra pausa, cinco mujeres escuchan atentas. Gracielita, quien ya se ha convertido en amiga de la familia, asiente con la cabeza de vez en vez, como si esos relatos ya los hubiese escuchado alguna vez.
Amaral regresa a la historia. Al concluir el tiempo de estudio llegó el del trabajo. Volvió a Guadalajara, “ya traía trabajo... dar servicio a la escuela que nos había enviado”.
Así empezó a dar clases en la Escuela de Música Sacra, donde —claro— formó un coro y laboró por tan sólo 56 años... hasta una enorme placa tiene como reconocimiento a su labor: “¡Es mucho tiempo!”. Sí, lo es.
A la par de su trabajo en la que fuera su primera escuela formal se fue a otras instuciones como docente, como el Colegio Beatriz Hernández, donde formó una agrupación coral e incluso participó en un certamen en San Luis Potosí: “No ganamos” —pero se pasearon—; también trabajó en el Colegio Guadalajara. También dirigió el Coro el Estado —nombrado en 2002 por la titular de Cultura, Sofía González Luna— y el Coro del Sindicato de Trabajadores de la Educación del Estado de Jalisco.
Bifurcaciones en el camino
“Papá —ahora habla su hija Laura, la mayor de tres hijos que Víctor Amaral tuvo con aquella chica que conoció en Italia y con la que se casó aquí—, cuéntale de la vez que cantaron para Nixon”.
El músico, compositor, director de coro y una larga lista de etcéteras, calla. Laura insiste. Él mira hacia la chica que ha estado sentada a su lado izquierdo: “Penélope, cuéntale”. Todos se echan a reír. Pero ella —que ha acudido a la cita para ver a quien fuera su maestro— comienza a relatar la historia, la conoce porque algún día su padre entrevistó del tema a Amaral para RadioMorir.com.
Aquella anécdota ocurrió cuando Víctor Manuel Amaral dirigía el coro del Ballet Folklórico de la UdeG, aquél que —a su vez— dirigió Rafael Zamarripa (otro enorme personaje en la ciudad), en aquellos tiempos en que la compañía se dio la vuelta por medio mundo proyectando el folclor de México.
Fue en Puerto Vallarta, durante una reunión de los presidentes de México (Gustavo Díaz Ordaz) y Estados Unidos (Richard Nixon). El mandatario estadounidense quedó tan complacido con la función, que invitó a todos los integrantes del grupo (todos) a presentarse en una convención en la Isla de Coronado.
En ese tiempo, Víctor Amaral comenzó a dar un giro en su carrera, después de años de dedicarse a la música clásica, se topó con el folclor: “Realmente no me imaginé que yo fuera a dedicarme con tanto entusiasmo”, dijo en enero de 2001, cuando el ballet universitario lo homenajeó. Ya metido en esos asuntos, se dio tiempo de componer: “Fandango”, es una de sus obras.
“Y entonces, ¿qué le gusta más... la música clásica o la folclórica?”. Amaral hace una pausa y responde claramente: “Las dos. Tanto una como la otra son artísticas”. Eso sí,es muy claro al señalar que ahí nada tienen que ver el Buki o Paquita la del Barrio. La música que le gusta es la de compositores como Carlos Chávez, Blas Galindo, José Pablo Moncayo, Miguel Bernal Jiménez... y de ahí se pasa a los clásicos —“clasiquísimos”—, como Mozart, Brahms, Beethoven. Y cuando va a la casa de Laura, esto es lo que se escucha, se goza y se disfruta.
El Sol ya ha hecho que las seis figuras que charlan en el pequeño jardín hagan una especie de baile en torno a la mesa y su sombrilla; la sombra comienza a alargarse... el calor empieza a ser insoportable. Víctor Manuel Amaral ya nada tiene qué decir, salvo que no merece ningún homenaje: “No he hecho nada, es inmerecido”. Gracielita asiente con la cabeza. Penélope mira al maestro con ojos tiernos. Marianna sirve agua en unos vasos para mitigar el calor de los interlocutores.
Laura toma las manos de su padre. Él sonríe. La charla terminó.