Suplementos

No hacer oídos sordos

''Este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y taponado sus oídos''

Se puede afirmar, Jesús mismo lo hizo, que, en no pocas personas, aun sin estar los sentidos físicamente atrofiados, sí están  virtualmente inutilizados: “por eso les hablo con parábolas, porque cuando miran no ven, cuando oyen, no escuchan ni entienden. Así se cumple lo que escribió el profeta Isaías: ‘Oirán, pero no entenderán, y, por más que miren, no verán. Porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y taponado sus oídos. Con el fin de no ver, ni oír, ni de comprender con el corazón. No quieren convertirse ni que Yo los salve’ ”(Mt 13, 13-15).

De ello han surgido varios dichos populares aduciendo a esta realidad; por ejemplo: “Hizo oídos sordos”; “se hace de la vista gorda”; “ojos que no ven, corazón que no siente”;  etc.

Haciendo referencia a uno de los sentidos, el Evangelio de san Marcos nos narra aquel hecho en que Jesús sana de su sordera a un hombre, metiendo su dedo en los oídos y ordenándole “Effetá”, es decir, “Ábrete”(Cf . Mc 7, 34).

Pues, precisamente, sólo Jesús podrá abrir sus oídos a tantos y tantos que padecen la peor de las sorderas, aquella que no permite escuchar la voz de Dios, el llamado que Él  hace a la verdadera felicidad, la cual consiste, no en el amor egoísta que busca satisfacer todos los deseos, hasta los insanos y los caprichos, sino en amar a los demás como Él nos amó.

Cuántos viven con su espíritu ensordecido por causa de los ruidos estridentes de un mundo que se niega a aceptar el plan de Dios; cuántos tapan sus oídos con falacias, rechazando la verdad, y con ella, al mismo Dios; cuántos deambulan por la vida, aturdidos por el desenfreno de sus pasiones, imposibilitados para escuchar la Palabra de salvación; cuántos, finalmente, tienen oídos solamente para el Enemigo, quien los conduce por el camino de la perdición eterna.

Hoy, el Señor Jesús quiere sanar a todos los que sufren de sordera, no importa qué tan severa sea ésta. Para ello, es indispensable, primero, darse cuenta qué tan sordo se está, para de esa manera aceptar el hecho, y, al hacerlo, poder pedirle la sanación con humildad.

Hoy, como a aquel hombre, Jesús también quiere liberar a todos los sordos del espíritu, de la causa profunda de esa sordera, que no es otra que la esclavitud, tanto del pecado, como del Enemigo.

Si existe el deseo real y sincero de ser liberado y salvado por el Único que puede hacerlo, habrá que pedírselo con el corazón en la mano, y Él no se hará esperar para actuar, transformándolos y dándoles nueva vida; sólo a partir de entonces, todo tendrá un nuevo sentido en su existencia.

Francisco Javier Cruz Luna

Temas

Sigue navegando