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'No estamos en el país de nosotros'
Latinoamericanos, africanos, chinos y japoneses integran la clase trabajadora de buena parte de Estados Unidos; personas que deben aceptar el racismo y responder con una buena cara para no perder el sostén de sus familias
GUADALAJARA, JALISCO (08/NOV/2015).- "No estamos en el país de nosotros, estamos en el de ellos”, es una frase recurrente de Adrián cuando hace memoria del racismo y la discriminación que se vive en Estados Unidos todos los días. El joven de 29 años radica en el vecino país del Norte para ofrecerle un futuro mejor a su esposa y sus dos hijos; tiene sus metas firmes y está dispuesto a lograrlas. A diferencia de muchos migrantes que se van de ilegales en busca del sueño americano, Adrián y otro grupo de hombres y algunas mujeres del rancho La Cofradía —que pertenece al municipio de Tlajomulco, Jalisco— tramitan la visa de trabajo con tiempo de anticipación para no pasar penurias y tener sus papeles en regla.
Estos hombres que pasan sus vidas entre Jalisco y Estados Unidos se dedican a trabajar como “grooms” (caballerangos) en los hipódromos de Belmont, Saratoga y Florida. Desde niños han aprendido a amar el campo y a los caballos, por eso el trabajo se les facilita y les gusta. No así deja de ser un trabajo riesgoso, no sólo porque cuidan a finos corceles que valen miles y miles de dólares, sino porque muchos de estos bellos ejemplares equinos tienen el temperamento fuerte y en cualquier momento pueden soltar patadas, relinchidos y mordidas —ellos, los trabajadores como Adrián, saben cómo reaccionar, pero a veces las alertas fallan—.
Y así como ellos cuidan, bañan, caminan y protegen a estos caballos, este es un oficio que tiene una similitud con quienes se dedican a la cosecha, a la fontanería, a la albañilería o al aseo de oficinas; son empleos que los estadounidenses no están dispuestos a hacer y desde hace ya una vida los hispanos, orientales y africanos toman esas tareas para poder sobrevivir en un mundo globalizado que cada vez más devora las buenas oportunidades de empleo en sus lugares de origen y llena el bolsillo de los mandatarios poco comprometidos con sus naciones.
Adrián reitera: “Uno no está en el país de uno”. Hace dos meses al joven se le encomendó extender su tiempo de trabajo, a cambio recibiría una mayor remuneración económica, toda vez que él cumplió con su parte, la asistente de su patrón incumplió con el pago. Él no dejó pasar por alto esta injusticia y aunque sus compañeros de trabajo le pidieron que no reclamara, pues los podría afectar, Adrián decidió no guardar silencio y avisó sobre la situación.
“La encargada no me pagó lo que era, y yo no tengo apoyo de nadie, no me quedó más que ir más arriba —con el dueño de los caballos—, mandé un mensaje para que me apoyaran, no me pareció justo lo que me estaban pagando. Se desató un problema, la asistente se enojó porque la brinqué, me dijo que yo era un esclavo, un maldito, un idiota… Me empezó a maltratar y para no tener problemas, y con el miedo de que te quiten la visa o te quedes desempleado, uno soporta y se queda callado para no hacer el problema más grande. Uno no está en el país de uno”.
Sin embargo, hubo justicia. Una semana después no sólo llegó el aumento para Adrián, también para sus compañeros de comunidad en Belmont donde no sólo hay mexicanos, también hay guatemaltecos, salvadoreños, argentinos y dominicanos; en total 61 trabajadores de los cuales 45 tienen sus documentos en orden y 16 están como ilegales.
“Aquí la discriminación la entendemos y la comprendemos todos los hispanos que trabajamos en este país, los que vivimos aquí y lo adoptamos como nuestro. A diario un hispano es maltratado, es golpeado; un hispano sufre de discriminación racial, en este país es lo que abunda más, es el país del bullying. ¿Por qué? Porque aquí por ser hispano ya te están marginando, te dicen que eres de lo peor, que eres violador, que eres ratero, sobre todo que eres un ignorante, porque ellos piensan que tú desconoces de tus derechos, que tú desconoces de las leyes. Ellos piensan que tú no sabes ni leer ni escribir, piensan que uno es un cero a la izquierda, que no sirves más que para trabajar y hacer el trabajo que no quiere el ‘hombre blanco’”.
Pero Adrián —que tiene preparatoria terminada y experiencia en servicios de asistencia en línea en un call center— sabe que también está la otra cara de la moneda y que si bien en Estados Unidos hay personas con un racismo profundo, también hay ciudadanos que no hacen diferencia alguna.
“Aquí hay muchos migrantes de China, Japón, África… Es bonito porque (el país) tiene muchas culturas, muchas ideologías, religiones… Es bonito por eso, pero se incrementa más el racismo y la discriminación: los negros no quieren a los hispanos, los hispanos no quieren a los negros y los americanos no quieren a los negros y a los hispanos, y es una pelea constante. Hay americanos que mis respetos, son educados y lo quieren a uno”.
Una rutina de 365 días
Adrián ahora mismo tiene más de un año que no ve a su familia. Sus viajes a Estados Unidos comenzaron ya hace varios años, esta última vez se fue dejando a su hija Valentina de meses, ahora la pequeña ya camina y comienza a hablar; su hijo mayor —Adriancito— acaba de comenzar el preescolar, ya tiene amigos con quiénes jugar. Pero esos detalles el joven se los ha perdido: “Hay que sacrificar calidad y tiempo, uno tiene que echarle ganas a trabajar, a salir adelante”.
Las metas de Adrián son claras: quiere ahorrar lo más que se pueda hasta que llegue el momento de ya no tener que volver más a Estados Unidos, por lo menos no a trabajar. Estando entre Jalisco y ese país ha logrado comprar una casa, amueblarla, brindarle a su familia un bienestar económico y ahora mismo está por comprar un coche; el costo es trabajar los 365 días del año haciendo la misma rutina por un cheque de 450 dólares (alrededor de siete mil 500 pesos) menos impuesto a la semana; apenas son las cuatro de la mañana y ya está listo para atender a los cuatro caballos de carreras que tiene a su cargo.
“Las mañanas las trabajo desde las 04:00 hasta las 11:00 horas, y después trabajo la tarde de 15:00 a 17:00 horas. Todas las mañanas es levantarme cinco minutos antes de las 04:00 voy directamente a mis establos, empiezo a preparar mis mantas para sacar las suciedades de los caballos —un amigo me ayuda a tirar esas mantas—, después comienzo a limpiar mis caballos, preparándolos para que vayan a la pista”.
Cuando están listos un galopador los monta y los lleva a entrenar a la pista. De inmediato Adrián debe tener preparados los establos con alimento para su equinos; además, antes de meterlos a descansar y a que coman, los tiene que caminar por 30 minutos un hotwalker y luego darles un baño, limpiarles las pezuñas y vendarles las patas.
“La rutina es diaria, es constante, no se maneja día de descanso, las vacaciones las tienes que trabajar porque no hay quién te supla, aquí los 365 días del año se trabajan. Cuando se termina la jornada uno viene a cocinar al cuarto, aquí uno no tiene ni mamá ni esposa ni nadie que pueda apoyar a cocinarte, aquí uno tiene que ser autosuficiente”.
Y si alguien se enferma debe tratar a toda costa de aliviarse, ¿por qué? Porque Adrián sabe que los gastos médicos en Estados Unidos son muy caros, que por un simple catarro mal atendido te puedes gastar de mil a dos mil dólares: “Las leyes no apoyan mucho a los hispanos, es muy difícil que encuentres quién te brinde un seguro médico”.
En Guadalajara, vecinos de las colonias Los Arcos y Jardines del Bosque pidieron que no se instale el comedor del FM4 Paso Libre para los migrantes centroamericanos que deambulan por las calles de esos barrios; desde la perspectiva de los vecinos, estos hombres en busca de llegar a Estados Unidos traen delincuencia y otros factores de índole social.
También está el fenómeno de los sirios desplazados que a causa de la guerra en su país han tenido que buscar asilo en otras naciones, tanto que en México a través de las redes sociales se convocó para recibir refugiados, dos ejemplos que desde la perspectiva del profesor investigador de la Universidad de Guadalajara (UdeG), Ricardo Fletes Corona, no son más que la doble moral con la que se desarrolla nuestra nación, un país que como otros es discriminado, pero que también discrimina.
“El discriminado que se vuelve discriminador o el explotado que se vuelve explotador en psicología se conoce como un fenómeno de identificación con el agresor, es una forma de justificarse o de querer ganar presencia del poco poder que se tenga y se ejerce sobre el que todavía es más débil; se aprende a relacionarse a través del abuso, de la discriminación y de la exclusión de los otros”.
Para el especialista la discriminación no será un tema que se vaya a terminar de la noche a la mañana, como muchos otros problemas sociales tiene que atacarse de manera individual y colectiva comenzando por la educación. “Con el fenómeno de la migración, en países como Holanda y Noruega se ha mostrado que aunque en el discurso se habla de apertura, de aceptación, cuando ellos consideran que les empiezan a llegar muchos migrantes les brota esa parte racista, sienten una cierta amenaza a lo que ellos tienen y les ha costado trabajo”.
Los discriminados que discriminan
Ricardo Fletes considera que en el mundo se sigue discriminando racialmente porque hay temor a perder prestigio, a perder cierto poder, “es como una manera de garantizar la sobrevivencia en un mundo donde hay suficientes recursos para todos, pero que están mal distribuidos. Hay formas muy sutiles de discriminar, América para los americanos —como se autonombran los estadounidenses— tiene significados distintos, piensan que el continente es de ellos y que de México hacia atrás es como su patio trasero”.
Por Enrique Esparza
Estos hombres que pasan sus vidas entre Jalisco y Estados Unidos se dedican a trabajar como “grooms” (caballerangos) en los hipódromos de Belmont, Saratoga y Florida. Desde niños han aprendido a amar el campo y a los caballos, por eso el trabajo se les facilita y les gusta. No así deja de ser un trabajo riesgoso, no sólo porque cuidan a finos corceles que valen miles y miles de dólares, sino porque muchos de estos bellos ejemplares equinos tienen el temperamento fuerte y en cualquier momento pueden soltar patadas, relinchidos y mordidas —ellos, los trabajadores como Adrián, saben cómo reaccionar, pero a veces las alertas fallan—.
Y así como ellos cuidan, bañan, caminan y protegen a estos caballos, este es un oficio que tiene una similitud con quienes se dedican a la cosecha, a la fontanería, a la albañilería o al aseo de oficinas; son empleos que los estadounidenses no están dispuestos a hacer y desde hace ya una vida los hispanos, orientales y africanos toman esas tareas para poder sobrevivir en un mundo globalizado que cada vez más devora las buenas oportunidades de empleo en sus lugares de origen y llena el bolsillo de los mandatarios poco comprometidos con sus naciones.
Adrián reitera: “Uno no está en el país de uno”. Hace dos meses al joven se le encomendó extender su tiempo de trabajo, a cambio recibiría una mayor remuneración económica, toda vez que él cumplió con su parte, la asistente de su patrón incumplió con el pago. Él no dejó pasar por alto esta injusticia y aunque sus compañeros de trabajo le pidieron que no reclamara, pues los podría afectar, Adrián decidió no guardar silencio y avisó sobre la situación.
“La encargada no me pagó lo que era, y yo no tengo apoyo de nadie, no me quedó más que ir más arriba —con el dueño de los caballos—, mandé un mensaje para que me apoyaran, no me pareció justo lo que me estaban pagando. Se desató un problema, la asistente se enojó porque la brinqué, me dijo que yo era un esclavo, un maldito, un idiota… Me empezó a maltratar y para no tener problemas, y con el miedo de que te quiten la visa o te quedes desempleado, uno soporta y se queda callado para no hacer el problema más grande. Uno no está en el país de uno”.
Sin embargo, hubo justicia. Una semana después no sólo llegó el aumento para Adrián, también para sus compañeros de comunidad en Belmont donde no sólo hay mexicanos, también hay guatemaltecos, salvadoreños, argentinos y dominicanos; en total 61 trabajadores de los cuales 45 tienen sus documentos en orden y 16 están como ilegales.
“Aquí la discriminación la entendemos y la comprendemos todos los hispanos que trabajamos en este país, los que vivimos aquí y lo adoptamos como nuestro. A diario un hispano es maltratado, es golpeado; un hispano sufre de discriminación racial, en este país es lo que abunda más, es el país del bullying. ¿Por qué? Porque aquí por ser hispano ya te están marginando, te dicen que eres de lo peor, que eres violador, que eres ratero, sobre todo que eres un ignorante, porque ellos piensan que tú desconoces de tus derechos, que tú desconoces de las leyes. Ellos piensan que tú no sabes ni leer ni escribir, piensan que uno es un cero a la izquierda, que no sirves más que para trabajar y hacer el trabajo que no quiere el ‘hombre blanco’”.
Pero Adrián —que tiene preparatoria terminada y experiencia en servicios de asistencia en línea en un call center— sabe que también está la otra cara de la moneda y que si bien en Estados Unidos hay personas con un racismo profundo, también hay ciudadanos que no hacen diferencia alguna.
“Aquí hay muchos migrantes de China, Japón, África… Es bonito porque (el país) tiene muchas culturas, muchas ideologías, religiones… Es bonito por eso, pero se incrementa más el racismo y la discriminación: los negros no quieren a los hispanos, los hispanos no quieren a los negros y los americanos no quieren a los negros y a los hispanos, y es una pelea constante. Hay americanos que mis respetos, son educados y lo quieren a uno”.
Una rutina de 365 días
Adrián ahora mismo tiene más de un año que no ve a su familia. Sus viajes a Estados Unidos comenzaron ya hace varios años, esta última vez se fue dejando a su hija Valentina de meses, ahora la pequeña ya camina y comienza a hablar; su hijo mayor —Adriancito— acaba de comenzar el preescolar, ya tiene amigos con quiénes jugar. Pero esos detalles el joven se los ha perdido: “Hay que sacrificar calidad y tiempo, uno tiene que echarle ganas a trabajar, a salir adelante”.
Las metas de Adrián son claras: quiere ahorrar lo más que se pueda hasta que llegue el momento de ya no tener que volver más a Estados Unidos, por lo menos no a trabajar. Estando entre Jalisco y ese país ha logrado comprar una casa, amueblarla, brindarle a su familia un bienestar económico y ahora mismo está por comprar un coche; el costo es trabajar los 365 días del año haciendo la misma rutina por un cheque de 450 dólares (alrededor de siete mil 500 pesos) menos impuesto a la semana; apenas son las cuatro de la mañana y ya está listo para atender a los cuatro caballos de carreras que tiene a su cargo.
“Las mañanas las trabajo desde las 04:00 hasta las 11:00 horas, y después trabajo la tarde de 15:00 a 17:00 horas. Todas las mañanas es levantarme cinco minutos antes de las 04:00 voy directamente a mis establos, empiezo a preparar mis mantas para sacar las suciedades de los caballos —un amigo me ayuda a tirar esas mantas—, después comienzo a limpiar mis caballos, preparándolos para que vayan a la pista”.
Cuando están listos un galopador los monta y los lleva a entrenar a la pista. De inmediato Adrián debe tener preparados los establos con alimento para su equinos; además, antes de meterlos a descansar y a que coman, los tiene que caminar por 30 minutos un hotwalker y luego darles un baño, limpiarles las pezuñas y vendarles las patas.
“La rutina es diaria, es constante, no se maneja día de descanso, las vacaciones las tienes que trabajar porque no hay quién te supla, aquí los 365 días del año se trabajan. Cuando se termina la jornada uno viene a cocinar al cuarto, aquí uno no tiene ni mamá ni esposa ni nadie que pueda apoyar a cocinarte, aquí uno tiene que ser autosuficiente”.
Y si alguien se enferma debe tratar a toda costa de aliviarse, ¿por qué? Porque Adrián sabe que los gastos médicos en Estados Unidos son muy caros, que por un simple catarro mal atendido te puedes gastar de mil a dos mil dólares: “Las leyes no apoyan mucho a los hispanos, es muy difícil que encuentres quién te brinde un seguro médico”.
En Guadalajara, vecinos de las colonias Los Arcos y Jardines del Bosque pidieron que no se instale el comedor del FM4 Paso Libre para los migrantes centroamericanos que deambulan por las calles de esos barrios; desde la perspectiva de los vecinos, estos hombres en busca de llegar a Estados Unidos traen delincuencia y otros factores de índole social.
También está el fenómeno de los sirios desplazados que a causa de la guerra en su país han tenido que buscar asilo en otras naciones, tanto que en México a través de las redes sociales se convocó para recibir refugiados, dos ejemplos que desde la perspectiva del profesor investigador de la Universidad de Guadalajara (UdeG), Ricardo Fletes Corona, no son más que la doble moral con la que se desarrolla nuestra nación, un país que como otros es discriminado, pero que también discrimina.
“El discriminado que se vuelve discriminador o el explotado que se vuelve explotador en psicología se conoce como un fenómeno de identificación con el agresor, es una forma de justificarse o de querer ganar presencia del poco poder que se tenga y se ejerce sobre el que todavía es más débil; se aprende a relacionarse a través del abuso, de la discriminación y de la exclusión de los otros”.
Para el especialista la discriminación no será un tema que se vaya a terminar de la noche a la mañana, como muchos otros problemas sociales tiene que atacarse de manera individual y colectiva comenzando por la educación. “Con el fenómeno de la migración, en países como Holanda y Noruega se ha mostrado que aunque en el discurso se habla de apertura, de aceptación, cuando ellos consideran que les empiezan a llegar muchos migrantes les brota esa parte racista, sienten una cierta amenaza a lo que ellos tienen y les ha costado trabajo”.
Los discriminados que discriminan
Ricardo Fletes considera que en el mundo se sigue discriminando racialmente porque hay temor a perder prestigio, a perder cierto poder, “es como una manera de garantizar la sobrevivencia en un mundo donde hay suficientes recursos para todos, pero que están mal distribuidos. Hay formas muy sutiles de discriminar, América para los americanos —como se autonombran los estadounidenses— tiene significados distintos, piensan que el continente es de ellos y que de México hacia atrás es como su patio trasero”.
Por Enrique Esparza