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No es un cuento para niños
Una realidad para los que en su vida luchan contra su propia naturaleza
Es sabido que entre los predilectos de Jesús, destacaban los infantes; lo vemos en el relato evangélico de hoy en el que el Maestro los pone muy en alto al decir que quien los reciba, lo recibirá a Él (Cfr Mc 9, 37). De igual forma en el evangelio de Mateo encontramos aquel relato en el que Jesús les dijo: «Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos» (Mc 10, 14). Y Mateo transcribe la expresión: <<Si no cambian y no se hacen como los niños no entrarán en el Reino de los cielos.» (Mateo 18,3)
¿Por qué esa predilección? Podemos señalar dos razones.
Primera, porque el sector infantil es uno de los más desprotegidos –lo era especialmente en la época de Jesús, los que, junto con las mujeres, particularmente las viudas, no contaban para nada--, y Él se encarnó y vino precisamente por los discriminados, los despreciados, los oprimidos, los explotados, los vulnerables, entre los que se cuentan los pecadores.
Hoy por hoy las cosas no son muy diferentes: Un amplio y serio informe de la UNICEF y las Naciones Unidas habla de niños y niñas que escarban en las montañas de basura de Manila; que cargan un AK-47 en las selvas de la república Democrática del Congo, que se ven forzados a prostituirse a la fuerza en las calles de Moscú, que piden para poder comer en Río de Janeiro, que han quedado huérfanos a causa del SIDA en África. Esta es la realidad de cientos de millones de niños y niñas que viven en los inicios del siglo XXI.
Segunda, porque en ellos los que no somos niños encontramos la imagen, el modelo de lo que quiere Dios de todos sus hijos: que seamos como niños –por ello dice el texto que reproducimos antes: << el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos (los niños)». Y, ¿qué significa ser niño? Ante todo es ser pequeño, es decir, humilde, sencillo, transparente; significa ser confiado, lo que es lo mismo que poner toda su confianza en su papá Dios, lo que tiene su origen en una fe grande, espontánea, incondicional, que lo lleva a depender totalmente de Él, y por lo tanto a obedecerlo en todo y de modo incondicional.
El Reino de los cielos no es un cuento para niños, es una realidad para los que en su vida luchan contra su propia naturaleza, contra el Maligno y contra el mundo para lograr hacerse como niños a los ojos de Dios. Y esa realidad corresponde a una vida por toda la eternidad en la que no existe ni el dolor, ni el sufrimiento, ni las carencias, sino es la auténtica y plena felicidad.
FRANCISCO JAVIER CRUZ LUNA
¿Por qué esa predilección? Podemos señalar dos razones.
Primera, porque el sector infantil es uno de los más desprotegidos –lo era especialmente en la época de Jesús, los que, junto con las mujeres, particularmente las viudas, no contaban para nada--, y Él se encarnó y vino precisamente por los discriminados, los despreciados, los oprimidos, los explotados, los vulnerables, entre los que se cuentan los pecadores.
Hoy por hoy las cosas no son muy diferentes: Un amplio y serio informe de la UNICEF y las Naciones Unidas habla de niños y niñas que escarban en las montañas de basura de Manila; que cargan un AK-47 en las selvas de la república Democrática del Congo, que se ven forzados a prostituirse a la fuerza en las calles de Moscú, que piden para poder comer en Río de Janeiro, que han quedado huérfanos a causa del SIDA en África. Esta es la realidad de cientos de millones de niños y niñas que viven en los inicios del siglo XXI.
Segunda, porque en ellos los que no somos niños encontramos la imagen, el modelo de lo que quiere Dios de todos sus hijos: que seamos como niños –por ello dice el texto que reproducimos antes: << el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos (los niños)». Y, ¿qué significa ser niño? Ante todo es ser pequeño, es decir, humilde, sencillo, transparente; significa ser confiado, lo que es lo mismo que poner toda su confianza en su papá Dios, lo que tiene su origen en una fe grande, espontánea, incondicional, que lo lleva a depender totalmente de Él, y por lo tanto a obedecerlo en todo y de modo incondicional.
El Reino de los cielos no es un cuento para niños, es una realidad para los que en su vida luchan contra su propia naturaleza, contra el Maligno y contra el mundo para lograr hacerse como niños a los ojos de Dios. Y esa realidad corresponde a una vida por toda la eternidad en la que no existe ni el dolor, ni el sufrimiento, ni las carencias, sino es la auténtica y plena felicidad.
FRANCISCO JAVIER CRUZ LUNA