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Navidad es Cristo II
Tengan unos con otros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús: Él compartía la naturaleza divina, y no consideraba indebida la igualdad con Dios
“Tengan unos con otros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús: Él compartía la naturaleza divina, y no consideraba indebida la igualdad con Dios, sin embargo se redujo a nada, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y entre los muertos, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil 2, 5-11)
Estas palabras de la carta de san Pablo a los Filipenses, nos hablan de manera clara y contundente de una virtud que, como ser humano, tuvo y puso en práctica en plenitud nuestro Señor Jesucristo: la obediencia.
Esa virtud que hoy por hoy es tan escasa, sobre todo cuando se trata de vivirla de motu propio, es decir de toda buena voluntad, porque cuando se vive forzadamente por las circunstancias, empujados por las personas de que dependemos, etc., no es en sí una virtud, sino una obligación.
No olvidemos que ‘“virtud” se entiende como “un hábito operativo bueno”, y muchas veces, siendo en sí bueno, el obedecer, cuando se hace más bien como sometimiento, la bondad queda en tela de juicio en cuanto a un acto espontáneo de la voluntad, en cuanto a la intención del mismo. Ello, especialmente en tratándose de la obediencia a Dios por parte de los seres humanos.
Jesús obedeció en todo a la voluntad del Padre, a sus designios, a su plan de salvación para el mundo, y esa virtud tuvo su autenticidad y su esplendor, porque siempre lo hizo por amor, con amor y para el amor. Cuando “se obedece” sin amor, de nada sirve a la propia persona, en cuanto a un crecimiento en humanidad y en vida espiritual. Así lo aseguró el mismo san Pablo en la primera carta a los Corintios: “Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me falta el amor sería como bronce que resuena o campana que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios y la ciencia entera, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy. Aunque repartiera todo lo que poseo e incluso sacrificara mi cuerpo, pero gloriarme, si no tengo amor, de nada me sirve. (1Cor 13, 1-3).
Sabemos que la voluntad, el plan, los deseos de Dios, se pueden conocer de varias maneras: A través de los profetas, tanto los de la Sagrada Escritura, como los que el Espíritu del Señor sigue suscitando en la actualidad. Es por ello que será fácil conocer y entender dicha voluntad, si con humildad y fe, los escuchamos y acatamos lo que ellos nos dicen.
El problema es que ni creemos en ellos, ni creemos en sus palabras que son, insistimos, Palabra de Dios, y por ende no obedecemos a Dios.
Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que esa es la razón principal de que nuestro mundo viva esa tremenda crisis, que ha tenido como consecuencia la terrible violencia y delincuencia; las injusticias, abusos y explotación de seres humanos, hijos de Dios; la corrupción en todos los ámbitos y a todos los niveles de la vida de la nación; la pérdida casi total de los valores trascendentes y hasta de los valores humanos, etc., etc.
El Evangelio de este tercer domingo del tiempo de preparación para la Navidad, es decir, del tiempo de Adviento, nos presenta al último de los que hablaron en Nombre de Dios del Antiguo Testamento y al mismo tiempo el primero del Nuevo Testamento, a ese grandísimo profeta (el mismo Cristo lo alabó enormemente), Juan el Bautista, y lo hace hablando en el nombre de Dios y dando, precisamente, unas normas de conducta establecidas por el mismo Dios. Todo ello dentro del marco del llamado general a preparar la venida del Salvador, es decir, a preparar la Navidad.
Si las obedecemos como obedeció Cristo, con amor, viviremos con autenticidad las celebraciones de Navidad; de otra forma, dichas celebraciones serán de todo, menos de la verdadera Navidad, porque ¡NAVIDAD ES CRISTO!
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx
Por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y entre los muertos, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil 2, 5-11)
Estas palabras de la carta de san Pablo a los Filipenses, nos hablan de manera clara y contundente de una virtud que, como ser humano, tuvo y puso en práctica en plenitud nuestro Señor Jesucristo: la obediencia.
Esa virtud que hoy por hoy es tan escasa, sobre todo cuando se trata de vivirla de motu propio, es decir de toda buena voluntad, porque cuando se vive forzadamente por las circunstancias, empujados por las personas de que dependemos, etc., no es en sí una virtud, sino una obligación.
No olvidemos que ‘“virtud” se entiende como “un hábito operativo bueno”, y muchas veces, siendo en sí bueno, el obedecer, cuando se hace más bien como sometimiento, la bondad queda en tela de juicio en cuanto a un acto espontáneo de la voluntad, en cuanto a la intención del mismo. Ello, especialmente en tratándose de la obediencia a Dios por parte de los seres humanos.
Jesús obedeció en todo a la voluntad del Padre, a sus designios, a su plan de salvación para el mundo, y esa virtud tuvo su autenticidad y su esplendor, porque siempre lo hizo por amor, con amor y para el amor. Cuando “se obedece” sin amor, de nada sirve a la propia persona, en cuanto a un crecimiento en humanidad y en vida espiritual. Así lo aseguró el mismo san Pablo en la primera carta a los Corintios: “Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me falta el amor sería como bronce que resuena o campana que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios y la ciencia entera, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy. Aunque repartiera todo lo que poseo e incluso sacrificara mi cuerpo, pero gloriarme, si no tengo amor, de nada me sirve. (1Cor 13, 1-3).
Sabemos que la voluntad, el plan, los deseos de Dios, se pueden conocer de varias maneras: A través de los profetas, tanto los de la Sagrada Escritura, como los que el Espíritu del Señor sigue suscitando en la actualidad. Es por ello que será fácil conocer y entender dicha voluntad, si con humildad y fe, los escuchamos y acatamos lo que ellos nos dicen.
El problema es que ni creemos en ellos, ni creemos en sus palabras que son, insistimos, Palabra de Dios, y por ende no obedecemos a Dios.
Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que esa es la razón principal de que nuestro mundo viva esa tremenda crisis, que ha tenido como consecuencia la terrible violencia y delincuencia; las injusticias, abusos y explotación de seres humanos, hijos de Dios; la corrupción en todos los ámbitos y a todos los niveles de la vida de la nación; la pérdida casi total de los valores trascendentes y hasta de los valores humanos, etc., etc.
El Evangelio de este tercer domingo del tiempo de preparación para la Navidad, es decir, del tiempo de Adviento, nos presenta al último de los que hablaron en Nombre de Dios del Antiguo Testamento y al mismo tiempo el primero del Nuevo Testamento, a ese grandísimo profeta (el mismo Cristo lo alabó enormemente), Juan el Bautista, y lo hace hablando en el nombre de Dios y dando, precisamente, unas normas de conducta establecidas por el mismo Dios. Todo ello dentro del marco del llamado general a preparar la venida del Salvador, es decir, a preparar la Navidad.
Si las obedecemos como obedeció Cristo, con amor, viviremos con autenticidad las celebraciones de Navidad; de otra forma, dichas celebraciones serán de todo, menos de la verdadera Navidad, porque ¡NAVIDAD ES CRISTO!
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx